Cuando se dice que la información es poder, intrínsecamente conlleva que también es dinero. Lo presenciado recientemente con los anuncios de los porcentajes de efectividad de las vacunas de la COVID-19 así lo atestigua. Hemos sido testigos de una especie de subasta, en la que las compañías farmacéuticas han ido subiendo la puja hasta límites inimaginables hace tan sólo unas semanas.

En los últimos meses los especialistas no han cesado de hacer una labor pedagógica, explicándonos que la velocidad de la ciencia no es tan rápida como nos gustaría, advirtiéndonos de que las primeras vacunas tendrían una efectividad moderada. Pero sorprendentemente, Pfizer anunció a través de una nota de prensa que según los resultados obtenidos en una fase intermedia su vacuna tenía una efectividad del 90%. A los pocos días fueron los rusos quienes comunicaron que su Sputnik V llegaba al 92%, a los que les siguieron Moderna, que fijó su porcentaje de eficacia en el 94,6%. Pero el espectáculo no acabó ahí, ya que posteriormente Pfizer subió su porcentaje inicial hasta el 95%.

Los medios de comunicación, como no podía ser de otra manera, se han hecho eco de estos anuncios, pero es de vital importancia que los periodistas contextualicen estas informaciones y de esta manera, los ciudadanos puedan extraer sus propias conclusiones y reflexionar sobre los posibles objetivos de las estrategias de comunicación de estas compañías.

“IGUAL QUE LOS CLIENTES PREMIAN A LAS EMPRESAS QUE REDUCEN SU IMPACTO MEDIOAMBIENTAL, DEBERÍAN HACER LO MISMO CON LAS QUE APUESTAN POR UNA COMUNICACIÓN ÉTICA Y DEONTOLÓGICA”

Debemos estar alertas para, llegado el momento, contrastar la eficacia real y final de todas estas vacunas con los anuncios parciales realizados durante las últimas semanas. Este análisis arrojará si todas estas compañías han llevado a cabo una comunicación corporativa ética y deontológica. Y es que estos dos pilares, sobre los que se sustenta el periodismo de rigor, no sólo deben regir el ejercicio profesional en los medios de comunicación, sino también debería estar presente en cualquier actividad de comunicación empresarial.

La sociedad debe exigir a las empresas que se comprometan a llevar a cabo una comunicación responsable, ejecutada siempre bajo principios éticos y deontológicos. Igual que los clientes valoran los esfuerzos de las marcas por reducir el impacto medioambiental de su actividad, estos también deberían premiar con su fidelidad a las entidades que apuesten por una comunicación ética.

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