Supongo que, si les digo que vivimos todos en el mismo mundo, la mayoría opinará que es correcto. Si lo preciso un poco, y les digo que viven en el mismo mundo una profesora de química de Harvard, un pastor de Mertoutek (población del sur de Argelia) o un reo inocente en la prisión de Ulan Bator, Mongolia, dando por hecho que hay alguna prisión, entran las dudas. Sin embargo, si concretamos un poco más, reducimos el espacio, y tomamos tres o cuatro personas residentes en España, es probable que volvamos a afirmar que viven en el mismo mundo. Evitamos que una sea, por ejemplo, Casado o Pedro Sánchez y otra un mantero de la costa, y nos ceñimos a que son vecinos del mismo edificio: entonces, casi nos atreveremos a asegurar que viven en el mismo mundo. Hemos dado por hecho, en este ejemplo, que coinciden en el tiempo, y nos hemos limitado a la distancia física. Más cercanos entre sí, igual a mayor coincidencia. Más distancia, igual a mayor posibilidad de mundos distintos. Supongo que el concepto de globalización es aquel que, basándose en la tecnología, reduce los efectos de la distancia, y que, por tanto, tiende a igualar. Evidentemente estamos obviando la distancia económica, esa que nos dice que se parecen más dos ricos lejanos que un pobre y un rico codo con codo. Y vamos a continuar obviándola, porque, aun así, esta idea tan tosca de la globalización como igualitaria descansa sobre dos omisiones que, tan solo tenerlas en cuenta ponen en duda su veracidad:

1) En primer lugar, sobrevalora a las personas, pues da por hecho que, dos de ellas, en el mismo espacio, son capaces de percibir y comprender éste “en su totalidad”. Si no fuera así, si fuera que cada persona solo percibe y comprende algunos aspectos de donde vive, no tendrían por qué coincidir los mundos que viven dos personas aun compartiendo el mismo espacio. La excesividad de cualquier parcela en la que uno habita, impide abarcar su totalidad. Cada persona debe conformarse con unas migas, interpretar otras, y eso ya comporta una diferencia de mundos.

2) En segundo lugar, el planteamiento inicial infravalora las personas, pues no tiene en cuenta que cada una de ellas también es “creadora” de su propio mundo: sus sueños, sus ansias y deseos, su imaginación, su perspectiva ante las interpretaciones, van tejiendo un mundo propio continuamente modificado. Y este mundo propio, que es cambiante y también excesivo (y por ello, porque no nos cabe, necesitamos el olvido para crear espacio) causa que nuestro mismo espacio también puedan ser distintos mundos en distintos momentos de nuestra vida.

Llegados aquí, ya no ponemos en duda que dos personas puedan vivir en el mismo mundo, sino que usted mismo, en diferentes momentos de su tiempo (su vida) viva en un mismo mundo, aunque no se mueva de lugar. A este “mismo mundo” solemos llamarle “realidad”.

Entonces, ¿hay alguien, por aquí, que viva en la realidad? ¿Conocen a alguien, o ustedes mismos, que vivan “realmente”? ¿Puede, un ser humano, vivir en la realidad? Como soy incapaz de mantener una conversación con un gato o una encina o un calamar (todos ellos seres vivos) no me atrevo a definir al ser humano como el “único” animal incapaz de vivir en la realidad, sino como un animal que “teje realidades” para ir viviendo en ellas.

Normalmente, para rehuir el planteamiento anterior, tenemos un concepto, la dicotomía entre lo objetivo y lo subjetivo. Un servidor supone que eso es debido al triunfo de la creencia como modo asumido de comprensión común. La ciencia es objetiva, y la razón debe basarse en esta. Valga decir que la ciencia es observación y explicación (sin necesidad de comprensión) a posteriori de la naturaleza. Lo objetivo, entonces, sería la naturaleza y las leyes que la explican. Pero nosotros, también somos naturaleza ¿no? Y bien es cierto que hay una serie de leyes que se extienden dentro nuestro: el aparato digestivo, el sistema ocular, son ejemplos de que nuestro cuerpo sigue las leyes de la naturaleza hasta su última condición (envejecemos y, luego, morimos). Si solamente fuéramos cuerpos sin mente pensante, ¿seríamos simplemente fenómenos de la naturaleza? ¿Y las emociones y los sentimientos? ¿Se puede sentir sin pensar? Antes de responder, deberíamos plantearnos si podemos afirmar que muchos animales no piensan. Que no lo hagan como nosotros, no significa que carezcan de algún tipo de pensamiento. Ligamos el pensamiento al lenguaje, pero no tenemos por qué suponer que nuestro lenguaje es el único lenguaje posible.

La cosa se va complicando. Para un conjunto de personas no hay una sola realidad, pero “hacemos ver” que hay una, la objetiva, que es más real, o la que debe ser la común para relacionarnos. Sin embargo, ¿alguien se cree esto? ¿Alguno de ustedes se relaciona con los demás prescindiendo de su realidad propia? Creo que no. Creo que “precisamente” las relaciones entre personas es un tímido y temeroso exponer la propia realidad y contrastarla con la de los demás. En este aspecto somos seres inseguros, presos del miedo que nuestro propio mundo (donde nos apoyamos para vivir) no sea tan sólido como pensamos (aunque, generalmente, es esa falsa solidez quien utiliza el miedo para que evitemos pensar en ello).

¿Qué tiene que ver todo ello con el subtítulo del artículo, “Política en Gerundio”?

Hay una visión de la política que se basa en el modo infinitivo (comer, vivir, caminar, votar) y que es un modo muy abstracto que tiende a lo totalitario. Nos plantea que vivimos en un mundo que es únicamente científico, objetivo, naturalmente amante de conceptos como globalización o realidad. Tiende a simplificar el mundo, pero, como ya hemos visto que el mundo es excesivo e inabarcable, para ello lo reduce y, claro, a conveniencia: establece una ley (hoy en día, la económica) y supedita todas las otras a ella. En el fondo, científicamente, es muy poco riguroso, pues no hay ninguna ley única en la naturaleza que supedite a todas las demás. De hecho, la física cuántica nos ha demostrado que hay leyes que creíamos universales y que no lo son: en según qué ámbitos, no rigen. Esta política tan real y objetiva, tan infinitiva, elige un camino que, vaya por donde vaya, siempre acaba en el totalitarismo. Por ello, sean cuales sean los sucesos de la historia, sea con una forma u otra (religiosa, revolucionaria, nacionalista) siempre acabamos ahí. El sistema democrático, encauzado en esta senda (democracia en infinitivo, igual a “votar”) también nos conduce hacia allí. Es una visión de la política deshumanizada porque obvia esa particularidad que nos hace humanos: que cada uno viva en su propio mundo, la complejidad de relacionarlo con el de los otros. Si para un ser humano, lo más importante, lo que determina cómo vive o desea vivir su vida, es el propio mundo (y el de aquellos a los que ama o quiere), ¿por qué supedita todo ello a un sistema que lo niega? ¿Dónde está escrito que esa es la única manera de convivir? ¿En la razón? ¿En la ciencia? Pero, ¿no nos dice la ciencia que, precisamente, la naturaleza no actúa así? ¿No nos dice que hay una diversidad relativa? ¿que la realidad es cambiante, incluso, ante la mera observación?

No es lo mismo, a nivel conceptual (y físico) “vivir” que “viviendo”, “comer” que “comiendo”; en política, “votar” que “votando”. La deshumanización del infinitivo desaparece cuando entra en escena el factor temporal del gerundio. “Comiendo” implica no sólo el acto de comer, sino su durabilidad, darle una relevancia, concretarlo, disfrutarlo o no, hacerlo parte de uno. Uno no vive en un vivir abstracto, vive en el “viviendo”. Hay muchos aspectos que cambian, visto así: no es lo mismo referente a la sociedad del espectáculo el concepto de “perder” el tiempo que preguntarse en un momento dado si uno está “perdiendo” el tiempo. No es lo mismo “votar” (cada 4 años, o dos, es igual) que estar “votando”: porque si votar es participar de la organización social y política de la comunidad, no es lo mismo “participar” que estar “participando”. Aunque el sistema democrático sea el mismo, el gerundio nos mete de lleno en este sistema, a los individuos como tales, a las personas, también llamadas seres humanos, con todos sus mundos, conceptos cambiantes, pero no por ello menos reales o válidos. Si no vivimos todos en el mismo mundo, ¿por qué conformarse que se haya elegido uno (el económico) para regirnos? ¿Qué ley universal dicta que ese es el único válido, el objetivo, el real? ¿Será que hay quienes se sirven de ello para que nuestro vivir (en infinitivo) posibilite el viviendo en el suyo propio? Si lo anterior tuviera algo de cierto, es un autoengaño pedir un cambio, cambiar algo, el reto sería trastocar radicalmente el sistema democrático para que fuese un “cambiando” a medida que las personas lo hacemos. Aprender no a participar, sino a estar participando. Pero esto es algo sumamente peligroso y radical: traspasaría el poder efectivo a las personas, sonsacándoselo a las cúpulas de poder, que, más que legislativas, pasarían a ser aplicativas de ese participando popular y personal.

Un poco de radicalidad 3

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