¿Qué ha sido de aquella Isabel Díaz Ayuso por momentos arrogante y altiva que en los peores meses de la pandemia acusaba a Pedro Sánchez de cercenar los derechos y libertades de los madrileños con el confinamiento y el Estado de Alarma? “Nos tienen rehenes y amordazados, está habiendo un recorte de libertades. Queremos claridad, transparencia y explicaciones de por qué el motor económico de España sigue cerrado”, decía por entonces la airada señora presidenta regional de la Comunidad de Madrid transfigurada en una especie de Juana de Arco de la libertad, una abanderada del ultraliberalismo rampante en plena cruzada contra el pérfido Gobierno intervencionista de rojos y chavistas bolivarianos. Fue tal su prepotencia y chulería castiza que llegó a advertir al Gobierno de coalición de que “lo de Núñez de Balboa” −es decir, las caceroladas de los ricos “cayetanos” y “borjamaris” del barrio de Salamanca en pie de guerra contra las medidas sanitarias del doctor Fernando Simón− iba a ser “una broma” en comparación con las protestas que se producirían en cuanto se levantara el confinamiento y los madrileños pudieran salir a la calle.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente y las cifras de la pandemia en Madrid son realmente nefastas, las peores de toda Europa. La comunidad autónoma registra 600 casos de coronavirus por cada 100.000 habitantes, mientras que la media nacional está en 253; no hay rastreadores para contener la propagación del virus; y tanto la Atención Primaria como las urgencias de los hospitales se encuentran al borde del colapso. En cuanto papá Estado le cedió al timón de mando a la presidenta regional la pandemia empezó a desbocarse, demostrándose así que la retórica vacía, el trumpismo a la española, la barata teoría neoliberal y los cambalaches con la extrema derecha sirven de bien poco cuando de lo que se trata es de gestionar una crisis sanitaria que exige temple, conocimiento científico y mucho sentido común, algo de lo que una hooligan como Díaz Ayuso parece carecer. Sus propuestas para dotar de curas y capellanes a los hospitales y permitir las corridas de toros en las pedanías de Madrid se han revelado tan inútiles como sus mentiras y engaños al personal sanitario, los médicos y enfermeras a los que ha prometido, hasta la saciedad, refuerzos que nunca llegan.

Ayer mismo el gabinete Ayuso hizo crack. Con el pueblo exigiendo soluciones, la oposición cargando la moción de censura de Gabilondo y la presidenta acorralada y escondida en algún recóndito despacho del Gobierno regional, la única solución que encontró la líder del PP madrileño fue arrojar a los leones a su vicepresidente, Ignacio Aguado, para que diera la cara por ella ante los periodistas. La imagen de ese hombre trémulo y solo invitando a dejar a un lado las “pistolas dialécticas” e implorando la ayuda del Gobierno central para controlar la pandemia es de lo más patético que se ha visto últimamente en política. Y no solo porque Aguado era la viva estampa de un grupo de políticos que han fracasado por incompetencia, por soberbia, por fanatismo político o por todo ello a la vez, sino porque se han perdido cinco meses preciosos que ahora pueden resultar fatales a la hora de contener la transmisión del virus. “¿Alguien piensa que una pandemia global se va a resolver únicamente con la voluntad de un Gobierno regional sin que haya colaboración con otras administraciones, sin que los ciudadanos pongan de su parte? Es imposible, por eso considero que es necesario y urgente que el Gobierno de España se implique de forma contundente en el control de la pandemia en Madrid, y así se lo he trasladado a la presidenta Díaz Ayuso”, reconoció Aguado.

Muy bien. Perfecto. Entonces, si no tenían luces suficientes ni inteligencia política, como parece que sí han demostrado los gobiernos autonómicos de otras zonas de España como Asturias que con esfuerzo han logrado controlar el coronavirus, ¿por qué no lo dijeron antes? ¿Por qué callaron cuando tenían que haber hablado? ¿Por qué estuvieron jugando al gato y al ratón con el Gobierno central sabiendo lo que se les venía encima a los madrileños? Hoy Madrid ya va tarde en la lucha contra la enfermedad, la segunda oleada amenaza como un tsunami vírico que a buen seguro colapsará la Sanidad pública y mientras ciudades como Nueva York, Berlín, Londres o París han acertado con el diagnóstico y en la terapia, la capital de España sigue presentando cifras vergonzantes de coronavirus que no las registra ni la capital del Estado más tercermundista del mundo.

De modo que lo que hace apenas cinco meses eran desplantes hoy son peticiones de ayuda; lo que antes eran altanerías de nuevo rico hoy son llamamientos a la colaboración y la concordia entre Administraciones; y lo que antes eran vanidades, egos, absurdos juegos dialécticos y mentiras hoy se ha tornado en lágrimas y en un SOS agónico al Ejecutivo de la nación para que rescate a los sufridos madrileños. Ayuso se pensaba que esto de la política era un divertido juego de patriotas y se ha dado de bruces con la más cruda realidad, que no es otra que en sus manos está la vida de miles de personas y que el astuto Sánchez, avezado crupier, le ha ganado la partida al dejar que ella misma se cociera a fuego lento en su propia ineptitud.  

Y sin embargo, pese a que la magnitud del fiasco descomunal ha sido palpable, todavía se escuchan voces de tertulianos y estómagos agradecidos, el habitual rugido de la caverna echando en cara a Sánchez que haya abandonado Madrid a su suerte. A esta gente no hay más que mostrarles la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los Estados de Alarma, Excepción y Sitio, en cuyo artículo quinto se establece claramente que cuando un territorio se encuentre en situación de emergencia, el presidente de la comunidad autónoma “podrá solicitar del Gobierno la declaración del Estado de Alarma”, que permite no solo un confinamiento domiciliario, es decir, con las personas recluidas en sus casas, sino un confinamiento perimetral limitando a los ciudadanos la salida de un área determinada. El Ayuntamiento de Lleida ya lo acordó en su día, con buenos resultados por cierto. Así que por si no ha quedado claro: no es necesario que el Estado de Alarma lo decrete el Gobierno central. Decir lo contrario es seguir jugando a la retórica barata y echando balones fuera, tal como apunta con acierto el eminente jurista Martín Pallín respecto a la gestión política en Madrid. Otra cosa es que a Díaz Ayuso le cueste solicitar el confinamiento total o parcial, lo que es tanto como aceptar su derrota, comulgar con ruedas de molino y tener que dar explicaciones a los mismos “cayetanos” de las cacerolas a los que ella alentaba contra Sánchez. Pero así es la vida. Por encima de todo está la salud de los ciudadanos y la señora presidenta esta vez tendrá que comerse su orgullo porque la situación es desesperada y porque, como dice el refranero, “a la fuerza ahorcan”.

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