El vendaval Bárcenas ya es imposible de parar. Mientras el extesorero tira de la manta ante el juez (aireando décadas de podredumbre y corrupción) en el PP dan por perdida la campaña electoral en Cataluña y Pablo Casado se dispone a afrontar su sexta derrota en unas elecciones. En su corta trayectoria al frente del partido, el sucesor de Mariano Rajoy ha batido todos los récords negativos y es la viva imagen del perdedor, eso que Donald Trump llama con desprecio “un loser”. En apenas dos años de mandato, el joven y por lo que se va viendo inexperto dirigente popular ha cosechado los peores resultados que se recuerdan en unas elecciones generales, ha liderado un proyecto cada vez más debilitado y acorralado en el Parlamento y por momentos ha tenido que hacer frente a la quiebra técnica del partido (incluso se ha rumoreado con que la flamante sede de Génova 13 tendría que ser vendida ante la ruina inminente).

Según la última encuesta de El Periódico de Cataluña, las elecciones del próximo día 14 en Cataluña serán para los populares todo lo contrario de un romántico y placentero día de San Valentín, ya que con toda seguridad el partido empeorará sus ya pírricos cuatro escaños de las elecciones de 2017, quedando a un paso de la desaparición en aquella comunidad autónoma. Con Vox apretando fuerte por detrás (no solo en Cataluña, donde el sorpasso parece más que seguro, sino en otros feudos donde el PP gobierna con la ayuda de la muleta ultraderechista como Madrid, Andalucía y Murcia), el panorama que se abre ante los ojos de Casado es ciertamente desolador. El caso Bárcenas ha retornado con más fuerza que nunca justo en el peor momento, cuando el proyecto casadista trataba de remontar, reconstruirse, hacer frente a la opa hostil que le ha planteado Santiago Abascal por la hegemonía de la derecha española y volver a convertirse en el partido fuerte que siempre fue.

Sin embargo, cada paso que da Casado es errático y acerca un poco más a la gaviota al precipicio. Este mismo fin de semana, los abogados del extesorero han tenido que comparecer públicamente para desmentir supuestos contactos de su cliente con la dirección popular para negociar o llegar a algún tipo de acuerdo, de tal forma que el célebre contable finalmente no cante La Traviata. Sin embargo, sí han reconocido ciertos acercamientos con dos personas vinculadas al PP “hace tiempo”. De confirmarse ese dato, habría que preguntarse si Casado estaba al tanto de tales negociaciones con el extesorero, en las que sin duda uno de los temas a tratar sería los beneficios penitenciarios para Rosalía Iglesia, esposa de Bárcenas encarcelada por el caso Gürtel. Pensar que el máximo dirigente del partido no estaba al corriente de esa operación para minimizar los daños colaterales del terremoto resulta tan ingenuo como pueril y una vez más cabe cuestionar las últimas decisiones que está tomando la cúpula genovesa.

Entrar en negociaciones con un preso condenado por corrupción no solo daña la imagen del partido sino que transmite sensación de nerviosismo y desesperación y además choca de lleno contra la tesis que viene manteniendo el mandatario popular, que cada vez que salta un nuevo escándalo y tiene que entrar a valorarlo, se desgañita tratando de convencer a los españoles de que Bárcenas ya es historia. Entonces, si el extesorero forma parte de una página pasada y ese PP “ya no existe”, tal como dice Casado, ¿por qué tanto interés en negociar con él si no hay nada que temer? ¿A santo de qué esos contactos para que el contable no tire de la manta? Una vez más, el líder del PP se equivoca al intentar tapar una terrible verdad que ya no se puede ocultar cuando lo que debería hacer es tomar por la senda correcta, es decir, limpieza democrática hasta el final, regeneración, transparencia y plena colaboración con la Justicia para el esclarecimiento de los hechos, como no puede ser de otra manera. No solo no lo ha hecho sino que existen fundadas sospechas de que altos cargos populares todavía en activo estuvieron cobrando sobresueldos, tan como ha denunciado el PSOE en una reciente sesión en el Senado.  

Por desgracia para el presidente popular, aquellos tiempos de victorias arrolladoras y fiestas con champán en el balcón de Génova quedan muy lejos (tanto es así que es bastante probable que ya no vuelvan a repetirse jamás) y el máximo responsable del partido está obligado a administrar la decadencia en términos de votos, credibilidad y capacidad de influencia en la vida política nacional. Cualquier otro líder político con un mínimo de sentido común y visión de futuro habría acertado hace ya mucho tiempo en el tratamiento del mal y en la estrategia a seguir, que no puede ser otra que asunción de los errores del pasado, propósito de enmienda y refundación inmediata con nuevas caras y nuevas ideas. Sin embargo, Casado se ha quedado a medias en la triste transición tan necesaria como urgente que tiene pendiente el PP y se ha abrazado a un absurdo negacionismo de la corrupción que no lleva a ninguna parte.

Cuando toda España ve lo que está ocurriendo estos días con el escándalo de Bárcenas y la Caja B, cuando ya no queda ni un solo español que no sepa que esa formación conservadora ha sido una agencia de contratación con cientos de contratos amañados, sobresueldos y repugnantes comisiones, Casado sigue insistiendo en que todo es pasado y producto de una conspiración judeomasónica tramada por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias con la inestimable colaboración de la fiscal general del Estado, Dolores Delgado. Ni siquiera él se cree ya esa truculenta historia y muchos en el partido (Núñez Feijóo entre otros) asisten ojipláticos a la estrategia tan errática como surrealista que ha ordenado el jefe. Cuando lo fácil sería pedir perdón a la ciudadanía por una corrupción que le cuesta al país más de 90.000 millones de euros y un 0,5 de crecimiento de riqueza anual, el líder popular se enroca en la teoría de la conspiración trumpista y en el negacionismo de la realidad que solo conduce a un lugar: al atolladero, al callejón sin salida, al más negro de los abismos.

Llegados a este punto, la primera pregunta que debería hacerse ese partido, si es que realmente pretende sobrevivir y no terminar implosionando definitivamente por un atracón de corrupción y malas decisiones, es si Pablo Casado es el líder idóneo para el momento crítico por el que atraviesa, si es el capitán que necesita el barco. El gran interrogante a día de hoy es: ¿cuánto tiempo va a tardar este hombre en mandar al garete el partido?

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