En los años 90 del siglo XX, una conocida marca de automóviles forjó el acrónimo JASP para publicitar el Renault Clio, el modelo de los “jóvenes, aunque sobradamente preparados” (JASP), según rezaba el mensaje publicitario. De este lema surgió la etiqueta “generación JASP”, para caracterizar y designar a los jóvenes de principios de los 90. Entonces, los medios de comunicación y ciertos pedagogos y sociólogos empezaron a utilizar este neologismo para designar a la “generación más y mejor formada de la historia de España”. En efecto, desde entonces, se repitió y se repite, hasta la saciedad y sin hacer distingos, que los miembros de esa generación son universitarios, con licenciatura(s), máster(es) e idiomas.

Hoy, la sigla JASP ha desaparecido del lenguaje cotidiano. Sin embargo, muchos de esos “todólogos” que pululan por tertulias radio-televisivas y de esos columnistas que pontifican desde sus columnas-púlpito, así como ciertos pedagogos y sociólogos de vía estrecha siguen afirmando, sin fundamento, que la juventud española actual es la más y mejor formada en la historia de las Españas. Y  repiten siempre la misma cantinela: poseen licenciatura(s), máster(es), idiomas y, añaden, son unos virtuosos en tecnología de la información y de la comunicación (TIC).

Los propios jóvenes también se lo creyeron y se lo creen, e hicieron y hacen alarde de ello poniendo el acento en el infortunio de su situación laboral, siendo detentadores de una formación envidiable y sin igual. Por eso, no dudan en utilizar la ironía para denunciar el estado en el que se encuentran. Para ello, juegan con la polisemia o la metamorfosis de la letra P de la sigla JASP: Jóvenes, Aunque Sobradamente Parados; Jóvenes, Aunque Sobradamente Puteados; Jóvenes, Aunque Sobradamente Pre-Parados (JASPP); Jóvenes, Aunque Sobradamente Hipotecados (JASH);  Jóvenes, Aunque Sobradamente Infravalorados (JASIN);… Sin embargo, algunos no se vieron ni se ven tan positivamente y se incluyeron y se incluyen, más bien, en la “generación JASI” (Jóvenes, Aunque Sobradamente Idiotizados o Jóvenes, Aunque Sobradamente Indocumentados) o en la “generación HACHÍS”, que no es precisamente una sigla.

La tan cacareada formación de los jóvenes españoles de hoy (los más y mejor formados de la historia de España) es simplemente una leyenda urbana y no resiste el más mínimo análisis. En efecto, se podría afirmar que una pequeña minoría de jóvenes ha adquirido o está adquiriendo una sólida, esmerada, cuidada y funcional formación. Ahora bien, no creo que se pueda predicar lo mismo de la gran mayoría de ellos. Los datos son tozudos y están ahí para ratificarlo. Sin ánimo de ser exhaustivo, he aquí algunas cifras que permiten poner los puntos sobre las íes, en relación con la afirmación sin fundamento de que los jóvenes españoles de hoy son “la generación más y mejor formada de la historia de España”.

En la enseñanza secundaria obligatoria (ESO), el 26%  de los jóvenes no terminan la escolaridad obligatoria y no consiguen la titulación básica. Además, el 28,4% de los que obtienen el título de Secundaria abandonan definitivamente el sistema educativo a los 16 años, sin ninguna formación profesional. Por otro lado, el 36% de estos alumnos son repetidores. Y, finalmente, reciben muchas menos horas de clase de matemáticas y lengua, dos aprendizajes fundamentales, que los alumnos de los otros países de la UE. Sólo con estos datos, podemos constatar que la mayoría de los jóvenes españoles (un 63,3%)  o no ha terminado la ESO o ha sido repetidor o no ha ido más allá de la ESO;  y, además, todos los alumnos de la ESO han recibido una formación deficiente en dos aprendizajes instrumentales básicos. Con estas alforjas no se puede ir muy lejos, ni tampoco a la universidad; con este equipaje sólo se pueden realizar trabajos que no demandan mucha materia gris (construcción y sector servicios).

Sólo el 35,7% de los jóvenes de 16 años continúa los estudios: una minoría se decanta por la FP de Grado Medio, tradicionalmente desprestigiada y minusvalorada; y la gran mayoría por el Bachillerato, que conduce a la Universidad. Ahora bien, la enseñanza universitaria tampoco está para tirar cohetes: ninguna universidad española se encuentra entre las 150 mejores del mundo; el 30% de los alumnos abandonan sus estudios universitarios; en primer año de universidad, son muy numerosos los alumnos que no se presentan a los exámenes o que suspenden muchas asignaturas o que cambian de estudios; por otro lado, sólo el 33% obtiene un título sin repetir curso.

Estos datos denotan que los nuevos estudiantes universitarios llegan desorientados y  sin la formación básica para sacar provecho de la enseñanza universitaria (cf. Blog Faneca). Y esto constituye un derroche de recursos inaceptable, que pone en entredicho las pruebas de acceso a la universidad (PAU), de las que nos ocuparemos en un próximo texto. Ahora bien, siendo también grave, lo preocupante no son las lagunas con las que llegan a la universidad los bachilleres, sino la mentalidad con la que llegan. Están obsesionados con aprobar, con terminar lo antes posible y con acumular el mayor número posible de títulos, en vez de preocuparse por aprender y formarse. Y luego pasa lo que pasa: “Y, a parte del doctorado en derecho, en empresariales, en biología, en telecomunicaciones y en bellas artes, ¿qué sabe usted hacer?”, verba que El Roto (2011) pone en boca de un empresario. Por eso, ¿qué futuro espera a los neófitos diplomados, víctimas de la titulitis? La respuesta la tenemos en un popular graffiti, que reza así: “Si acabas la carrera en España, tienes tres salidas: por tierra, mar y aire”. Además, están obsesionados con poner numerosas lenguas extranjeras en sus abanicos lingüísticos, en vez de centrarse en una, y luego les pasa lo que a un personaje de J.L. Borges, que “se manejaba con […] ignorancia en diversas lenguas”.

Este comportamiento puede parecer lógico, si tenemos en cuenta la mentalidad y la edad de los jóvenes, pero no es razonable. Éstos no se dan cuenta o no quieren enterarse de que lo importante es formarse y aprender; aprender a aprender; fajarse con el estudio; invertir tiempo, energía, esfuerzo, dedicación, sudor y lágrimas en su formación. “Ni casas ni coches ni…: invierta en usted mismo, en aprender”, aconseja Joichi Ito. Por eso, se puede afirmar que la mayoría de los mal llamados JASP actuales se parecen más a cigarras jaraneras que a hormigas hacendosas; y que padecen el “síndrome de Oblómov”, personaje de una novela de Goncharov, prototipo de personaje gandul, dedicado a pensar en las musarañas y al “dolce far niente”.

 

Coda: « Je ne demande pas à être approuvé, mais à être examiné et, si l’on me condamne, qu’on m’éclaire » (Ch. Nodier).

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