lunes, 20septiembre, 2021
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Pedro Sánchez, el «sargento Brody» de la política española

El actual presidente del Gobierno presenta a la ciudadanía española una cara que esconde al más peligroso embaucador que haya pisado el Palacio de la Moncloa a pesar de tener el listón muy alto con alguno de sus antecesores. Mucho debió de aprender del tahúr de su anterior asesor, Iván Redondo. El actual tiene mucho trabajo por delante para corregir lo heredado

José Antonio Gómez
Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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En las tres primeras temporadas de la serie de televisión Homeland, uno de los protagonistas fue el sargento de Marines Nicholas Brody quien fue rescatado por los Navy Seal tras ocho años de cautiverio en Irak y Afganistán.

Para quien no haya visto la serie, advertimos que los siguientes párrafos contienen información que puede ser calificada como spoiler.

La protagonista de Homeland, la agente de la CIA Carrie Mathison, sospecha desde el primer momento que Brody no es quien afirmar ser y que esconde el secreto de estar al servicio de Abu Nasir, un peligroso terrorista de Al Qaeda, para perpetrar un atentado en Washington. La agente tenía razón, Brody grabó un vídeo en el que anuncia el atentado mencionado y se presenta en un acto junto al vicepresidente de los Estados Unidos con un chaleco bomba decidido a activarlo.

Pedro Sánchez es como Nicholas Brody. De cara a las cámaras, la prensa y su militancia se presenta convencido de su socialismo y de ejecutar acciones en favor de la ciudadanía. Sin embargo, la realidad es que Sánchez trabaja para otros y sus actos así lo refrendan. Sánchez es el ariete de los verdaderos enemigos del pueblo: los bancos y las grandes empresas de este país.

Sin embargo, como si fuese David Copperfield, siempre tiene guardados golpes de efecto, consensuados con sus verdaderos jefes para que dichas medidas que se venden como políticas sociales no afecten a los intereses de las élites de este país.

El último ejemplo lo tuvimos ayer, cuando acuciado por su incapacidad para frenar la subida de la luz, se ha presentado ante los poderes que realmente gobiernan España y ha anunciado una subida del salario mínimo que, no nos engañemos, no afecta a los trabajadores de las empresas del IBEX35, sino sólo a la parte de la población activa que cobra en base al SMI, no a los convenios colectivos.

Sin embargo, Sánchez no ha tocado, y todo indica que no lo va a hacer, la reforma laboral que sí que tiene una influencia directa en las empresas del IBEX35. Gracias al trabajo de Sánchez, gracias a la propaganda monclovita, los bancos han podido ejecutar expedientes de regulación de empleo por los que han ganado un  millón de euros por cada trabajador despedido. Sin la reforma laboral de Rajoy, que Sánchez no ha querido derogar después de tres años en la Moncloa, las empresas con beneficios no podrían ejecutar dichos ERE. Por lo tanto, Sánchez es el cómplice necesario de la destrucción masiva del empleo del sector financiero.

Ante la crisis social que está provocando la subida de la luz, Sánchez ha decidido abrir la cortina de humo de la subida del salario mínimo interprofesional. En vez de tomar el toro por los cuernos y dar los pasos necesarios para crear una empresa pública de energía, ha decidido que lo mejor era alejar la atención hacia el SMI. Esta es una estrategia de tahúr o de cualquier líder totalitario que sobrevive gracias a la creación de distracciones. En el franquismo se hablaba del Real Madrid y del Cordobés. Ahora es otra cosa.

Tres años sin rendir cuentas

Además, como cualquier líder totalitario, Sánchez no tiene el valor de comparecer ante los españoles y convocar el debate sobre el estado de la nación. Un presidente democrático no puede esconderse durante 3 años ante quien posee la soberanía nacional. Sin embargo, Pedro Sánchez lo está haciendo y desde junio de 2018 no ha convocado, ni hay perspectivas de que lo haga, el debate sobre el estado de la nación, por más que desde la oposición se le esté reclamando.

Es cierto que este debate no está recogido en la Constitución, sin embargo, es una práctica parlamentaria instituida desde el año 1983 y que se ha celebrado ya en 25 ocasiones. Todos los presidentes desde esa fecha (Felipe González, en 10 ocasiones; José María Aznar, en 6 ocasiones; José Luis Rodríguez Zapatero, en 6 ocasiones; Mariano Rajoy, en 3 ocasiones) han rendido cuentas al pueblo español de su gestión. Todos los presidentes comparecieron al año siguiente de ser investidos. Sin embargo, Sánchez sigue oculto, tal vez porque su gestión en todos los aspectos es tan discutible que no tiene defensa posible para presentar un escenario positivo.

Sólo en los regímenes autoritarios el gobernante no se somete al escrutinio de los gobernados y Sánchez sabe mucho de autoritarismo, tal y como se pudo comprobar en su última remodelación de gobierno en la que hizo desaparecer del gabinete a todo aquel que le dijo la verdad o que le demostró que se estaba equivocando.

Un presidente del Gobierno tiene que estar a las duras y a las maduras y si su gestión no ha sido positiva para el pueblo, está obligado a dar la cara y rendir cuentas, independientemente de que el resultado haya sido debido a las circunstancias sobrevenidas, a los intereses personales, al incumplimiento de su programa o a la incoherencia ideológica de su acción de gobierno.

Sánchez está obligado a rendir cuentas y a enfrentarse al escrutinio de la oposición. No sirve de excusa que comparezca todas las semanas en las sesiones de control, en los diferentes plenos parlamentarios o que haya realizado comparecencias oficiales desde su atril del Palacio de la Moncloa. Eso no es rendir cuentas. El lugar para hacerlo es el Congreso en el debate sobre el estado de la nación.

La oposición tiene razón cuando reclama a Sánchez que lo convoque cuanto antes, no tanto porque España esté peor o mejor que en junio de 2018, como afirma el PP, sino porque tiene que explicar a la ciudadanía española la razón por la que está incumpliendo reiteradamente aspectos clave del contrato que firmó con los españoles en las elecciones generales como la derogación de la reforma laboral, la reforma fiscal para que los que más tienen paguen lo que les corresponde, la reforma integral de la Justicia, las políticas de vivienda más justas o la adecuación del salario mínimo.

Sánchez tiene que explicar al pueblo por qué sigue manteniendo a la Abogacía del Estado para defender a los bancos en los casos que se dirimen en Europa sobre cláusulas abusivas, el IRPH o el Caso Banco Popular.

Sánchez tiene que explicar si tiene sellado algún pacto secreto con las empresas del IBEX35 para que éstas no se conviertan en la oposición más dura y se pongan a su lado. Un socialista jamás se uniría a las élites empresariales, económicas y financieras en contra de los intereses del pueblo que, evidentemente, son opuestos a los de los poderosos, salvo que ya haya cogido el camino de sus dos compañeros de la «Cumbre de las Camisas Blancas»: Manel Valls, que creó el socialismo pragmático y el socioliberalismo que no son otra cosa que ser neoliberal bajo las siglas de un partido socialista, y Matteo Renzi, quien no dudó en hacer caer un gobierno de izquierdas para darle el poder a Mario Draghi, un banquero de Goldman Sachs.

Pedro Sánchez tiene mucho que explicar al pueblo. Tal vez esté esperando al maná que llega de Europa para intentar dar una visión más positiva de la realidad del país. Sin embargo, no puede esperar ni un minuto más, debe ser valiente y demostrar que no es el «sargento Brody» que está siendo en la actualidad.

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1 Comentario

  1. No veo televisión, y por esta simple razón no entiendo nada de series, ni amarillismo ni nada de la vida de ciertos personajes. Los de mi generación somos de dos tipos sociales, y que se podría decir políticos. Dentro de éstos también habrá dos tipos, pero que en algún momento y lugar todos los más inquietos o rebeldes confluímos o concurrimos muy bien, porque era muy sencillo, casi sin querer, encontrarnos en un lugar llamado «marginalidad», y que para que todos los actuales entiendan es como lo del «far west»; las prostitutas, tahures, pistoleros sin placa, traficantes, antifranquistas, etc… allí estaban todos e incluso pasando lista te ibas percatando de las bajas o apresamientos. Llevábamos ostias así en el cielo como en la tierra, por todas partes, y jamás funcionaba la social reinserción, que contra todo pronóstico existía, aunque más vehemente para unos que para otros. Ese grupo social antisocial era de una eficacia y solidaridad tremenda aún con evidentes diferencias entre los miembros, y aquel impostor que metiese sus narices era descubierto en segundos. Inmediatamente enjuiciado y sentenciado y sus restos… Wichita ya no sería lugar seguro y se trasladaba su capital a Dogde City u otra en los reinos del inframundo.
    Tal vez este autor sepa algo, porque tanto conozco como reconozco este género.

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