No existirían la una sin la otra, si no hubiera perdido aquella celebérrima carrera cantada mil veces por los trovadores, nadie habría hablado jamás de ella, no sería La Liebre, sino simplemente una liebre. Y en cuanto a la tortuga, siete octavos de lo mismo, sin aquel exceso de confianza de la liebre jamás habría ganado ningún tipo de competición de velocidad. Pero había sucedido, y gracias a ese resultado imposible ambas habían podido vivir de la fama y el cuento hasta hacerse viejas; y aún con lo cascadas que estaban seguían haciendo exhibiciones ante el público: la liebre con pijama y gorro de dormir, la tortuga con un cohete pintado en el caparazón y pendientes clavados en donde la naturaleza nunca le quiso dar orejas.

Era lunes y estaban sentadas en una mesa del bar, la más apartada de la barra, la liebre y la tortuga. Hablaban de nietos, achaques…, y de las pequeñas hazañas que todavía eran capaces de afrontar…, como dos viejas amigas. Aunque no era exacto llamarlas amigas; no estaba hecho de amistad el pegamento que las unía, lo que les hacía quedar la una con la otra con minuciosa frecuencia.

Su relación era exactamente igual que al principio, que cuando se conocieron minutos antes de la famosa carrera; la rivalidad era lo único que inspiraba sus encuentros. La liebre siempre sospechó que alguien le había echado un somnífero en el zumo de zanahoria, aunque nunca pudo probarlo, porque un sueño tan profundo no era normal en ella. La tortuga nunca entraba al trapo cuando su veloz rival sacaba el tema.

Después de aquella primera vez habían competido infinitas veces, y sin excepciones la liebre le había sacado una ventaja gigantesca; pero la fama seguía siendo de la tortuga.

Ahora la liebre estaba presumiendo de cómo todavía conservaba su agilidad, cómo era capaz de agacharse, levantarse y saltar; no sólo eso: ¿Cómo le quedaban a ella los pantalones estrechos que imponía la moda? Espléndidos, mientras que la tortuga seguía con sus grandes calzones anchotes y anticuados.

-Y Ya verás que zapatillas me he comprado, tenemos que echar otra carrera: te sacaré tanta distancia que podré dormirme durante horas un metro antes de cruzar la meta.

La tortuga al escuchar sus bravuconadas esbozaba una sonrisa vieja e impertinente, estaba segura de que eso no iba a suceder, de que su rival jamás tendría el valor necesario para volver a tumbarse a dormir antes de cruzar la meta cuando compitiese contra ella.

Papá, Pobre Papá


(Javier Puebla escribió todos los días durante un año un cuento o relato literario: El Año del Cazador, una suerte de novela neurológica que sólo puede conseguirse completa y editada en papel solicitándosela directamente al autor a través de Twitter, Instagram o Facebook, o en el correo elcazadordecuentos@javierpuebla.com 

Esta Suite que se está publicando en Diario16 y que en principio se prolongará durante 33 días está inspirada por el deseo de recuperar el espíritu y la forma de observar la vida con unos ojos distintos, ojos de Cazador de Cuentos, y es también un exponerse ante el mundo, un “aquí estoy, aún estoy aquí y tú puedes verlo y compartir conmigo este imprevisible juego”.) Día 11.

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(Mecanografía: LF)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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