El PP nunca pintó nada en Cataluña. Los catalanes siempre han desconfiado de un proyecto político centralista, nacionalista de lo español y nostálgico del régimen anterior que tanto daño hizo por aquellas tierras. Cada vez que llega una campaña electoral, el candidato de turno (¿quién es este año? ¿qué se sabe de él?) sufre un auténtico calvario para arañar unos cuantos votos. Y así es como los populares han ido cosechando un fracaso tras otro hasta situarse en la intrascendencia, en la insignificancia, en la nada política. En buena medida, el desastre que se ha vivido en Cataluña desde que se puso en marcha el procés tiene mucho que ver con la frustración de un partido convencido ya de que por aquellas latitudes alejadas de la Meseta tiene más bien poco que rascar. El histórico y gravísimo conflicto político, social e institucional que padecen los catalanes desde el año 2017 es consecuencia de la desconexión unilateral de la derecha española, de modo que sin lugar a dudas puede decirse que la independencia empezó por Madrid con aquellos recursos de inconstitucionalidad contra el Estatut legítimamente votado por el pueblo, aquellos boicots al cava catalán y en general aquella despreciable catalanofobia que se propaló alegremente desde la capital y que ha terminado como ha terminado.

Los Aznar, Rajoy y ahora Casado hace tiempo que se desentendieron de Cataluña, no solo les ha dado un poco igual lo que pueda ocurrir en aquella parte del Estado español sino que han utilizado el problemón territorial y la amenaza de la secesión para hacer populismo barato y patrioterismo cañí en otras comunidades como Madrid, Murcia y Andalucía, donde les va bastante mejor con el apoyo de los ultras. El PP entiende Cataluña como una moneda de cambio, un producto de trueque para hacer política en sus feudos potentes, donde la fobia y la tirria contra lo catalán rinde mucho rédito electoral. Fue Azaña quien dijo aquello de que “mientras otros se baten y mueren, Cataluña hace política”. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido todos estos años, que mientras en otras partes de España se alimentaba la guerra contra el enemigo polaco y se jugaba irresponsablemente con el fuego catalán, en Cataluña algunos aprovechaban para reforzar el sentimiento nacional, aunque todo hay que decirlo, bien condimentado por un victimismo exagerado, la idea de que España había abandonado a una parte de su gente y la ficción de que la República era algo tan fácil de conseguir como ir a la esquina a comprar el pan.

Estos días, como cada cuatro años, Casado ha vuelto por Cataluña (ni se sabe la última vez que se dejó caer por allí), para cumplir con el rutinario ritual de hacerse unas cuantas fotos y soltar unos clichés manidos que nadie escuchará. En esta ocasión el lugar elegido para la pantomima ha sido una granja de cerdos en Lleida, un escenario que ha dado para un aluvión de chistes y memes en las redes sociales, ya que en medio del temporal Luis, o sea el escándalo Bárcenas que se recrudece por momentos, no parece que ese fuese el lugar más serio y solvente para soltar un mitin. El paralelismo del corrupto con el cerdo (injusto por otra parte, ya que ese simpático animal posee mucha más dignidad que algunos que se han enriquecido con el dolor y el sufrimiento del pueblo durante todos estos años) estaba cantado. El paseo por la porqueriza maloliente, entre estiércol y abonos, iba a dar mucho juego a todo aquel que quisiera sacarle punta al patético acto político, como finalmente así ha sido. ¿Es que en el PP no hay un gurú de la comunicación y la estrategia, del estilo de Iván Redondo en el PSOE, que le dijese al jefe que aquel no era el mejor lugar mientras de los juzgados y de la Caja B del partido manejada por Bárcenas volvía a salir una emanación insoportable a gorrino, a guarro, a cocho? ¿Es que nadie en Génova 13 le alertó de que meterse en una pocilga el mismo día que el extesorero tiraba de la manta, dejando el partido como un muladar y envuelto en un hedor a cerdada insoportable, no era lo más apropiado? Hasta los sometidos animales se han estremecido en sus celdas al sentirse víctimas de la trituradora del PP, y ya preparan una rebelión en la granja, en plan Orwell, contra la cacicada.

Al final, la foto del líder del principal partido de la oposición sosteniendo un tierno lechoncillo (pobre animal, qué mal habrá hecho él para ser manipulado políticamente de esa manera tan vil) ha recordado bastante a aquella otra torpe maniobra de propaganda de Albert Rivera, el famoso vídeo en el que el entonces líder de Ciudadanos y hoy flamante retirado de la política estrujaba a un perrillo asustado mientras le decía aquello, entre maquiavélico y cursi, de “aún huele a leche”. Para leche la que se dio Rivera en las elecciones, todo el mundo lo recuerda, de modo que la visita de Casado a los animales de las granjas catalanas para seducir el voto rural no parece presagiar nada bueno. Al final, el tranquilo paseo entre marranos del presidente del PP le ha dado para anunciar que sigue empeñado en hundir al Gobierno por su gestión de los fondos europeos, como ya ha ocurrido en Italia donde se ha desatado una crisis institucional, y para reclamar, en su cuenta en Twitter, más ayuda a la fruta de hueso, a la obra hidráulica y a los purines. Un escaso fruto mientras a 500 kilómetros de distancia un señor con abrigo Chester, igualito al de Al Capone, le enviaba una cabeza de caballo.

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