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Sócrates me produce una impresión ambigua, porque no vamos a negar su trascendencia y hasta una cierta innovación en algunas cuestiones pero temo que la tradición, una vez más, ha retorcido su figura hasta convertirlo en un santo de la Filosofía que no fue. Aristófanes en sus comedias (y pensemos que el humor es trazo grueso pero suele ser una exageración de la verdad) lo presenta como un colgado con la cabeza en las nubes integrado entre los sofistas, de los que la imagen popular es la esperable: una panda de privilegiados dedicados a pensar (cobrando) mientras los demás trabajan. Aplíquese hoy según convenga.

Muchos estudios describen muy bien el ambiente intelectual del Siglo de Pericles o de la Ilustración Griega, la analogía entre ésta y el XVIII europeo se ha llevado hasta el extremo de sostener que habría podido precipitarse nuestra Revolución Industrial (y lo siguiente) hace ya dos mil años. Esto es una solemne tontería, pero sirve para entender el papel de freno que jugó la esclavitud (equivalente a nuestro petróleo en la Economía de la Antigüedad) y lo que supondría después el impacto del cristianismo, recordemos que en el siglo III aC ya se usaba la máquina de vapor en Alejandría.

La ley como convención o contrato social, el ateísmo entendiendo la religión como control político, la defensa de la igualdad social, racial, económica e incluso del abolicionismo, el análisis de la motivación y la voluntad, el relativismo y la apología de la individualidad, el análisis del lenguaje generador de realidad (la que se debate) y no mero transmisor de realidades objetivas… Protágoras, Gorgias, Antifonte, Alcidamas, Trasímaco… No es lugar para singularizar pero ese tópico de “El hombre es el baremo de todo” (fuerzo un poco la traducción para contextualizar lo que significa) atribuido a Protágoras, quizá un esclavo manumitido, puede que resuma una grandeza de pensamiento que el socrato-platonismo ha ocultado. Este relativismo entendido como contexto inevitable de las relaciones humanas, como asunción de la pluralidad de experiencias es prueba de la modernidad, de lo innovador de un movimiento sofista siempre caricaturizado como mera explotación económica de la retórica; y debe ser reivindicado.

La presencia de la influyente Aspasia en este contexto no resta un ápice de gravedad a la horrorosa situación de la mujer en el mundo helénico, condenada al interior de la casa (entiéndase lo de “mujer de la calle”); el ataque contra la esclavitud de Alcidamas supone un menoscabo de esa justificación misma de la sociedad antigua que era el comercio de personas… Quiero decir que se entiende el ataque de los sectores reaccionarios filoespartanos de su época; frente a la noble quietud del clasismo militar tradicionalista, los sofistas ofrecían un debate permanente de los valores fundamentales de aquella sociedad; el aristocrático antidemócrata discípulo de Sócrates llamado Aristocles (Platón) ansiaba una especie de “sofocracia” (gobierno de sabios) bienintencionada, sólo que esos sabios de los que hablaba siempre arrastraban sus mismo traumas y paranoias místicas… y claro, eso no parece muy respetuoso con la alteridad.

No soy un admirador ciego de la democracia ateniense, hay que recordar que el propio término es racista: gobierno para la clase exclusiva de los ciudadanos, una minoría ni siquiera uniforme pues quienes no tienen la vida resuelta apenas pueden participar: excluyan bárbaros (palabra despectiva dedicada a los que ni saben hablar… griego, claro), metecos, mujeres, menores de 23 años, la multitud esclavizada, etc. Cuando Aristóteles habla del “hombre animal político” de nuevo es racista, la traducción más exacta sería que “sólo el animal varón que nace para ser de la clase ciudadana es humano”. Por eso los sofistas son aire fresco y no ponzoña como dice Platón y ha mantenido el tópico escolar.

Sócrates rechazó como malévolo y degenerador ese invento llamado “escritura”: ¡a dónde vamos a llegar!, en vez de almacenar todo en la memoria para su uso inmediato: ¡escribir! Hablaba y consultaba a una divinidad que le respondía desde dentro y sufría crisis de ausencia (hay quien colige alguna enfermedad mental); se entrometía en las conversaciones en el Ágora consiguiendo ser molesto, pues preguntaba hasta deshacer los argumentos y los conceptos (su madre fue partera y su nombre significaba “La que da a luz a la virtud”, casualmente, por lo que él denominó a su estilo de debate: arte de partear o “mayéutica”); Aristóteles le atribuye, quizá por su manera de discutir, el uso de la inducción y del concepto general, esto es: la generalización a partir de la repetición de casos. A mí me gusta de él eso de que quien sabe lo que le perjudica no lo hace, nadie comete mal contra sí mismo conscientemente: si supiéramos la consecuencia última de lo que hacemos, no lo haríamos igual… el problema es que nunca lo sabemos… de verdad.

Pero me gusta más su chulería, y por ello la cito aquí aparte, verbigracia aquello de, al ser interpelado como el hombre más sabio de su tiempo, decir: “Una cosa sé; que sé nada”; o cuando le condenan a muerte o exilio por llevar nuevos dioses a Atenas (esa voz interior) y por estropear a la juventud (con su mayéutica un tanto reaccionaria) pensando que elegiría irse de la “pólis”: va y pide que, dada la edad que tiene y que sólo le queda empeorar poco a poco, lo maten y le hagan un favor: perfecta apología del suicidio asistido no siempre valorada por sus simpatizantes ni por los sectores conservadores que lo reivindican como valor eterno de la Humanidad.

 

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Francisco Silvera. Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016). -Libro de los silencios (2018) -Pintar el aire (2018, en colaboración con el pintor Miguel Díaz) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es. Libro de los silencios ha sido galardonado por el jurado del XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA de 2019 en la modalidad de relatos.

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