Santiago Abascal ha vuelto a dar un nuevo aviso al legítimo Gobierno de coalición, que es tanto como enviar una bala envuelta en un sobre a la democracia española. Las formas duras y falangistas de este hombre no se veían desde los tiempos oscuros de Blas Piñar. En apenas tres días, el líder de Vox ha amenazado hasta por dos veces a Pedro Sánchez exigiéndole que retire su Ley de Memoria Histórica, pero aquí no pasa nada. En España nunca pasa nada hasta que asoma la sombra monstruosa de La Pava por los cielos de Madrid. ¿Acaso no es una técnica de matonismo político lo que hace el máximo dirigente de la formación verde? ¿Es que sus maneras antidemocráticas no son calcadas a las que empleaba José Antonio en los días terribles del 36? Pero más allá de la evidencia constatable de que cada día que pasa el Caudillo de Bilbao da un paso más en su proceso de radicalización, en su espiral de yihadismo neofranquista, cabe preguntarse qué ha querido decir con eso de “segundo aviso”. Toda metáfora taurina esconde algo primitivo, macabro, terrible, ya que supone tratar al avisado como una especie de res a la que se va a dar un par de pases de pecho para someterla luego al descabello y enviarla a los toriles. En este caso Sánchez sería el sacrificado y Abascal el puntillero. 

Hace apenas tres días, Vox publicaba en Twitter: “Derogad la Ley de Memoria Histórica. Primer aviso”. A su vez, Sánchez respondía con contundencia (“la amenaza es inadmisible”) y todas las fuerzas democráticas condenaron sin paliativos el intento de chantaje. Ayer mismo, la formación ultraderechista volvía a insistir en sus tácticas de Cosa Nostra, esta vez desde la tribuna de oradores del Congreso: “Reitero la presentación de una proposición de derogación de la liberticida Ley de Memoria Histórica. Segundo aviso, señorías”, aseguraba Juan José Aizcorbe, diputado de Vox por Barcelona. El ultimátum vuelve a ser tan intolerable como el anterior y al tal Aizcorbe solo le faltó apuntar con el dedo, como un batasuno en los peores años del terrorismo etarra.

Si Vox está en contra de la ley, lo que tiene que hacer Abascal es reunir los votos necesarios en el Parlamento y derogarla reglamentariamente. Mientras tanto, tendrá que acatar la decisión del Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, y tragarse el sapo. Así es como funcionan las cosas en democracia, así es como se dirimen las cuestiones en una sociedad civilizada, en un Estado de Derecho, un concepto que Abascal, quizá porque siempre anda entre caballos y cazadores, no ha comprendido en sus justos términos políticos y filosóficos.

Está visto que el líder ultra no le hace ascos a los atajos para conquistar el poder. La extorsión a un Gobierno legítimo es algo que la extrema derecha española lleva en sus genes fundacionales. En junio del 36, apenas unas semanas antes del levantamiento militar, Franco enviaba una inquietante carta al presidente Casares Quiroga advirtiéndole del ruido de sables en los cuarteles y del peligro de una conjura militar que se cernía sobre la Segunda República. “Respetado ministro…”, le decía con toda educación antes de advertirle que estaba en la lista negra. Franco era así, siempre fusilaba educadamente y por carta, sin mancharse las manos. En cualquier caso, aquella misiva sí fue un aviso en toda regla y no esta sugerencia velada y críptica de Abascal.

Pero la pregunta sigue en el aire. ¿Qué quiere decir Abascal cuando se pone misterioso y suelta, como quien no quiere la cosa, que el Gobierno ya tiene su “segundo aviso”? La amenaza de un líder político de la extrema derecha, como se fundamenta en la bilis y la víscera, siempre es imprevisible y cualquier cosa puede ocurrir, desde que ordene a sus unidades de élite −los comandos de Cayetanos y Borjamaris− que tomen el Congreso de los Diputados en sus Mercedes recauchutados (una reedición del tejerazo con pijos de Lacoste y burgueses jugadores de golf en lugar de agentes de la Guardia Civil) hasta que planee un golpe de efecto, como liberar la tumba del Generalísimo en Mingorrubio, con nocturnidad y alevosía, y devolver la momia del dictador al Valle de los Caídos. La primera opción lo convertiría en un Milans del Bosch posmoderno, es decir, más rejuvenecido, tuitero y debidamente maquillado con la crema “trumpista”. La segunda en un ladrón de cadáveres, como en aquella vieja película de Boris Karloff. No parece que los tiros vayan por ahí, nunca mejor dicho. Como tampoco parece que tenga demasiado recorrido su desesperada moción de censura, ya que solo la van a apoyar los diputados de Vox, si es que Pablo Casado no sufre un siroco a última hora y se suma a la aventura. La idea de verse en la Moncloa tras dar a probar a Sánchez la misma medicina que él administró a Rajoy en 2018 seduce al sempiterno líder de la oposición, aunque para ello tuviera que colocar a Abascal como ministro del Interior (para desgracia de menas y feministas) y a Hermann Tertsch en Televisión Española, condenando a los españoles a tragar películas de Sarita Montiel y el NO-DO otra vez.

A fecha de hoy, y con los datos de que disponemos, se antoja imposible saber qué pretende Abascal con ese comportamiento autoritario y bravucón propio del peor de los fascismos del siglo pasado. De momento, Macarena Olona ya se ha fotografiado ante la escultura atacada de Largo Caballero, rojigualda en mano. Apología del vandalismo, elogio del fascismo y desafío al orden constitucional, todo en uno. Otro síntoma más de hasta dónde piensa llegar esta gente en su deriva ultra y que nos recuerda aquellas palabras premonitorias de Pablo Iglesias en el Parlamento: “A ustedes les gustaría dar un golpe de Estado, pero no se atreven, porque para eso, además de quererlo, hay que atreverse”. Más claro agua.

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