Tal como era de esperar, Vox se ha puesto al lado de Donald Trump, que trata de ganar las elecciones en Estados Unidos por lo civil o por lo criminal, o sea negándole la legitimidad a su adversario demócrata Joe Biden. El partido neofalangista hispano está tomando buena nota de cada paso y cada maniobra obstruccionista del magnate neoyorquino, de modo que, llegado el momento, Santiago Abascal solo tendrá que copiar la hoja de ruta para la demolición de la democracia sustituyendo a Biden por Sánchez y a la jueza ultraconservadora Amy Coney Barrett por algún magistrado del Opus Dei del Tribunal Supremo.

La conexión del partido ultranacionalista español con Trump es máxima, hasta tal punto que el proyecto de Abascal es una sucursal del “trumpismo” en España. El inquilino de la Casa Blanca no solo ha prestado ayuda y asesoramiento a la formación verde, sino que el pasado mes de marzo le cedió un local para que pudiera celebrar un acto político en Nueva York. Aquello fue un rescate en toda regla después de que algunos socios del Centro Español de Queens se negaran a ceder sus instalaciones a la organización de Abascal, ya que se olieron la tostada de que aquella gente llegada de Madrid era algo franquista y no los querían ver por allí.

Ayer mismo, Vox devolvió el favor al jefe supremo yanqui apoyándolo en su intento de embarrar las elecciones del 3N. “Sea cual sea el desenlace de las elecciones americanas, de nuevo podemos constatar la ignorancia y la manipulación de medios, politólogos, encuestadores y opinadores. Otra vez han quedado sus mentiras al descubierto. Trump puede sentirse ganador, por seguir en pie contra todos”, afirmó Abascal en su cuenta de Twitter. Todo un capotazo para su referente político, ideológico y espiritual. Todo un acto de peloteo internacional con el gran gurú del populismo supremacista y xenófobo del siglo XXI.

Es evidente que el mandatario de Vox admira a Trump y quiere ser como él de mayor. Sin embargo, mientras Trump es un WASP, esto es, un blanco anglosajón protestante, Abascal, como cualquier otro españolito, es solo un medio blanco a secas, es decir, alguien por cuyas venas circula sangre íbera, fenicia, romana, cartaginesa, visigoda y moruna. O sea, un caos de fenotipo con el que no se puede construir una raza superior. El supremacismo no tiene ningún sentido en pleno siglo XXI porque las pruebas científicas lo han descartado por completo. Pero al menos Trump puede presumir de un pelazo rubio que le cuesta 70.000 dólares en peluquerías y unos ojos azules que delatan su ascendencia sajona, mientras que a Abascal se le ve el plumero españolazo a la legua, como a la inmensa mayoría de los habitantes de la piel de toro, vamos que ario, lo que se dice muy ario, no es.

Pese a todo, el líder de Vox se ve reflejado en el magnate de los negocios neoyorquinos y pretende seguir sus pasos. Por eso le copia el modelo supremacista punto por punto, haciendo un corta y pega a destajo y descarado, sin reparar en que la realidad norteamericana (con su conflicto racial latente) nada tiene que ver con la española. Cada vez que Abascal y Espinosa de los Monteros van de ejercicios espirituales a Estados Unidos, en lugar de traerse para España un souvenir de la Estatua de la Libertad y una gorrilla de los Knicks se traen un nuevo volumen del manual de instrucciones sobre populismo para principiantes de Steve Bannon y se lo cascan a pelo a la militancia para que hagan un comentario de texto. Al final las bases no entienden nada, pero repiten marcialmente el ideario, toda esa jerga de la “guerra cultural”, las “feminazis”, los “socialcomunistas”, los “menas” y demás patrañas para gente cándida. El que está en Vox ya sabe que el negocio de la nueva política populista consiste en eso, en repetir el disco rayado una y otra vez, en ser más patriota que nadie, en odiar al enemigo a muerte y nunca hablar mal del jefe, que para algo es el Caudillo. Con esos principios han construido un partido a la manera “trumpista”, con esas tácticas piensan reprogramar las mentes de los obreros del extrarradio, de los desgraciados temporeros del campo andaluz y de los parias de la famélica legión. Si Trump ha conseguido cautivar a los hispanos de Florida y convertirlos en pequeños nazis, sobre todo a los cubanos de Miami, Abascal piensa hacer lo mismo con el voto lumpen de nuestras grandes ciudades. En eso sí le puede funcionar el experimento político a Abascal a poco que la izquierda haga dejación de funciones, se convierta en establishment y defraude a las clases más desfavorecidas. 

Así que mientras Trump declara la guerra a la democracia al darse por vencedor sin recuentos de votos ni monsergas; mientras los barbudos y tatuados Proud Boys se preparan para salir a la caza del negro por las calles de Los Ángeles y Manhattan; mientras la América abolicionista y la esclavista vuelven a enfrentarse de nuevo, reescribiendo las mismas páginas de Lo que el viento se llevó, Abascal se pone de lado de los supremacistas WASP porque él también se siente tocado por la mano del Dios Trump. El problema es que para el Emperador yanqui el líder de Vox no es más que uno más, un tercermundista, un mestizo, un mexicano de tercera como esos que salen en el último magnífico documental de Évole. Todo este delirio ya es como en La conjura contra América, la novela de Philip Roth en la que Franklin Delano Roosevelt es derrotado por Charles Lindbergh en las elecciones presidenciales de 1940 y se instaura un régimen nazi en USA. Aquí, en España, tenemos a nuestro pequeño y aplicado “trumpito” como otros muchos que ahora surgen por doquier por toda Europa. A poco que nos descuidemos nos monta una segunda guerra civil, un Ku Klux Klan de Sierra Morena y un pucherazo en las próximas elecciones que ríete tú del tomate que ha organizado el del tupé pajizo. Al tiempo.

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1 Comentario

  1. El moro Abascal es, eso, un moro. Por sus venas corren sangre de muchos pueblos pero el suyo con diferencia es el árabe. Sin dudarlo. O sea que Trump no lo querría a su lado ni muerto. Bueno, dado su tendencia al racismo, puede que muerto si lo aceptaría.

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