lunes, 20septiembre, 2021
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Odio racista: un trastorno mental que no tiene cura

Vox incendia la campaña electoral con su cartel xenófobo sobre los menores inmigrantes

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Dice el juez Joaquim Bosch que el delito de odio “no es un sentimiento de repulsa hacia otras personas, consiste en generar una atmósfera colectiva de hostilidad que alienta el ataque a otros seres humanos”. Y remata la sentencia: “Hay discursos políticos xenófobos contra menores migrantes que están ya en la frontera del delito”. Llenar una ciudad con carteles de propaganda electoral en los que se criminaliza a un grupo de 300 chavales extranjeros por su raza y su procedencia o nacionalidad, como está haciendo Vox en la sucia campaña a las autonómicas madrileñas, es simple y llanamente odio. Puro odio.

Pero el mal no nace espontáneamente. Se crea, se propaga, se contagia. Ideologías xenófobas como la que profesa el partido de Santiago Abascal generan esa “atmósfera tóxica” de la que habla el magistrado Bosch hasta envenenar a toda una sociedad. El aire enrarecido y viciado del odio se pega a la piel, transpira, penetra en los pulmones de la gente como el maldito coronavirus hasta que termina enfermando el cuerpo, la mente y el espíritu. Es el racismo como enfermedad, el racismo como trastorno, como plaga mórbida, o en palabras del escritor Andrea Camilleri: el fascismo es un virus mutante (todo racista es también un fascista, lo uno lleva inevitablemente a lo otro).

Jane Elliott, una educadora norteamericana que se ha hecho famosa por un método de estudio sobre estos comportamientos agresivos (Ojos azules/ojos marrones) llega a la conclusión de que el racismo es un trastorno psiquiátrico. “Si juzgas a otras personas por el color de su piel, por la cantidad de una sustancia química en su piel, tienes un problema mental. No estás lidiando bien con la realidad”. Desde ese punto de vista, y teniendo en cuenta que está demostrado científicamente que las enfermedades mentales pasan factura al cuerpo (por la íntima conexión psicosomática probada en el laboratorio) cabría concluir que odiar por racismo es malo para la salud y acorta la vida, como el tabaco malo. Aunque siempre hay casos excepcionales porque Franco palmó longevo, lo cual solo se entiende aplicando ese viejo dicho castellano de que mala hierba nunca muere.

Sea como fuere, nadie está a salvo de enfermar a causa del virus infernal del racismo que se le mete a la gente en el corazón y que no tiene cura. Nada funciona cuando se trata de rehabilitar a un discípulo o fan convencido de Hitler o Mussolini. Podríamos intentar coger al racista y someterlo a intensas sesiones de ultraviolencia, como al personaje aquel de La naranja mecánica al que sentaban delante de una pantalla de cine con los ojos enganchados por unas agujas metálicas y completamente abiertos para que asistiera a todo tipo de crímenes, torturas y aberraciones hasta que se insensibilizara a fuerza del shock emocional. Absurdo, sería inútil. El racista no nace, se hace y muere racista.

Tampoco funcionaría aplicar terapia cognitivo-conductual al enfermo porque probablemente el tratamiento no surtiría efecto y saldría de la clínica tan nazi como entró (o incluso más, ya que terminaría odiando también a los psicólogos, a los psiquiatras, a las enfermeras y al bedel de la entrada por judíos, ateos y marxistas). Como último remedio se le podría intentar recetar Prozac para aplacar su pulsión, baños calientes, ejercicio físico, yoga o mindfulness con el fin de intentar que saliera de su estado animalesco, recuperara la conciencia de lo humano y volviera en sí, pero todo sería en vano. Entonces, ¿qué demonios se puede hacer para contener la curva epidemiológica del racismo que va peligrosamente in crescendo? ¿Acaso tiene el doctor Simón la clave para vencer esta pandemia todavía más peligrosa que la del covid-19? Desgraciadamente, no hay respuesta para esas preguntas, entre otras cosas porque el fascismo es el propio demonio que anida y duerme en el interior de cada ser humano y que se desata por alguna razón como fracasar en el matrimonio, quedarse sin trabajo o ser más bajito, feo y pobre que el vecino negro al que le van bien las cosas. Cualquier razón es buena para odiar.

En cuanto al enfoque judicial (perseguir al racista con el Código Penal para disuadir a otros) no resuelve nada. Para muestra el juicio a George Floyd que se celebra estos días en Estados Unidos mientras el Ku Klux Klan sigue con los tiroteos y la caza al hombre, lo cual nos devuelve a la tesis psicológica inicial del racismo como perturbación neurológica irreversible. Por último nos queda la política: se podría ilegalizar partidos como Vox, pero eso habría que haberlo hecho al principio, cuando eran cuatro gatos, ya que la experiencia nos demuestra que ahora el virus se replica mucho más rápido, muta a tope y la mitosis por victimismo se vuelve todavía más letal.

De cualquier modo, la especie humana lleva siglos soportando ciclos periódicos de fascismo emergente en tiempos de crisis y hasta ahora ningún científico ha dado con la clave o tratamiento eficaz. Y lo peor de todo es que tampoco hay vacuna, ni siquiera un mal pinchazo de AstraZeneca que inmunice parcialmente al contagiado/poseído de racismo. El día que se invente una pastillita roja o azul, como en los cuentos distópicos de Philip K. Dick, podremos decir que habremos vencido a la plaga milenaria, pero de momento poco o nada se puede hacer y cada nueva generación tiene que soportar que de cuando en cuando una parte de su rebaño se vuelva irremediablemente loca y quiera atacar a sus congéneres solo porque el color de su piel es diferente.

El mal no tiene solución. Ya lo dijo Umberto Eco, quien acuño el término “Ur-Fascismo” o “fascismo eterno” para advertirnos de que tenemos que aprender a convivir también con este bicho, tan perverso como el de la gripe o la viruela. No hay más que mirar a nuestro alrededor para llegar a la conclusión de que la pandemia de odio que no se veía desde hace un siglo retorna de nuevo y que ese mal va camino de convertirse en un auténtico problema de salud pública nacional. Si es cierto que más del 9 por ciento de los madrileños están dispuestos a votar a Vox en estas elecciones regionales, la enfermedad ha avanzado más de lo que sospechábamos y ya no hay terapia posible. Abascal es un experto en meterle el fuelle a la hoguera del odio, un alquimista de la xenofobia que enferma las cabezas y no parará hasta enloquecer a todo el personal.

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