La Teoría de la Relatividad supuso un gran avance para el ser humano. Pero, como todo descubrimiento, ya estaba allí. Quiero decir que podría haberse descubierto 300 años antes, u 80 años después. Incluso, podría darse que alguien, en algún momento de la historia, “la pensó”. Entonces, cobran suma relevancia las circunstancias que, alrededor de Einstein, posibilitaron que él, precisamente él, la pensase y escribiese en su momento. Pero esto sería tan complejo y difícil de analizar que, a nivel popular, es más sencillo resumir que era un genio. ¿Simplemente fue un genio? La relevancia, tal vez, radique en la transmisión del conocimiento, y cuando lo que se quiere transmitir son ideas, el vehículo transmisor es el lenguaje y su materialización, la escritura.

Tal vez deberíamos exigir a estos líderes políticos de oralidad explosiva que se retiren unas semanas y escriban un libro. Forzarlos a que elijan palabras por lo que significan y no por el oleaje que causan al lanzarlas al mar mediático. Que queden. Que puedan leerse y releerse: la plasmación de su pensamiento expuesto a un análisis crítico. Y que podamos contrastarlo con sus decisiones políticas efectivas.

El antropólogo Goody explicaba que era la escritura, al darle al discurso una fijación, la que permitía el nacimiento de la perspectiva en la actividad crítica, y de ahí el hombre se encaminaba hacia la racionalidad y el escepticismo. En “La Domesticación del Pensamiento Salvaje”, (páginas 61 y 62) Goody decía que, en un discurso oral, la inconsistencia o las contradicciones tienden a ser tragadas por <<el flujo del habla, el torrente de palabras, la inundación del argumento>> y que incluso para las mentes más agudas es imposible hacer un fichero mental de los diferentes usos y compararlos unos con otros.

Que <<el modo oral hace el autoengaño más fácil de expresar y menos fácil de detectar>> y que <<por medio de la retórica, a través de los picos de oro, las “trampas” del demagogo son capaces de agitar a una audiencia más directa que la palabra escrita>>. Y finaliza un párrafo diciendo que <<la forma oral es intrínsecamente más persuasiva porque está menos abierta a la crítica>>.

De la misma manera que los científicos de la naturaleza (sean biólogos o físicos) o los científicos del hombre (sean sociólogos o filósofos), escriben y publican artículos con periodicidad, nuestros políticos deberían verse impelidos a ello, cosa que nos llevaría, quizás, a avanzar o evolucionar un poco en las ideas políticas que han de servir de base para organizar la sociedad. Parece, a veces, que el mundo de la política se haya quedado atascado

en el ámbito de la oralidad del mago, el brujo o el sacerdote. Así, las intervenciones parlamentarias han dejado de ser una extensión del ágora o del foro para ser un púlpito ceremonial: no importa el trasfondo del discurso oral, no importan las consecuencias de lo dicho ni sus aplicaciones en referencia al fondo del discurso, importan las palabras como algo suelto, un “decir” cuyo valor es el impacto del mismo. Como ejemplo, baste señalar a los intercambiables Casado/Rivera acusando a quien sea de golpista o rehén de filoterroristas. Pero no hay que quedarse solamente en aquellas palabras que más impactan, las más burdas y vulgares. También sería lo mismo el famoso “apoyaré el Estatut que voten los catalanes” de Zapatero. Referente al valor del fondo de las palabras, es casi lo mismo. Las de casado/Rivera tergiversan lo acontecido, las de Zapatero lo que va a acontecer.

El Congreso, entonces, adquiere un punto ceremonial en el sentido que, estos políticos, parece que actúan como sacerdotes: no como representantes de una parte del pueblo (sus votantes), sino como delegados de un estamento superior (el Estado, los “intereses” del mercado). Y esto justificaría la distancia que la gente del pueblo ve respecto a la clase política: como una élite ligada por “arriba” y no por abajo (allí donde la gente vive su día a día). Estos políticos, en el fondo, nos piden un acto de fe. Nos piden que seamos como Indiana Jones en La Última Cruzada, cuando debe cruzar un puente invisible para alcanzar el Grial. Y tal vez Indiana tenga esa fe, pero luego lanza arena (como quien lanza palabras sobre un papel) sobre el puente para que quede fijado (pueda leerse) y los siguientes puedan seguir su camino. No sé si recuerdan la escena.

Nos piden un acto de fe porque, si dejamos la connotación religiosa a un lado, vemos que es un uso del lenguaje muy simple: o crees o no crees. Es decir, un discurso binario del tipo A/- A, que conlleva el estar a favor o estar en contra (el enfrentamiento). Insisto en ello: mirándolo desde este punto de vista, nuestros políticos suelen alzar un discurso A que solamente admite A o –A, pero no un discurso que admita B, C, D, etcétera. No sé si me explico. Cuando Casado/Rivera llaman a los políticos independentistas “golpistas”, dicen A, y solamente dejan margen al –A.

Cuando le preguntaron a Sánchez en el Congreso si les ofrecería un indulto (fíjense, ya dan por hecha la condena), hicieron lo mismo. Y la única respuesta es no responder, porque es una pregunta falsa: la vida no es A/-A, sino que vivimos inmersos en B, C, D y un larguísimo etcétera. Sin embargo, también sabemos que en esta vida hay momentos en que hemos de posicionarnos, elegir.

Debemos responder Sí/No, A/-A, pero no es lo mismo decidir si nos compramos un coche (o no) que si nos detenemos (o no) a ayudar alguien que ha sufrido un accidente. Más allá de mi evidente demagogia, cuando desde el PP se decide judicializar el proceso catalán, opino que es porque ellos ya han tomado la decisión A/-A respecto al mismo. Y, como la complejidad de este proceso no les permite ninguna solución efectiva basada en el modelo A/-A, lo que pretenden es sacarse el problema de encima.

No sé muy bien si es incompetencia o cobardía. Pero ahora los jueces han de juzgar unas personas que han actuado siguiendo un mandato de sus votantes, y que su responsabilidad es compartida. No es un A/-A, un culpable/inocente, pues son representantes de más de 2 millones de personas. Ustedes me podrían decir que, por ejemplo, los juicios de Nuremberg establecieron que la responsabilidad de los actos propios es individual. Pero (y por ello hace unas líneas puse el ejemplo de ayudar, o no, a alguien en un accidente) aquellas personas juzgadas en Nuremberg infringieron los Derechos Humanos, y ahora, como mucho, se ha infringido una Constitución con la que, al menos, dos millones de personas no están de acuerdo (según las últimas encuestas, casi al 80% de los catalanes les desagrada esta Constitución).

Los que juzgaron en Nuremberg siguieron las órdenes de un dictador, y los políticos independentistas las de sus votantes tras unas elecciones democráticas. Piensen que, con tan solo un 20% de votos independentistas, no hubiera habido ningún 1 de Octubre, por mucho que Puigdemont y Junqueras fueran los mismos. A quien se tendría que juzgar es al juez Llarena, para desentramar si sus decisiones de encarcelar los políticos han sido, simplemente, una mera cuestión de ideología. Y eso no es justicia, por mucho que estén de acuerdo con la ideología que la unidad de España (o, por ejemplo, la monarquía) está por encima de la voluntad de los individuos.

Déjenme estirar el hilo. El sacerdote siempre sabe “algo” que nosotros no sabemos o no podemos comprender. Y, ¿no les da la sensación, cuando entrevistan a muchos políticos, cierta suficiencia? ¿Como si ellos supieran de los tejemanejes de vaya-usted-a-saber-qué? Como si ellos estuvieran a un nivel demasiado complejo para nuestro entendimiento. Como si nuestra vida fuera sencilla al lado de esos “tejemanejes”. Tal vez resulte que no, que lo único que ocultan es un submundo de corrupciones, comisiones, de lo más sencillo. Son cómplices de esa oscuridad en la que se escudan. Pero cuando salen a la luz esos “tejemanejes”, los políticos son tan burdos y vulgares como nosotros.

Este tipo de político, el rey, el gran financiero, todos sacerdotes, son la suma vulgaridad, como nosotros, el vulgo. Pero revestida de una oralidad infame y engañosa. Hasta el rey no es más que uno de ustedes, incluso en el machismo subyacente en esa cena televisada de la Familia Real de no hace tantos meses: la sopa (tan campechana), la copa de vino solo para el varón (pero blanco, que no se note), la mujer sirviendo la mesa (pero fuera de cámara, que no se vea). Si un biólogo, un físico, un filólogo, desean proponer algo, deben escribirlo, reflexionar sobre ello, decidir qué discurso fijan para que se pueda leer y releer y someterlo a la crítica. Y así deberían hacer nuestros políticos, sin tanta palabrería mágica para conseguir no sé qué Grial.

Al final, Sean Connery, el padre de Jones (que, antes de ser mayor, solitario y sabio, todos sabemos que fue un joven mujeriego con licencia para matar) le dice a Indiana que deje el Grial, que lo deje estar. Y la película acaba con Indiana huyendo del congreso mientras sus columnas se derrumban sobre los sacerdotes de la fe. El problema, más allá de tontas metáforas, es que el parlamento somos todos. O así debería ser. Y cuando los pilares que lo sostienen (independencia judicial, honestidad, información no sesgada ni manipuladora) empiezan a corroerse, el derrumbamiento caerá sobre nuestras cabezas. Entonces, los sacerdotes señalarán a cualquier parte menos a ellos mismos. Y, no lo duden, siempre encontrarán a quién señalar.

¿Deberíamos pasar de la “democracia de la fe” a una “democracia del contrato”? La carencia de compromisos reales de los programas orales de los partidos, esas bellas palabras soltadas durante las campañas, ¿no ha quebrado la confianza del individuo (como votante) en el sistema? Solamente a modo de ejemplo: hace poco un partido prometió 600 mil puestos de trabajo y bajar los impuestos durante la campaña de las elecciones andaluzas.

Una vez se ha votado, el consejero de Economía de Andalucía, reconociendo la imposibilidad de llevar a cabo esa promesa, nos suelta: <<Como tiremos de hemeroteca y pongamos con letras mayúsculas lo que todos los líderes o futuros ministros de Economía han prometido durante campaña electoral, le aseguro que no quedaría ni uno sano, ni uno solo>>, y agrega: <<Eso es un lenguaje, una forma de expresarse durante una campaña electoral>>.

En una sociedad donde el individuo se pasa el día firmando contratos de responsabilidad (contratos bancarios, de alquiler, de trabajo, con las compañías de suministros…), ¿por qué los dirigentes tienen derecho a vivir al margen de ello? Tal vez, un partido debería comprometerse con sus votantes mediante contrato: su incumplimiento requiere elecciones anticipadas y una buena explicación de porqué no se llevó a cabo. Aquello de lo que no se sientan capaces de cumplir, sería excluido del contrato, y, lentamente, se podría recuperar (¿?) la confianza en los que se proponen como dirigentes. Aunque esperar cualquier tipo de cambio al respecto, visto que el sistema actual ya les va de perlas, se me antoja una cuestión de fe, y esta es muy relativa.

Un poco de radicalidad 2

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. hemos perdiod el sentido d la realidad :
    el program d Vx es decir españa+no nos pararan+votantes d podemos son gordos+feministas sucias
    y poco mas
    solo 100 puntos su programaos al limite y ls medidas mas progres qe son burda copia d ls d podemos son para tapar qe liberalizaran hasta tu foto dl dni y bajaran impuests a tope = estado fallido = privatizacion entre sus amigos

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