Extrañaba que no apareciese por los circuitos, pero tampoco parecía que fuese a morir. Niki Lauda. Total, sólo tenía setenta años y la gente hoy día llega a centenaria con bastante frecuencia.

Desde LAS ALMAS Y LA F1 le hemos echado de menos en todos los grandes premios que se han celebrado esta temporada (más abajo, al final del texto, el enlace al artículo que le dedicamos hace unas semanas); cuando llegue este finde y comiencen los ojos de los robos a grabar cuanto suceda alrededor del Gran Premio de Mónaco, todos le echaremos de menos de una manera más intensa y especial: a Niki Lauda.

Ya no le veremos nunca más, ya nunca comentará nada de lo que suceda en el futuro en la F1. Creemos que podría haber sido un buen aliado para Bottas en el campeonato de este año: ya no lo será.

La muerte casi siempre es una triste noticia. La relación de los aficionados a la F1 con Lauda desde que dejó la competición como piloto era esencialmente sentimental: nos encantaba verlo allí: hablar, criticar y opinar.

Le gustaba decir que él no era una leyenda, que él estaba vivo y alguien vivo no puede ser una leyenda. Ahora sí que lo es: una leyenda. La leyenda de Niki Lauda, uno de los más grandes pilotos de todos los tiempos, un hombre cuya estela colonizó una película inolvidable: Rush, el tipo que le tiraba de las orejitas a Lewis Hamilton y decía que Fernando Alonso era aún más correoso que Allan Prost.

Vivirá eternamente; y se le recordará.

Tigre tigre.

La ausencia de Niki Lauda

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