Vicente Larraga, uno de los científicos jubilados del CSIC que dirigen el proyecto de vacuna.

La vacuna más avanzada del CSIC retrasa un mes el inicio de los ensayos en humanos. Es un episodio más en el trágico día a día de nuestra ciencia maltrecha y abandonada. La vacuna española promete ser mucho más segura y fácil de conservar que otras que se han descubierto y fabricado a toda prisa en otros países en una loca carrera por los beneficios empresariales y por el Premio Nobel. Pero una vez más la precariedad laboral, la escasez de personal y la falta de dinero –males endémicos de la ciencia española–, amenazan el proyecto.

Probablemente la mayor parte de la gente no sepa que la vacuna del CSIC que se está desarrollando en condiciones penosas presenta la gran ventaja de que puede distribuirse a temperatura ambiente, a diferencia de las demás que ya están en el mercado y que necesitan condiciones de conservación mucho más estrictas (hasta 70 grados bajo cero). Ahora que el mundo mira con desconfianza los antídotos fabricados contra el coronavirus por la farmacéutica británica AstraZeneca (los alemanes ya han dicho que no la quieren ni en pintura por su eficacia limitada), la vacuna española del CSIC podría tener un futuro esplendoroso por sus posibilidades de comercialización en el Tercer Mundo, donde no disponen de logística suficiente para el complejo mantenimiento que requieren las sustancias.

Sin duda, este era el momento de que España se marcara un buen tanto, no solo como país avanzado en tecnología médica sino como pueblo que exporta su ciencia barata y segura para que salgan adelante quienes más lo necesitan. Sin embargo, una vez más estamos perdiendo una gran oportunidad, se ha impuesto la chapuza nacional, el abandono, los malditos recortes y la falta de fondos para la investigación.

España posee los mejores investigadores, profesionales formados en buenas universidades públicas y con un potentísimo talento capaz de lograr una gesta al alcance de muy pocos países del mundo, como es descubrir una vacuna. No es fácil llevar a buen puerto un proyecto de ese calibre que requiere de mucho dinero, de científicos dotados y de tecnología de última generación. Y pese a todo, el equipo del CSIC al mando del doctor Vicente Larraga, un investigador jubilado de 72 años, lo ha conseguido a base de ilusión, esfuerzo y con cuatro palicos y cañas, como dicen coloquialmente los murcianos.

Larraga no es el único cerebro que en esta pandemia se ha puesto manos a la obra, altruistamente y pese a que ya está retirado. Tres de los principales programas españoles para lograr una vacuna contra el covid están dirigidos por investigadores jubilados que han decidido volver a las trincheras de la biología y la medicina. Mariano Esteban (76 años), Luis Enjuanes (75) y otros han escrito una página gloriosa de la historia. Pero ninguno de ellos cobrará ni un solo euro por su trabajo. Todo lo hacen por pura filantropía, por una causa noble como es la lucha contra una enfermedad devastadora que mata por miles y por amor a la ciencia.

La historia de estos auténticos héroes de nuestro tiempo que trabajan de sol a sol en el laboratorio y que viven de una pensión de la Seguridad Social rara vez aparece en los periódicos, demasiado preocupados por las trifulcas de nuestros políticos mediocres (ahí los periodistas tienen su parte de culpa por no poner el foco donde deben). “Lo estamos haciendo porque hay que tener una responsabilidad social mínima; yo me considero un servidor público, no un héroe. Alguien que quiere seguir haciendo su trabajo mientras pueda”, asegura Larraga en el programa de Cuatro de Joaquín Prat.

Estremece escuchar a hombres y mujeres con esa entereza, esa generosidad y esa capacidad de sacrificio. En un tiempo en que los grandes referentes son personajes como el youtuber El Rubius, que se lleva su dinero a Andorra para pagar menos impuestos (escamoteando los fondos públicos necesarios de nuestra ciencia y nuestra Sanidad pública), reconcilia con el ser humano que todavía haya ídolos de verdad, aunque ellos no se consideren como tales sino como simples servidores públicos.  

La ominosa década 2010-2019 ha sido nefasta para la ciencia española debido en buena medida a los recortes de Mariano Rajoy. Con la excusa de reducir el déficit se ha producido una descapitalización no solo de proyectos sino de jóvenes talentos que han tenido que emigrar al extranjero y que ya no volverán (si regresan les espera un futuro en el que tendrán que malvivir con contratos temporales precarios y con escasas expectativas de reconocimiento profesional). Sin científicos cualificados, formados y bien remunerados (un investigador joven no cobra más de 1.600 euros en España) es imposible que la ciencia española pueda seguir avanzando. El nuevo Gobierno ha mostrado su intención de mejorar la penosa y lamentable situación en la que se encuentran nuestros investigadores, pero de momento todo son promesas a largo plazo.

A fecha de hoy, la vacuna del CSIC se encuentra en fase 3, un experimento con humanos que cuesta 25 millones de euros. Al lado de los 140.000 millones que van a llegar de Bruselas es una cantidad insignificante, ridícula, irrisoria. Ahora a nuestros sufridos investigadores solo les queda buscar financiación privada para poder seguir adelante con el proyecto. Triste y lamentable. ¿Es que a nadie en el ministerio del ramo, el de Pedro Duque o el que sea, se le ha ocurrido firmar un talón con el dinero necesario para que la vacuna pueda hacerse realidad? ¿Es que de esos 11.000 millones para los hosteleros (que necesitan las ayudas, nadie pretende negarlo) no hay un modesto pico para impulsar el mayor y más loable experimento que puede acometerse en medio de una pandemia?

La ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones y la fuente de vida de todo progreso, decía Louis Pasteur. La auténtica modernización del país pasa necesariamente por potenciar la investigación científica. Es preciso reformar todo el sistema, dar una oportunidad a los jóvenes investigadores y dotar de una vez por todas a nuestros laboratorios de una estructura seria y consolidada. En medio de una revolución tecnológica como la que estamos viviendo, inmersos en un brutal cambio climático, el país reclama un Gobierno que mime a sus sabios, auténticas neuronas de la sociedad. “Si no ganamos la batalla de la investigación siempre seremos un país subordinado”, dice el doctor Larraga. Un país sumiso, pobre y atrasado, habría que añadir.

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