La solución a todos los problemas está en los bares. Esto es el mensaje que parece que ha querido transmitir la presidenta en funciones de la Comunidad de Madrid al afirmar que hacía mucho tiempo en que los madrileños no se unían en torno a un proyecto que es el de «vivir a la madrileña», algo que para Ayuso se resume en que «los ricos y los pobres nos entendemos en la terraza de un bar».

Es decir, que para Díaz Ayuso la solución a todos los problemas está en unas cañas y unas bravas, porque ha planteado un escenario en el que los bares se han convertido en una especie de nueva ONU en la que los problemas desaparecen, en la que los ricos que masacran a la clase obrera al no pagar los impuestos que les corresponden retiran sus diferencias clasistas y se entienden con los pobres en torno a un vermú y un pincho de tortilla. ¿A qué bares va la señora Ayuso? Desde luego, en los barrios de Madrid no se ve a Ana Patricia Botín, Florentino Pérez o al duque de Alba junto con una funcionaria, una enfermera, un pintor o un maestro departiendo y compartiendo unos botellines y un bocata de calamares.

Ayuso ha realizado estas declaraciones absolutamente populistas y separadas de la realidad en uno de los epicentros de la Gürtel, Boadilla del Monte. Precisamente ahí, ha aparecido la presidenta en funciones de la Comunidad de Madrid, acompañada de los miembros de su Gobierno y dirigentes del PP de Madrid, para hacer balance de su gestión en los dos años de legislatura, que a su juicio han discurrido «ante numerosas difamaciones, insultos y boicots», con un «maltrato obsesivo» por parte de la Moncloa.

La candidata ha asegurado que «el proyecto liberal es el que está triunfando en Madrid», y ha querido decirle, en un ramalazo de clasismo del siglo XIX, «a la gente de bien» que el «discurso socialista» del PSOE y Unidas Podemos «se está cayendo».

«Defendemos la libertad de los hosteleros, y no de los etarras. La libertad de los comerciantes, y no la de los okupas o de los golpistas», ha dicho Ayuso en su tono trumpista y populista habitual, al tiempo que ha apuntado que «Madrid, monarquía y España son lo mismo». Ese es el populismo: mezclar conceptos que nada tienen que ver para arrogarse legitimidad a un discurso absolutamente absurdo pero que, al parecer, está calando entre una parte de la ciudadanía madrileña que no se da cuenta de que los objetivos de Ayuso son los mismos que los de las clases dominantes o que las consecuencias del mismo son las mismas que están sufriendo en Brasil o Estados Unidos con las políticas aplicadas por Bolsonaro o Trump.

Ayuso ha subrayado que aspira a levantar la casa común del centroderecha «y también de aquella izquierda que ama España, que ama la libertad y que, en los momentos más difíciles de la pandemia, ha agradecido que tratáramos sus intereses y sus vidas como adultos”. Es decir, que ha vuelto a blanquear a la extrema derecha y ha ponderado, a través de la estrategia de la nostalgia, los valores de aquella socialdemocracia que fue desleal a sus principios para venderse a los intereses de las élites.

Los madrileños y las madrileñas pueden estar tranquilas porque la solución a la explotación laboral, a las horas extras, a la derogación de facto de derechos o a los salarios ínfimos y tercermundistas está en los bares. «Bares, qué lugares / tan gratos para conversar / no hay como el calor del amor en un bar», que decía Gabinete Caligari.

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