Hace algunos meses, mientras desayunaba en el club social del campo de golf Sant Joan (Sant Cugat), mis oídos captaron el timbre de una voz conocida e inconfundible. Correspondía a Fernando San Agustín Farlete, experto en seguridad y espionaje, invitado con mucha frecuencia por Javier Sardá a sus Crónicas Marcianas. Lo saludé, confraternicé con él e iniciamos una animada, fecunda e interesante conversación. En un momento de la misma, le pregunté por qué no había utilizado el tirón y la popularidad que alcanzó en Crónicas Marcianas para participar en tertulias de radio o de TV. Me confesó que había recibido muchas ofertas, pero que las había rechazado todas por una simple razón: “Yo estoy dispuesto a ir a cualquier tertulia, pero sólo para hablar de lo que sé: seguridad y espionaje. Del resto de cosas, sé poco o no sé nada”.

Esta vivencia personal me ha traído a las mientes el humilde “sólo sé que no sé nada” de Sócrates y la respuesta —llena de cordura, de sentido común y también de modestia— que José Saramago dio a una periodista, unos meses antes de su muerte. Ésta le preguntó: “Maestro, tras su primera novela, dejó de escribir durante 20 años, ¿por qué?”. A lo que el autodidacta y sabio premio Nobel portugués respondió: “No tenía nada que decir”.

He traído a colación estas dos anécdotas y la cita socrática, para contrastarlas someramente con el comportamiento de esa fauna que pulula por los medios de comunicación de España y a los que ha colonizado. En mis textos, me suelo referir a ella utilizando el término de “todólogos”. Otros sufridores y víctimas de esta plaga los han denominado con nombres diferentes, prácticamente sinónimos y siempre vehiculando connotaciones peyorativas. Mi amigo Paúl de Bilbao los llama “tolosas”; otros los tildan de “tolosabe”; otros los denominan “sábelotodo”; otros hablan de “pitonisos”,… Que sais-je encore?

Como denotan todas estas denominaciones, los “todólogos” constituyen una raza de individuos que presumen de que saben de todo, que creen que lo saben todo y que opinan sobre todo (economía, política, arte, energía nuclear, etc.) “any time any where”. Le hincan el diente a cualquier tema, como si fueran especialistas, siendo genuinos charlatanes de mercadillo. Por ejemplo, no son padres, pero son los que más saben sobre cómo criar a un hijo; no tienen pareja, pero son quienes más conocimientos tienen de noviazgo, de vida en común o matrimonio; son obesos, pero no tienen empacho en dar consejos sobre dietas y actividades físicas; no distinguen visualmente el vino tinto del blanco, pero disertan sobre los caldos como si fueran consumados catadores o “sommeliers”. Son osados, atrevidos —que es lo propio de los indocumentados e ignorantes— y sientan cátedra sobre lo divino y lo humano, sin tener ni idea de lo que hablan o escriben y, además, lo hacen sin ruborizarse.

Estos “sabelotodo” han plantado sus reales y ofician en los medios de comunicación (radio, TV, publicaciones periódicas), donde juegan el papel de “tertulianos” o “columnistas”, con la pretensión de ser creadores de opinión. Éstos son los “todólogos por excelencia”. Por su comportamiento y actitudes, estos tertulianos-todólogos han convertido las tertulias o debates radiofónicos o televisivos en “shows”, que es lo que da “audiencia”, y no en fuentes de información ni de formación. Son los sofistas del siglo XXI.

Y en este circo moderno, los todólogos son, según Raúl del Pozo, “gladiadores” mediáticos, que han sustituido la información por la opinión pura y dura y sin fundamento, en aras del espectáculo. Son productores de “mensajes fáticos”, que no comunican ni vehiculan ninguna información. Y, para producir estos mensajes sin contenido, interrumpen a los otros todólogos-tertulianos para impedirles expresarse; y vociferan como descosidos, desgañitándose y olvidando aquel aforismo atribuido a Leonardo da Vinci, que reza así: “Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Por eso, los todólogos son dignos epígonos de Esténtor, aquel héroe de la mitología griega, citado por Homero en la Ilíada, “que tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta hombres juntos”.

Además, los todólogos gozan del don de ubicuidad: saltan de un debate/tertulia al otro, de un circo mediático al otro y de una jaula mediática a otra, ocupando o usurpando los espacios o las tribunas de los medios las 24h. del día. Y no son contratados en virtud de su capacidad para razonar, analizar, discernir, i.e. en calidad de expertos. Más bien, lo son por su sectarismo, por su capacidad para gritar y para agredir verbalmente a los demás, para reventar tertulias, para provocar espectáculo y ser “la voz de su amo”. Y si los “todólogos” son, al mismo tiempo, militantes de cualquier partido político o simples “compañeros de viaje”, entonces llegamos al todólogo redomado: síntesis y quintaesencia del ser indocumentado, sectario, irreflexivo, papagayo y agente de la agitprop.

Los “todólogos” son como los “arbitristas” de los siglos XVI-XVII: aquellos personajes que se dirigían al rey de turno para proponerle medidas y planes disparatados para hacer frente a los problemas económicos de la hacienda pública. Como cualquier plaga, la de los todólogos es un grave problema para la sociedad española actual. Pastichando ese mensaje que puede leerse en las cajetillas de tabaco, podría afirmarse que los todólogos no perjudican seriamente la incultura de los ciudadanos; más bien, la acrecientan y la consolidan. Además, la incontinencia verbal de estos personajes parece dar la razón, por un lado, a Albert Einstein, cuando escribió: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana y carezco de certeza sobre la primera”; y por otro lado, a Santiago Ramón y Cajal, para el cual “no deben preocuparnos las arrugas del rostro, sino las del cerebro”. ¡Qué contraste con Fernando San Agustín, José Saramago y Sócrates, ejemplos y modelos de antitodólogos! ¿Dónde han quedado los “intelectuales” o “sabios” del pasado o de hoy, que poseían o poseen una “auctoritas”, socialmente reconocida, por sus conocimientos, su independencia, su valentía y su opinión fundamentada?

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2 Comentarios

  1. Gracias por tan estupendo artículo, perfecta descripción de la triste realidad desinformativa que nos inunda. No obstante, la vacuna contra esa plaga es bien simple, mientras existan el botón de apagado en nuestros televisores y un buen libro a mano.

    • ¡Qué razón tienes Juan Carlos! Ese gran amigo que es el libro nunca defrauda y está siempre esperando a que lo hojeemos. Además, como dijo alguien, la lectura perjudica seriamente nuestra incultura, si dejamos de tener sólo ojos para la caja tonta.

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