Estos últimos días de frenesí pandémico, en los que la última de las nuevas olas nos ha arrastrado con positivo Covid-19 a mi familia y a mí, hemos conocido en primera persona el sufrimiento, miedo y paranoia que provoca el maldito virus. Una experiencia que desde el aislamiento al que nos vemos obligados te hipersensibiliza a lo que supone para los demás el coronavirus y su reinado de muerte y terror.

Partamos de la base de que una cosa es oír hablar del bicho y otra padecerlo en tus carnes o en las de tus seres queridos. Cambia el concepto absolutamente. En mi caso, si le añades que nunca padecí una gripe, o pasé fiebre por resfriado alguno, se afianzó en mi percepción la gravedad de este virus traidor.

Y es entonces cuando, a través de las diferentes pantallas que te unen con el exterior, uno empieza a ser más consciente de lo nocivo de determinados mensajes que contaminan los medios de comunicación y las redes sociales, más si cabe si estas voces surgen de determinadas plataformas o asociaciones integradas por policías. Agentes de la autoridad que en clara confrontación ante la evidencia de lo que realmente está sucediendo en todo el mundo, se hacen acreedores del conocimiento de la auténtica verdad de lo que ocurre, negando la existencia de la Pandemia, denunciando un plan subterráneo y político de control sobre la población y pontificando en contra de las medidas sanitarias y gubernamentales para frenar el avance del coronavirus.

Pero vayamos al caso concreto, y para ello, retrotraigámonos a marzo del año 2019 momento en el cual se puso en contacto con mi sindicato, la Agrupación Reformista de Policías, una compañera policía que respondía al nombre de Sonia. De trato afable y correcto nos hizo saber que estaba encabezando un proyecto denominado “Human Protect Institute”. Un instituto dedicado a dar cursos a policías y guardia civiles para según consta en su web,  “formar líderes”, “aprender nuevas herramientas de trabajo”, “saber cómo tomar decisiones acertadas”, “aprender a controlar tus emociones en situaciones de conflicto”, “saber comunicarte de manera efectiva en cada intervención”, etc. En definitiva, un negocio enfocado a suplir las supuestas deficiencias en habilidades sociales de los y las policías, y a su vez complementar las herramientas técnicas y operativas que se enseñan por parte de la Dirección General de la Policía.

Aquel contacto en el año 2019 con la tal Sonia y su proyecto, no prosperó. Y eso debido a que en la Agrupación Reformista de Policías hemos siempre reivindicado la necesidad de que toda la docencia necesaria para el desempeño de nuestra profesión debería ser exclusivamente proporcionada por la Policía, acabando con el gran negocio externo y sin control de calidad y económico que hay con la formación policial. Y a su vez proponiendo, para que no se vieran afectados los compañeros que se dedican también a ese tipo de enseñanza y para que no perdieran su actividad, que fueran captados por la Dirección General de la Policía para enseñar su especialización o materia impartida pero dentro de la corporación, complementando su función, y retribuyéndoles en su justa medida.

De hecho en el año 2018 en ARP informamos a los máximos responsables del Ministerio del Interior y de la Policía, y denunciamos en Fiscalía Anticorrupción un presunto fraude por parte de los sindicatos más representativos de la Policía en el uso de las liberaciones sindicales legalmente previstas solo para representantes sindicales, mediante el cual se habrían estado beneficiando de ellas quienes no lo son. Todo ello, además, con un presunto y elevadísimo coste para las arcas públicas de dos millones de euros anuales en salarios pagados a quienes, sin derecho para ello, obtenían la liberación por los cursos, y el consiguiente perjuicio para el servicio policial.

Si también se tiene en cuenta que es vox pópuli que algunas academias de formación que imparten cursos de preparación para el acceso a la Policía Nacional o cursos de ascenso, que “casualmente están de moda” determinados años por, según se ha dicho, presunta información privilegiada sobre cuáles podrían ser las preguntas de los exámenes, podemos imaginar la corrupción que esto genera y la injusticia por desigualdad en los opositores sin esa información privilegiada.

El problema es que ni unos denuncian porque perderían su ventaja respecto al resto, ni la gran mayoría lo hace a sabiendas o por miedo a ser señalados de por vida y no poder conseguir su sueño de ser policías.

Tampoco nos olvidemos de las últimas noticias de la valiente denuncia de un profesor de la academia de Policía Nacional de Ávila al que, siempre según su versión, obligaban a aprobar a los estudiantes sin haber llegado al mínimo de la nota exigida. No se puede dejar de lado la reflexión de que con esta forma laxa de actuación de aprobados generales sin la nota mínima requerida se permite el acceso a plazas en la Policía Nacional que requerirían un perfil más exigente de preparación para lo que es nuestra función. De esta manera se podría impedir el que en el futuro hubiera policías de carrera con actitudes o actuaciones que no fueran las requeridas en base a nuestros principios básicos de actuación y que se acabara con la carencia de neutralidad política y de respeto a los derechos Humanos que exige nuestra función.

Pero continuando con el relato de la compañera que nos ofreció los cursos en el año 2019, hay que regresar al momento actual, en el cual tras haber recibido el aviso por parte de amigos dentro del activismo ciudadano en redes o del propio periodismo de combate contra las conductas inaceptables dentro de las FFCCSE, es cuando vuelvo a saber de la tal Sonia.

En este caso concreto, por vídeos de hace cinco meses de contenido negacionista de la Pandemia, en los que, además de que con un claro tono de oposición política al Gobierno, se hace llegar el equivocado mensaje de que la mascarilla no es necesaria, y se estimula una especie de “desobediencia civil” a no llevarlas, incluso aportando medios a la ciudadanía para poder recurrir las multas por desobedecer la normativa al respecto.

Lo llamativo del mensaje de esta persona que gusta de hacer uso del uniforme policial en fotografías y vídeos que ilustran sus proyectos es que, de aquel primer contacto que tuve con ella en 2019 presentándome su proyecto de instituto de cursos de coaching humanista, parece ser que no tuvo éxito y en su web el último curso que consta es en Madrid el 14 de junio del año 2019. Un curso de 4 horas por 30 euros de “cómo cambiar el estado emocional en 15 minutos”. Otros ejemplos de los pocos cursos que se impartieron entre abril y junio (3 meses) fueron el de “Gestión de emociones. ¿Eres un guerrero? ¿Sabes cuánto pesa tu armadura? (Solo para valientes)” o el de “Carisma y persuasión. Convencer vs Imponer. Cómo conseguir que te compre hielo un esquimal. Persuasión: vender un chuletón a un vegetariano”.

Parece ser que sus mensajes y vídeos en redes, muy virales en grupos de extrema derecha y ambientes negacionistas en los que la iconografía del guerrero con armadura tiene bastante éxito, son utilizados para convencer a esquimales, vegetarianos o policías y ciudadanía en general.

Pero lo más grave de todo es cuando esta persona comunica que va a ser la portavoz de una asociación denominada “Policías por la Libertad”, entroncándose en el amplio movimiento internacional negacionista “…por la Libertad”. Organización sobre cuya web basta con destacar, para como mínimo escandalizarse, que comparte la noticia de que una diputada de cierto partido de reciente creación y ascenso electoral compara las PCR anales con una violación.

Viendo el programa de Equipo de Investigación, “Desmontando a los negacionistas” en el que participa Marcelino Madrigal, persona de prestigio en el desenmascaramiento de las fake news y grupos antidemócratas de todo pelaje, no paré de ver en todo tipo de actos de propaganda negacionista de “Médicos por la Libertad” y grupos simpatizantes, a la oficial de Policía Sonia. Y escuchar las idioteces que se decían por parte de las personas representativas de estos perniciosos grupos de presión política y de influencia en mentes débiles o poco informadas fue la espoleta de la redacción de este artículo. Y eso, porque mientras tenía que aguantar tal sarta de mentiras, mi familia y yo, que habíamos seguido al pie de la letra desde el inicio las indicaciones sanitarias y gubernamentales, estábamos aislados por habernos fatalmente infectado por el maldito virus. Y en mi caso, con dificultades para respirar y muchos síntomas de todo tipo, que me tenían muy preocupado.

Ver y escuchar a estas personas pedir a la gente incumplir las leyes y consejos médicos, desacreditando instituciones y poniendo en peligro la vida de la ciudadanía, y haciéndolo además utilizando inapropiadamente el nombre e imagen de nuestro colectivo policial, es inaceptable. Porque lo primero de todo es que dichas organizaciones “casualmente” siempre tienen un apoyo mayoritario entre sectores de la derecha más extrema, aprovechan su actividad para hacer oposición al Gobierno que casualmente es una coalición de izquierdas, que a veces se nutren de policías como es el caso de la asociación de la tal Sonia que hasta incluso lanzan sus mensajes con el uniforme oficial de la Policía Nacional aprovechando el prestigio de nuestra siglas para usos particulares y que en definitiva, su proliferación y proyección mediática nos obliga a preguntarnos quién está realmente detrás.

Es importante que seamos críticos y no nos dejemos llevar ni engañar por mensajes oportunistas, sin base científica, alarmistas, peligrosos para la salud de todos y todas, y que no se puede permitir que sean difundidos por policías, que en lugar de estar remando por resolver la situación pandémica desde la profesionalidad, ponen palos en la rueda de la recuperación, en algunos casos presuntamente empujados por el ánimo de relevancia que les permita hacer negocios privados.

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