Circula por los medios de comunicación el runrún de que Pablo Casado quiere visitar este fin de semana el muelle canario de Arguineguín, un pequeño Lesbos donde estos días se agolpan cientos de inmigrantes desembarcados de cualquier manera en las costas españolas. ¿Qué querrá decirle el nuevo Cánovas del Castillo de la política nacional a la pobre gente que llega exhausta y aterrorizada a los puertos de nuestro país tras largas horas de una travesía marítima en la que se han jugado la vida? ¿Les soltará la matraca de la traición de Sánchez contra España por haberse vendido a los filoetarras de Bildu? ¿Les dará la brasa con la ley Celaá que pretende acabar con el castellano en las escuelas catalanas? ¿Les dirá que aquí tenemos un partido de extrema derecha, su socio y amigo en los gobiernos de Madrid, Andalucía y Murcia, que lleva en su programa político algo tan brutal como darle la “patada en el culo” a los “menas” que quieren invadir la Península como en el 711?

Alguien en Génova 13 debería decirle a Casado que no vaya a Canarias, que hacer demagogia y retórica en el Parlamento está muy bien pero que hacerlo delante de gente que ha visto la muerte de cerca y que solo espera que los traten como seres humanos, y no como simple ganado, es una crueldad. Imagínese el ocupado lector la escena surrealista: un montón de náufragos acurrucados en sus mantas térmicas y bebiendo café, apilados unos sobre otros como fardos inservibles, mientras un señor muy bien trajeado y con piquito de oro llega para decirles que el futuro que les aguarda es montarse otra vez en un barco y retornar a su infierno de origen. O sea, una palmadita en la espalda (quizá ni eso) y adiós muy buenas. Para ir calentando la visita, el Partido Popular acaba de exigir, mediante una proposición no de ley en el Congreso de los Diputados, la repatriación urgente de los migrantes en situación irregular que vagan por el muelle y las calles de Arguineguín y también de todos los que lleguen a las costas españolas en los próximos días.

Sin duda, Casado ha debido ponerse nervioso al comprobar que su rival y competidor por la hegemonía de la derecha española, Santiago Abascal, le está comiendo el terreno en el espinoso asunto migratorio que tan fácilmente remueve vísceras y bilis entre un sector de la opinión pública española. El presidente popular ha estado muy ocupado estos días fabricando su última conspiración contra Sánchez a cuenta de los pactos del Gobierno con Bildu de cara a los Presupuestos Generales del Estado, y se le ha pasado soltar alguna declaración demagógica sobre el problema de la inmigración que ellos, el PP aznarista y después el marianista, tampoco supieron resolver cuando les tocó gobernar en su momento. Enfrascado como está en resucitar los viejos fantasmas del pasado etarra y la guerra en Euskadi, Casado no ha tenido tiempo esta semana para dedicarle ni cinco minutos a la caliente cuestión migratoria y ahora le han entrado las prisas porque ve que Vox le lleva la delantera en este tema tan jugosamente populista y que da tantos votos. En este país cuando los líderes de las derechas ven que las encuestas no terminan de despegar organizan una excursión con bocadillos y banderitas rojigualdas a la frontera sur para hacerse unas fotos con los desgraciados de la patera y con unos cuantos números de la Guardia Civil que están al pie del cañón, al otro lado de la verja, y de vuelta para Madrid. Ya lo hizo en el verano de 2018 Albert Rivera, que en paz descanse políticamente, cuando subió a un avión y se plantó en la frontera de Ceuta, donde exigió al Gobierno de entonces que se implicara en la búsqueda de soluciones para el “problema de la inmigración irregular”, que abandonara las “ocurrencias” y el “buenismo” y pusiera remedio al “efecto llamada” en las ciudades autónomas y en las costas andaluzas. Más demagogia imposible.

En realidad todo fue un paripé del líder de Ciudadanos, ya que cualquiera con dos dedos de frente sabe que el problema de la inmigración no se arregla levantando muros de hormigón ni verjas metálicas, a la manera trumpista, sino llevando riqueza y prosperidad a los países africanos subdesarrollados para que sus gentes no se vean obligadas a abandonar sus hogares y a tener que buscarse la vida en otro país. Lamentablemente, ni Casado, ni el propio Rivera, ni mucho menos Abascal (este es el que más descaradamente mercadea con la desgracia ajena de los espaldas mojadas) quieren ver la cruda realidad, el gran mal planetario de nuestro tiempo, esa explosión demográfica imparable que genera grandes flujos migratorios como consecuencia de las crisis, las pandemias, el hambre, la guerra, la sequía, el cambio climático y en general el maldito tercermundismo que el Occidente avaro y capitalista no quiere resolver. Y así le va a la humanidad.

Casado se pasará este fin de semana por Canarias, se dará una vueltecita por el muelle de la vergüenza, soltará cuatro vaguedades y cuatro insultos contra Sánchez para quedar bien con la Benemérita y la Policía, arremeterá contra Grande-Marlaska y Escrivá, se comerá unas papas con mojo y con las mismas se volverá para Madrid, que hay muchas conspiraciones antisanchistas en marcha que requieren su atención.

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