Para Lorenzo y Noemí

 

-¡Pues claro que es para ponerse así!

Las luces del aeropuerto parpadean nerviosas. En los aeropuertos actuales es fácil caer presa de los nervios. No puede usted llevar agua ni líquidos. Tampoco objetos punzantes. Deje aquí su teléfono y su cartera y su dignidad… todo en el cajón, y ahora vamos a tocarle donde nos apetezca. ¡No nos mire con mala cara, lo hacemos por su bien, para que tenga sensación de seguridad, para que piense que nadie puede pasar ni un alfiler a través de los arcos de control! ¿Comprende? Pero eso son mis huevos, lo que me está tocando agente… yo no soy un agente… lo que me está tocando, señor no agente, son mis huevos. Yo no le toco nada, le estoy registrando, y le recuerdo que lo hago por su propia seguridad y la del resto de los viajeros.

Paciencia resignación más paciencia y colas por supuesto, colas kilométricas para facturar el equipaje que cada día es más limitado pues las compañías de aviación se han puesto de acuerdo para cobrar por cada gramo de más que puedan llevar en sus maletas los estúpidos bípedos empeñados en ir saltando de un lado al otro del planeta.

Los odia a todos: a los viajeros a sus jefes a su propia madre por no ser rica y por no haber podido dejarle una herencia que le hubiese permitido vivir sin trabajar. El siguiente el siguiente el siguiente… A ésta se la meto doblada.

-Oiga, le ha puesto la etiqueta de equipaje de mano a mi bolso, no a mi maleta.

-¡El siguiente!

Se ríe por dentro la durante un instante feliz empleada de la compañía aérea: sueldo indigno, imprescindible hacer todas las horas extras que se le ofrezcan. ¡Que se joda, si ni siquiera sabe hablar bien mi idioma!

Y entonces sucede, el energúmeno, la bestia que acompaña a la mujer, debe ser español como ella, da un paso hacia el mostrador. ¿Qué hace, pero qué demonios se cree que está haciendo? Vaya, y encima éste sí que habla inglés. Habrá que meterle en cintura. Repugnantes turistas.

-¿Por qué le ha puesto la etiqueta de equipaje de mano a mi esposa en el bolso?

-Son dos bultos los que lleva.

-¿Son dos bultos los que lleva?

Al español le brillan los ojos como si tuviera un infierno en la cabeza. Abre la maleta de su mujer, mete el bolso dentro y le arranca la etiqueta antes de volver a cerrar el equipaje.

-Ahora sólo es un bulto -explica con claridad inapelable, tirando al suelo, a los pies de la empleada, la etiqueta que acaba de arrancar.

Y la empleada se asusta y agacha el testuz.

Detesta su trabajo; detesta a todos los viajeros; su único consuelo es hacer indiscriminadamente cuanto daño pueda, pequeño o grande y a cualquiera: así se desahoga un poco. Pero si alguien se enfrenta ella enseguida retrocede, no pide perdón ni disculpas pero sí baja los ojos y se refugia en su condición de esclava; esclava de una vida que desprecia.

-No hay por qué ponerse así, señor -susurra sin mirar.

¡Maldita sea! Si pudiera le daría al listo que se ha atrevido a replicarla y ponerla en su sitio con una barra de hierro en la cabeza.

 

(Le sucedió a uno de mis mejores amigos, hace ya meses, y he encontrado el apunte en una de mis libretas. Estábamos en el Instituto Cervantes, con motivo del Getafe Negro, el festival de novela urbana y policíaca de Madrid. Recuerdo como si la viese ahora mismo a Marta Robles ese día: parecía la Catwoman de Batman; y también a Ernesto Pérez-Zuñiga, que llevaba un sombrero como el mío, aunque el suyo era mucho más nuevo y elegante. La idea hoy era perfilar un cuento sobre un boxeador, que me dejé ayer en el tintero, y también tenía un par de ellos pensados como alternativa, pero me he puesto a ojear mis cuadernitos y al final me he quedado con esta pequeña historia para la vigésimo tercera jornada de mi cacería de letras. Como de costumbre, desde que comencé esta suite, estoy escribiendo después de las dos de la noche, aunque me paso los días enteros diciendo: ahora me pongo ahora me pongo y así esta noche no hago nada más que leer pasear mirar árboles o tocarme las muelas; pero raramente lo consigo; verle los colmillos del lobo parece ser mi musa más efectiva y predilecta)

Un Viejo Inmóvil En Su Jardín


 (Javier Puebla es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El Año del Cazador, una suerte de novela neurológica que sólo puede conseguirse completa y editada en papel solicitándosela directamente al autor a través de Twitter, Instagram o Facebook, o en el correo elcazadordecuentos@javierpuebla.com

 

Esta Suite que se está publicando en Diario16 se prolongará al menos durante 33 días y está inspirada por el deseo de recuperar el espíritu y la forma de observar la vida con unos ojos distintos, ojos de Cazador de Cuentos, y es también un exponerse ante el mundo, un “aquí estoy, aún estoy aquí y tú puedes verlo y compartir conmigo este imprevisible juego”.) Día 23.

 

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(Mecanografía: LF)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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