España se ha enfrentado a un fin de semana plagado de disturbios provocados por grupos negacionistas del virus, en su mayoría de origen ultraderechista. Según fuentes de Europa Press, que cita informes de la Jefatura Superior de la Policía y de Emergencias Madrid, solo en la noche del sábado al domingo la Policía Nacional detuvo a 33 personas, dos de ellas menores de edad, relacionadas con los disturbios registrados en el centro de la capital, mientras que el Samur-Protección Civil participó en 12 atenciones sanitarias, tres de ellas con agentes de policía heridos o lesionados.

A esta hora ya se sabe que además de los menores, 14 de los arrestados cuentan con antecedentes policiales. Ocho tienen menos de 20 años, 22 están entre los 20 y los 30, y uno supera esa edad. No sorprende que los detenidos ya estén fichados, ya que este tipo de revueltas suelen estar organizadas por alborotadores y delincuentes profesionales que se saben manejar en las redes sociales y que tienen cierto predicamento entre algunos sectores marginales de la juventud. Si a ese dato unimos que las fuentes oficiales del Ministerio del Interior atribuyen el origen de los disturbios a un grupúsculo de ideología neonazi ya sabemos a lo que nos estamos enfrentando. Auténticos comandos de desestabilización política agitados por otros poderes en la sombra, células revolucionarias de corte extremista que saben muy bien dónde apuntar para crear confusión y caos en la sociedad. “La Delegación del Gobierno en Madrid, que tuvo conocimiento de la manifestación a través de las redes sociales, señaló anoche que estuvo en permanente comunicación con la Jefatura Superior de la Policía para conocer de primera mano las protestas que se han llevado a cabo en la Puerta del Sol y Gran Vía y para disolverlas de manera pacífica al no estar comunicadas”, aseguraba el comunicado de la agencia de noticias española.

Sin embargo, el presidente de Vox, Santiago Abascal, ya ha empezado a propagar uno de sus habituales relatos “trumpistas” alternativos cargados de demagogia barata para tratar de convencer a la opinión pública de que los altercados provienen de elementos de extrema izquierda. “El caos en la calle. La ruina en las familias. La epidemia de nuevo descontrolada”, ha señalado el líder de la formación verde en una publicación en su cuenta de Twitter. Al mismo tiempo ha mandado todo su apoyo a las fuerzas del orden “abandonadas” por el Gobierno tras los disturbios sucedidos en varios puntos del país durante las protestas por las restricciones debido al covid-19. La declaración de Abascal no deja de estar cargada de un tremendo cinismo, ya que por un lado el líder de Vox alimenta la protesta callejera mientras por otro se pone hipócritamente de lado de los policías, que son quienes sufren las agresiones, las pedradas y el fuego de los cócteles molotov cuando la manifestación no autorizada se va de las manos. Si lo que quiere Abascal es proteger a los agentes del orden que condene los disturbios sin ambages y que dé la orden de suspender las manifestaciones contra el Gobierno, que en momentos de estado de alarma solo contribuyen a crear una mayor conflictividad social y a la transmisión exponencial del virus. No lo hará. La extrema derecha está en la estrategia de la confrontación total, la “guerra cultural” sin cuartel, la movilización de las masas en la calle, y quien siembra vientos acaba recogiendo tempestades, o sea la quema de contenedores y la rotura de escaparates, que no son sino el primer capítulo de la historia.

El doble lenguaje de Vox ha sido perfectamente captado por el vicepresidente segundo del Gobierno y secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, que ha acusado a la ultraderecha de promover los disturbios nocturnos en varias ciudades españolas “tirando la piedra y escondiendo la mano”.

“En Italia lo llamaron strategia della tensione [estrategia de la tensión]. Para entender el contexto de los disturbios que promueve la ultraderecha tirando la piedra y escondiendo la mano, lean a José Manuel Martín Medem”, ha tuiteado Iglesias, junto a un artículo del periodista titulado Pandemia Popular.

Es evidente que el clima de crispación antisanchista creado por las derechas en los últimos meses de epidemias y estados de alarma ha terminado por germinar en un estallido de violencia. De la extrema derecha no se puede esperar nada bueno, a fin de cuentas es un movimiento antisistema, pero de Pablo Casado habría que esperar cuanto menos algo más de responsabilidad y un mayor grado de colaboración con el Gobierno a la hora de reducir la crispación en la sociedad. En las últimas horas el PP ha criticado el infame tuit de Abascal culpando a los «menas» y a la extrema izquierda de los alborotos y saqueos pero conviene no olvidar que los populares siguen gobernando con los ultraderechistas en Madrid, Andalucía y Murcia.

Ahora en Génova 13 se empiezan a dar cuenta de que han estado coqueteando con el monstruo demasiado tiempo. Sin embargo, lejos de apaciguar los ánimos, ya muy calientes por la pandemia y la crisis económica, desde el pasado mes de marzo Casado se ha dedicado a sembrar la rabia y la indignación popular de forma injustificada mientras Pedro Sánchez llamaba a la unidad y al entendimiento que solo recibía el desprecio del jefe de la oposición. De aquellas sesiones de control donde el insulto y el improperio tapaban cualquier palabra o intento de consenso para superar la terrible crisis del Estado hemos pasado a la pedrada contra el cajero autómático y al grito de guerra. De aquellas tácticas de calentamiento social, de aquella estrategia ciega y absurda de la tensión, vienen ahora estos brotes de ira social. La violencia siempre tiene una causa. De aquellos polvos estos lodos, señor Casado.

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