Más que una fiesta nacional fue un funeral de Estado. En el féretro, como finado de cuerpo presente, estaba España, y a uno y otro lado las dos tribus cainitas de siempre que aguardan el momento propicio para acabar a pedradas, como en el célebre cuadro de Goya. Lo que se vivió ayer en el Patio de Armas del Palacio Real fue una ceremonia triste, decadente, una farsa con soldadesca de plomo, trajes de época con aroma a naftalina, polvorientos penachos, dorados de cartón piedra y fanfarrias desafinadas. El decorado de una democracia de opereta que se nos viene abajo por momentos; el canto a la nostalgia del 78 y a lo que pudo ser y no fue. Dentro del palacio estaba el ornato y el protocolo, la farsa representada por unos malos actores. Fuera, extramuros, el pueblo asustado, huérfano y moralmente hundido que ve cómo el virus se sigue extendiendo peligrosamente mientras sus políticos prenden fuego a las trincheras.

Tras cuarenta años de estabilidad han vuelto los unamunianos, los “hunos” y los “hotros”, y andan hundiendo el país, bien por ineptitud manifiesta, bien por fanatismo irredento o porque sus ambiciosos planes personales nada tienen que ver con los intereses generales de la nación. Un enmascarado Felipe VI saludó solemnemente a las autoridades. Este año el palco estaba lleno de ministros republicanotes y se mascaba la tensión. Cada vez son más los huecos y las ausencias de las personalidades autonómicas (nacionalistas, indepes, más algún que otro contagiado por el virus) y esos descosidos los va notando el país. ¿Qué fue de aquellos grandes pactos nacionales, de aquel necesario consenso, de aquel espíritu de concordia? No queda ni rastro, solo la demagogia y la mediocridad.

Pablo Iglesias, más por obligación que por convicción, saludó al monarca con un desganado y leve movimiento de cabeza, como si bostezara, al igual que Irene Montero. Entre el vicepresidente y el jefe del Estado hubo una tensa esgrima visual, un duelo de miradas en el OK Corral de la plaza de Oriente. No en vano, ambos son los dos grandes personajes llamados a rodar la secuencia final de la gran tragedia española. Se mire por donde se mire, no hay feeling entre estos dos. Todo lo contrario a lo que ocurría entre Juan Carlos I y los viejos comunistas del exilio, a los que el hoy emérito defenestrado supo ganarse y meterse en el bolsillo. El gran éxito de la Transición fue precisamente ese: la habilidad de un rey campechano para tomarse unos güisquis en la Zarzuela con los enemigos de la Monarquía. Felipe no parece tener ese don de gentes, ese magnetismo personal para las distancias cortas que adornaba al padre. Lo cual va lastrando su reinado. Lejos de seducir a los republicanos, los encabrita cada día un poco más. Fue un grave error su compadreo con el juez de jueces, Carlos Lesmes, tras el desafortunado episodio de la entrega de despachos en Barcelona. Otro tropiezo más que sumar a una larga lista de desaciertos en cuya cabecera está sin duda aquel discurso del 1-O que terminó por romper los frágiles lazos emocionales entre España y Cataluña. Desde aquel 23F frustrado, cada vez que va por la Ciudad Condal ponen su retrato boca abajo o lo calientan con un mechero. Sin una solución al problema territorial en Cataluña España no tiene ningún futuro como Estado sólido y estable.

Pero el mayor problema para la Monarquía en este momento quizá no sea ese, ni tampoco el turbio asunto de las cuentas suizas de Don Juan Carlos (el escándalo pasará cuando a Villarejo se le acaba la munición), sino que la figura de Felipe VI ha sido secuestrada por los nacionalistas españoles y buena parte del pueblo empieza a ver al monarca como el rey del PP y Vox más que como el jefe del Estado de todos los españoles, ya sean azules o rojos. Mal asunto para la Casa Real y en general para todos cuando a la Corona se la deja de ver en su papel imparcial de árbitro y garante.  

Tras el frío saludo a Pedro Sánchez, a Iglesias y demás rojerío del Consejo de Ministros, Felipe VI pasó revista a la tropa. La mascarilla en este caso jugaba a su favor, ya que así podía ocultar su preocupación y rictus severo, su bochorno por las andanzas árabes de su progenitor y su desconfianza hacia las conspiraciones de los “hunos” y los “hotros”. Mientras los alborotadores instigados por la extrema derecha abucheaban al Gobierno a las puertas del Palacio Real y pedían la cabeza de Sánchez (lamentable que un acto tan zafio y degradante se siga permitiendo en una democracia como se supone que es la nuestra) Pablo Casado preparaba su discurso demagógico del día para dar alpiste a los periodistas. Lo más brillante que se le ocurrió ayer al eterno aspirante a la Moncloa fue eso de “qué orgullo poder decir viva España y, este año más que nunca, viva el rey”. Cada vez que la derechona vitorea a Su Majestad se desploman un poco más los índices de popularidad de Felipe.

Y en ese clima de tensión máxima transcurrió todo. Tras los muros del Palacio Real, a resguardo de la ira del pueblo, lejos de la realidad, nada podía salir mal. Y sin embargo el esperpento volvió a repetirse. Si en 2019 fue un paracaidista el que fue a empotrarse contra una farola mientras descendía sobre Madrid enarbolando una bandera nacional, ayer el humo de uno de los aviones de la Patrulla Águila salió blanco en lugar de rojo y la estela rojigualda volvió a quedar deslucida, borrosa, difuminada en el cielo. Otra vez la eterna maldición española. Lagarto, lagarto.

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