Madrid es un caos. Los contagios se propagan exponencialmente; no hay rastreadores suficientes (los pocos contratados ya han sido privatizados); y los médicos y enfermeras advierten de que irán a la huelga para evitar el colapso del sistema público de salud. Basta con un dato para constatar la situación crítica en la que se encuentran los madrileños: la comunidad autónoma registra 600 casos de coronavirus por cada 100.000 habitantes, mientras que la media nacional está en 253. Los expertos epidemiólogos insisten en que todavía es posible frenar la pandemia, pero hace falta competencia, voluntad política y adoptar las medidas adecuadas. Daniel López-Acuña, experto de la OMS en situaciones de crisis, sentencia: “Si se quiere se puede, pero no hay que dejar el avión para que se estrelle”.

El problema es que la nave de Madrid hace tiempo que se parece demasiado a la de Aterriza como puedas, aquella disparatada comedia en la que parecía que cualquier cosa podía ocurrir. De todo el sindiós que se ha desatado en la capital de España (la peor de Europa en cuanto a datos de la epidemia) lo más trágico es que a esta hora no se sabe quién está a los mandos de la situación de emergencia. El otoño se acerca y la capital es una potencial bomba pandémica que cuando estalle se convertirá en letal para el resto del país. Siete millones de madrileños contienen la respiración mientras la presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, ni está ni se le espera. La fortaleza y valía de un gobernante se demuestra en los peores momentos, pero la castiza presidenta parece haber perdido definitivamente los papeles.

El espectáculo de improvisación, bochorno e incompetencia que está dando el Ejecutivo autonómico en los últimos días resulta tan kafkiano como desolador: por un lado, el viceconsejero de Salud Pública, Antonio Zapatero, anuncia un plan para decretar el “confinamiento selectivo” de barrios y localidades; por otro, el propio gabinete de Presidencia informa de que esa medida ni está aprobada ni confirmada. El preocupante caso de desdoblamiento de personalidad gubernamental se completa cuando el propio viceconsejero reconoce que se comunica con su presidenta a través de WhatsApp y que está “convencido” de que ella apoyará “cualquier medida que vaya encaminada a proteger la salud pública”. Sin embargo, a fecha de hoy nadie sabe qué va a pasar con Madrid. “Vivimos en un barrio humilde, sabemos ponernos la mascarilla y mantener la distancia de seguridad; lo único que no llevamos es la banderita de España”, ironiza una vecina de Vallecas en un programa matutino de radio. Otra mujer teme al confinamiento que parece inminente y denuncia que Díaz Ayuso pretenda convertir algunos barrios de la capital “en un gueto de extranjeros y enfermos”, como en los peores tiempos de los totalitarismos del siglo pasado. La amenaza de un Madrid partido por la mitad (al norte la población más sana, rica y floreciente y al sur las clases trabajadoras condenadas a contagiarse cada día en el Metro) es más real que nunca. La propia lideresa ha dejado inquietantes declaraciones en ese sentido, como que el virulento rebrote de covid-19 que asola Madrid es culpa de los inmigrantes. “Los contagios se están produciendo por el modo de vida que tiene nuestra inmigración y también por la densidad de población de esos distritos y municipios. Es una forma de vivir en Madrid y por eso nosotros hemos hecho esos test serológicos en verano”, argumentó la polémica presidenta regional, que acto seguido tuvo que rectificar para no quedar como una racista. Son las consecuencias de votar a la “trumpita” española, los efectos perniciosos de colocar en el poder a una fanática ultraliberal que no cree en el intervencionismo estatal de la economía y mucho menos en el sostenimiento de la Sanidad pública como pilar fundamental del Estado de Bienestar. Al igual que su predecesora Aguirre, Díaz Ayuso pretende privatizarlo todo, vender el Estado al mejor postor. Alguien a quien en plena pandemia y con el personal sanitario exhausto, mal pagado y desmoralizado no se le ocurre otra cosa que construir un faraónico hospital y bajar los impuestos debe estar aquejado sin duda de una grave megalomanía capitalista.

Está visto que los madrileños empiezan a pagar el peaje de votar tan nefastas ideologías populistas y discriminatorias. Cada minuto que pasa Madrid se hunde un poco más en el miasma de virus, incompetencia y ciego ultraconservadurismo. Ciudadanos se resiste a dar el paso al frente para apoyar la moción de censura de Gabilondo que permitiría descabalgar del poder a la presidenta y crecen las voces que piden que Pedro Sánchez tome las riendas de la situación como en el mes de marzo. La primera comunidad autónoma del país parece gobernada por una inmadura, una púber de la política que está para posar en las revistas de papel cuché y poco más. Ayuso debería dimitir antes de que termine propagando una plaga de proporciones bíblicas en ese Egipto faraónico de la privatización en que se ha convertido Madrid. O ser cesada de inmediato por Pablo Casado, el hombre que irresponsablemente la llevó a la cima del poder. Por cierto, ¿dónde está el eterno aspirante a la Moncloa? En Barcelona con Albiol, visitando un edificio supuestamente tomado por okupas. Por lo visto allí estaba el gran drama nacional. Arrastrado por Vox, el presidente del Partido Popular se ha embarcado en el delirio de tratar de convencer a los españoles de que todo el país es un territorio sin ley donde los antisistema, jipis y rojos que no tienen dónde caerse muertos van asaltando casas y pisos como en el Far West. De locos.  

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