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La cuestión no es si debemos robar o no, sino cómo paliar los efectos del robo; no es cómo ser felices o no, sino cómo amortiguar el dolor, o sea, cómo evitar todo aquello que nos hace daño (más lo que deba ser asumido); la cosa no es proponer cómo debe ser una sociedad, esta idea es la madre lejana del totalitarismo, porque arranca de una concepción de la ética humana (hablo de hábitos) a la que presupone como controlable… Vivimos en el engaño de pensar lógica, lineal, acumulativamente, como si nuestra consciencia fuera independiente del entorno en el que ocurre y el tamaño de lo percibido equivaliera al mundo o a la sociedad. Esto es en realidad la religión, la ilusión de pensarnos diferentes del mundo del que somos parte e identificables en nuestra singularidad (¡papá!), y de ahí la importancia que tiene para ser usada ideológicamente, sirve para ocultar la vida. Somos interacción; controlar el medio para que nos dé o que sea lo que queremos, es entrar en un bucle en el que los propios sujetos activos se automodifican, y por tanto escapan a la predicción pretendida, por eso nunca ocurre lo que se espera. Saber no es conocer, no quiero entrar en disquisiciones terminológicas, sólo recordar que la acumulación de datos no es sabiduría; ésta, la sabiduría es más bien la espuma que queda tras la inundación de datos, lo que queda cuando éstos se retiran (como los nutrientes del Nilo): eso es pensamiento, lo otro es elitismo, esteticismo, pedantería o interés (y abunda más que el pensar con ideas propias).

Entiendo el progresismo como desnormativización; ser conservador no es más que la reacción contra la libertad; las cadenas de la tradición, de las formas sociales, nos dan seguridad a cambio de estupidez… la asunción de una individualidad radical, del pensamiento y la cultura como eventos únicos e irrepetibles son los caminos únicos de la nueva izquierda, que sólo será economicista por derivación, por autoconvencimiento, porque la utilidad de la riqueza no es real (hacen falta cuatro planetas para mantener el ritmo de consumo), nada de lo que de verdad nos afecta puede ser alterado por poseer dinero o patrimonio; ya no se trata de elaborar grandes programas económicos sino de enseñar, de educar para pensar, para librarnos de todo el peso que podamos aligerar de nuestra herencia.

El gran descubrimiento que nos ha permitido esta crisis sistémica es desenmascarar que todo este normativismo, todo este camuflaje político de la clase superior es basura psicótica, hemos convertido la democracia en la tapadera un sistema semiesclavista construido para mantener la riqueza, porque sólo quien está obteniendo un beneficio quiere proponer la continuidad, el perjudicado querría el cambio (obvio) aunque no dispone de las herramientas para pensar, quiere lo que otros quieren que quiera… y la prueba está en que los Estados con separación de Poderes, los garantistas y promotores de los Derechos Humanos, están perdiendo terreno ante sistemas totalitarios con dinero y dirigentes delirantes, locos de atar, cuando no promovemos como salida al colapso económico a otros delirantes aborígenes (Inglaterra, Polonia, Turquía, USA…).

Necesitamos superar el pudor de la clase, al pseudoliberal no le avergüenza defender su egoísmo infantil; nosotros defendemos un egoísmo pragmático y solidario, por necesidad, por coherencia, porque no queremos invadir la libertad individual, pero sí darle a cada cual las herramientas de la reflexión. Quizá le extrañe o repugne esta idea, pero piense: suponga que proponemos un modelo moral, ¿qué hacer con quien no lo cumpla? Castigo… Nos han enseñado, reprimidos, a reprimir.

La izquierda necesita referencias nuevas. La idea de una Ética Apofática (de la negación) es compleja, no consiste en proponer otros valores o normas sino precisamente en negarlos, no puede ser una moral, la mayor parte de los sistemas éticos en el fondo son morales con reglas preestablecidas; cuando decimos compleja no queremos decir complicada, sino que los conceptos con que la construimos son móviles, no tienen un significado definitivo, sólo adquieren una versión en un contexto; por esto es tan importante la información, la formación, el estudio. Normalmente fabricamos entramados conceptuales axiomáticos, que arrancan de unos cuantos principios que son verdades inconmovibles y estructurales, y a partir de ahí: sabiendo cuáles son las fichas y las normas del juego tenemos las referencias para desarrollar una partida. Fíjense, las ideas más peregrinas e insustanciales para unos: son el fundamento de la vida para otros; apreciamos más la coherencia explicativa, acorde a nuestras circunstancias vitales, que el significado real de las ideas, incomunicables en realidad. Porque no hay comunicación posible entre individualidades, es sólo una esperanza con límites (piense en una mera relación de pareja). Esto explica además nuestros cambios de perspectiva sobre las mismas nociones a lo largo de nuestro recorrido vital, la relectura de libros u obras de arte son ejemplos, o nuestras actitudes hacia las relaciones familiares a lo largo del tiempo…

En el debate sobre la inteligencia artificial notamos esto de forma clara, curiosamente se plantea justo al revés de lo que ocurre… Nos preocupa que el ser humano fuera a dar un paso “más allá” en la “creación” de algo novedoso e incluso peligroso por lo impredecible, jugando a dioses (hemos aclarado que nos enseñan a pensar que la inteligencia es algo “independiente” del mundo), cuando en realidad el desarrollo de una inteligencia como la humana no es más que la demostración de cuán limitada es nuestra mente, no es más que la prueba definitiva de la naturalidad de nuestra consciencia. Un “ordenador humano” es el fin de la lógica anímica, el final de la idea de alma; nuestra disolución, al fin, en la Física (sin menoscabo de las emociones, que química son).

 

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