Todo lo que tiene que ver con la solidaridad, la fraternidad y el humanismo es inmediatamente calificado por Vox como “chiringuito socialcomunista” o “mafia bolchevique”. El lenguaje no puede ser más reaccionario y ultraderechista, pero los muchachos de la formación verde se esfuerzan mucho por parecer demócratas aseados y constitucionalistas de pro para que no los traten de fachas. Es la vieja táctica del fascismo, vestir al lobo con piel de cordero, ya que de esta manera el personal se asusta menos y vota falangismo como una opción política normalizada y homologable. Sin embargo, inevitablemente, a la extrema derecha le terminan aflorando las ideas monstruosas sin que haya nada, ni siquiera la propaganda goebelsiana, que pueda maquillarlas.

Es lo que ha ocurrido en las últimas horas a propósito de la última oleada de refugiados en las costas canarias. El partido de Santiago Abascal ha visto el filón en la crisis de las pateras de Arguineguín, un puerto que los ultras pretenden convertir en algo así como la nueva Lesbos o la Lampedusa española con sus inmensos campos de refugiados. El propio líder ultra ha dado rienda suelta a su demagogia populista más incontenible y a su bilis xenófoba al asegurar en su cuenta de Twitter: “¡Y encima tienen la desvergüenza de culpar a la policía! Cuando este Gobierno es el que ampara a las mafias de las oenegés y crea el efecto llamada. Ni los policías ni los inmigrantes. Solo este Gobierno es el responsable de este caos. Y tendrá que responder en los tribunales”.

Abascal se ha propuesto que no haya un solo policía o guardia civil que no vote a Vox en las próximas elecciones y les regala los oídos con sus fábulas sobre invasiones árabes, reconquistas y cuentos de moros con turbante sacados de las Mil y una noches. Conviene poner las cosas en su sitio y en su justa medida sin histrionismos ni melodramas: la situación migratoria en las Islas Canarias es difícil y compleja, pero para nada crítica como trata de convencernos Abascal. De hecho, según los datos oficiales, el número de migrantes llegados en pateras o cayucos ha caído en los últimos días hasta las 592 personas, la cifra más baja en semanas y muy por debajo de los 2.300 que llegaron a hacinarse en el muelle de Arguineguín en los peores momentos de la crisis, según informa Cruz Roja. Y si tomamos como referencia los datos a más largo plazo podemos comprobar que en lo que va de año han llegado a las “islas afortunadas” unas 19.000 personas, de las que continúan en el archipiélago unas 9.000.

Es decir, que los protocolos de repatriación y devoluciones en caliente −pese al espíritu Aquarius que por un momento pareció impregnar la política migratoria del nuevo Gobierno de coalición−, están funcionando más o menos como siempre lo hicieron, también en los años de Aznar y Rajoy. En su Manual de resistencia, cuando todavía era un gobernante con utopías y sueños del mundo precovid, Pedro Sánchez llegó a escribir que “haber salvado la vida a las 630 personas del Aquarius hace que valga la pena dedicarse a la política”. Sin duda eran otros tiempos, Valencia se abría de par en par como puerto de acogida mientras llegaban en manada los corresponsales del Times, CNN y Le Monde para levantar acta de que un nuevo espíritu político, el sanchismo internacional, había nacido en Europa con la misión de plantar cara a la demagogia racista de los Le Pen, Orbán y toda la calaña del nuevo fascismo trumpista mundial.

Hoy aquella explosión de humanismo jipi y sesentero ha quedado prácticamente en nada, las devoluciones (frías y en caliente) se siguen produciendo con su rutina burocrática y aterradora y se imponen el pragmatismo y las directivas europeas sobre cuotas de acogida. El ministro Marlaska ha tomado las riendas del asunto con criterios más policiales que filantrópicos tras verle la cara real al problemón fronterizo (que es global) y va camino de seguir el legado Obama, aquel presidente que prometió papeles para todos los inmigrantes y que acabó firmando las cifras de deportación más infames y brutales de la historia de Estados Unidos. Lo cual viene a demostrar, una vez más, que no es lo mismo estar en la oposición que en el poder, ni analizar un problema de Estado desde el escritorio y a la luz del flexo −como cuando Sánchez escribía su célebre Manual− que bajarse a la frontera sur y llenarse los ojos y las manos de polvo y salitre mientras decenas de seres humanos son apilados como fardos inservibles en los muelles de Arguineguín.

Las lógicas contradicciones entre el programa político del primerizo gobernante y lo que después, una vez en Moncloa, puede hacerse realidad, están siendo aprovechadas por la extrema derecha de Vox, que pretende convertir Canarias en el escenario de Guerra Mundial Z, aquella película apocalíptica de Brad Pitt en la que los ejércitos de zombis escalan los muros (los temidos “menas” de los que habla Abascal a todas horas) en medio de una pandemia. “La situación en Canarias se ha vuelto insostenible para los vecinos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que se encuentran sobrepasadas por las llegadas de inmigrantes en las últimas semanas”, asegura Vox en su habitual tono melodramático. “La creciente avalancha migratoria está poniendo al límite la isla y la capacidad de actuación de la policía. Tal es el punto que muchos han querido atribuir a un error policial el desalojo de unos 200 inmigrantes del puerto de Arguineguín. Sin embargo, solo Vox ha señalado desde el primer momento las verdaderas razones del problema: la connivencia con las mafias, la absoluta falta de previsión y el buenismo de Occidente, especialmente en lo que a las fronteras de nuestro país se refiere”. La explicación de Vox sobre las causas del conflicto migratorio no deja de ser pueril, ya que el verdadero mal está en la pobreza y la miseria del Tercer Mundo, una situación que partidos elitistas como el del Caudillo de Bilbao, autárquicos como son, se niegan a resolver con más cooperación internacional.

Ahora, en su delirio aislacionista y xenófobo, Abascal carga contra las “mafias de las oenegés”, unas organizaciones humanitarias que han demostrado su valor en el rescate y salvamento de seres humanos. Vox va camino de reducir lo poco bueno que queda ya del ser humano a la categoría de materia desechable. El problema de la inmigración no se resolverá disolviendo a la Cruz Roja y al Open Arms sino llevando prosperidad y democracia a los países a la madre África. Esa cuestión de la que nunca habla Abascal.

Apúntate a nuestra newsletter

2 Comentarios

  1. Abascal quiere disolver las oenegés porque son “mafias” que traen la inmigración a España.
    El moro abascal, convertido a gánster, quiera disolver oenegés. Esperemos que no haya pensado en cal viva. Esta disolución ja esta inventada.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre