Sanitarios conducen un cuerpo a su incineración en la India.

Cadáveres esparcidos por las calles, hospitales atestados de contagiados, piras funerarias que no dan abasto, inmensas hogueras que dejan un resplandor de fuego y muerte en medio de la noche. El coronavirus ha convertido India en un infierno. El país acaba de superar los 200.000 fallecidos por influencia de la variante local, una mutación que ya se ha detectado en otros 17 países. Solo un dato basta para dar una idea de la magnitud de la catástrofe que se vive en aquellas tierras asiáticas: en apenas 24 horas, más de 3.000 personas han perdido la vida a causa del covid-19. La situación no es muy diferente en otros estados en vías de desarrollo como Brasil o México, donde la enfermedad amenaza gravemente a sus habitantes y a los del resto del planeta, ya que si algo nos ha enseñado esta pandemia es que más tarde o más temprano la mutación detectada en los países pobres acaba llegando también a los más ricos y desarrollados.

Es solo cuestión de tiempo que la variante india termine recalando en Europa (ya ocurrió con las cepas sudafricana y brasileña) de modo que de nada servirá el cierre de los aeropuertos, ya que el covid no conoce de fronteras y se expande por todo el mundo con una capacidad asombrosa. El virus hoy está aquí y mañana al otro extremo del planeta, lo cual nos lleva a pensar, inevitablemente, que de esta pandemia o salimos todos o no saldrá nadie. La humanidad está ante su mayor desafío de la historia (la plaga dejará secuelas todavía más nefastas que las que generó la Segunda Guerra Mundial) y aquel país que pretenda sortear la fatalidad cerrando fronteras, refugiándose en la autarquía y en la insolidaridad acabará pagando el mismo precio elevado que cualquier otro. Aislar un país indefinidamente (como proponen los gobiernos supremacistas o racistas) solo contribuirá a aumentar el “síndrome de la cabaña” entre sus ciudadanos secuestrados, un trastorno que lleva a millones a caer en el miedo a salir a la calle, miedo a contactar con otras personas, miedo a realizar las actividades cotidianas de antes como trabajar fuera de casa, tomar un tren o un autobús o quedar con amigos. Es decir, el final de la civilización humana tal como la conocemos.

Solo si la comunidad internacional se une en un esfuerzo coordinado, no solo sanitario sino también logístico y económico, podremos llegar a vencer al virus algún día. De nada servirá que la opulenta Europa se salve ahora si mañana le llega una nueva ola mutante del norte de África. ¿Qué hacemos entonces? ¿Levantamos muros contra los inmigrantes y los agentes patógenos, como proponía el ínclito Donald Trump? Es completamente absurdo, el virus se mueve a una velocidad cuántica, portentosa, y es capaz de colarse por cualquier rendija por pequeña que esta sea. Para el gran filósofo y lingüista Noam Chomsky, la primera conclusión que debemos extraer de esta pandemia es que nos encontramos ante “otro fallo masivo y colosal de la versión neoliberal del capitalismo”, que en el caso de Estados Unidos está agravado por la naturaleza de los “bufones sociópatas que han manejado el Gobierno”.

Es decir, si no aprendemos la lección, si no reforzamos la Sanidad pública, si no invertimos en fortalecer el escudo de protección social, la próxima vez que ocurra algo parecido será todavía peor. Cada día parece más evidente que el virus está jugando una partida de ajedrez a vida o muerte contra el ser humano. El premio final: la hegemonía del planeta. Si echamos la vista atrás en el tiempo, veremos que la historia de la Tierra siempre fue la de una especie animal que logró imponerse a las demás en la dura carrera competitiva impuesta por la selección natural y que finalmente, por una razón u otra, terminó extinguiéndose y dando paso a otro sucesor o heredero que ocupó su lugar. Los dinosaurios son el mejor ejemplo de ese fenómeno evolutivo.

Tras la epidemia de SARS de 2003, la naturaleza nos dio un serio aviso o toque de atención. Los científicos alertaron a sus gobiernos de que vendrían otras pandemias, otros virus mutantes todavía más terribles, de manera que exigieron medidas de prevención inmediatas para contrarrestar el cataclismo que se avecinaba. Nada se hizo y ahora nos vemos en medio de esta pesadilla que promete no acabar nunca. Hoy mismo, los expertos alertan de que las vacunas de BioNTech y Pfizer necesitarán una tercera dosis a los nueve meses o como máximo al año de la segunda para terminar de inmunizar frente al coronavirus. Es decir, las vacunas son armas esenciales en la batalla contra el covid, pero no van a conseguir erradicar la epidemia, al menos de momento. Otro dato que resulta estremecedor es que la variante india es mucho más infecciosa y letal que las anteriores y ni siquiera sabemos si las vacunas resultarán eficaces para frenar su avance.

Y luego está la delicada cuestión económica. Vivimos en un mundo globalizado en el que todo está interconectado. Lo que pasa hoy en el mercado de Nueva York repercute en unas pocas horas en Japón. Y un planeta con inmensas bolsas de pobreza y desigualdad está irremediablemente abocado a la parálisis, la recesión, la crisis y la guerra. Las estadísticas nos dicen que hasta en las economías más avanzadas se detectan mayores tasas de mortalidad por covid-19 entre los grupos marginados que viven en los barrios pobres.

Cada día parece más evidente que si queremos salvar nuestro modo de vida tenemos que cambiar de raíz el modelo productivo capitalista basado en el colonialismo empresarial y la sobreexplotación de los recursos que agravan el cambio climático, origen de nuevas pandemias. Por tanto, la idea ampliamente difundida por los gobiernos de que estamos cerca del final, cerca de derrotar al virus, es tan solo un espejismo, cuando no un engaño más. La batalla no está ganada y va a ser larga y dolorosa. Ningún país podrá salir de esta por sí solo. Únicamente si la humanidad se une frente a este poderoso enemigo tendremos una esperanza de supervivencia como especie.

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