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El botellón de los «niños» da la puntilla al turismo y a la economía nacional

Los brotes de Mallorca generados por las fiestas de estudiantes amenazan con poner en peligro la campaña de verano

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El botellón juvenil de verano nos ha traído una quinta ola de la pandemia y aunque es cierto que los hospitales no corren riesgo de colapso (de momento), nuestro país se encuentra a la cabeza en transmisión comunitaria (solo por detrás de Reino Unido y Portugal, que presentan las peores cifras).

Es evidente que, una vez más, no estamos haciendo las cosas bien. Desde que comenzó la pesadilla, el virus siempre ha ido por delante de nosotros, primero porque minusvaloramos la seriedad de la amenaza que llegaba de China; después por falta de previsión y coordinación de las comunidades autónomas, administraciones competentes (más bien incompetentes) en asuntos sanitarios; y finalmente porque, en lugar de trabajar todos a una en la erradicación de la plaga, hicimos de esto un campo de batalla político donde dirimir nuestras rencillas y pendencias como buen pueblo cainita que somos.

El último fracaso ha venido a cuenta de esa juventud desnortada y pasota marcada por el esplín que no sabe vivir sin cogerse un buen cuelgue veraniego a diario. Los botellones de estudiantes de Mallorca se han convertido en una bomba vírica cuyos efectos contagiosos se han extendido por todo el país en poco tiempo, arruinando la curva del doctor Simón, que iba mejorando ostensiblemente gracias a una campaña de vacunación modélica en Europa. Y no es que no estuviésemos avisados, ya que todos los médicos y expertos epidemiólogos nos habían advertido por activa y por pasiva de que, tras decaer el estado de alarma, la reapertura de los bares y pubs y el final de la mascarilla obligatoria, el personal se relajaría, daría por superada la pandemia y quedarían inaugurados los “locos años veinte” con su correspondiente explosión de fiesta, sexo, droga y rock and roll.

Ante las expectativas halagüeñas, los españoles más jóvenes, nuestras futuras generaciones, se han liado la manta a la cabeza (más bien la toalla) y han dicho aquello de ancha es Castilla. Las imágenes de púberes, imberbes y niñatos cargados de bolsas repletas de botellas y dándole fuertemente al lingotazo en plazas, paseos marítimos y vías públicas no hacía presagiar nada bueno. Y así ha sido. Nuestros pequeños ebrios de insolidaridad la han liado parda y han terminado por arrastrar al país entero a una quinta ola vírica en una especie de locura juvenil colectiva que no tiene una explicación racional pero que debería ser estudiada con urgencia por sociólogos y pedagogos porque no deja de ser el síntoma más claro y evidente de una sociedad nihilista, egocéntrica y enferma.

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Como no podía ser de otra manera, pocos días después de celebrarse las primeras juergas isleñas, el desmadre a la mallorquina, el virus imponía su ley natural de muerte y enfermedad (aunque algunos no lo crean, sigue muriéndose gente de esto). Las autoridades baleares trataron de reaccionar con contundencia ante los jóvenes terroristas pandémicos y ordenaron el confinamiento y la cuarentena de los cachorros dipsomaníacos. Todo fue inútil. Una vez más, se iba a imponer una concepción espuria de la libertad mal entendida antes que el interés legítimo de salvaguardar la salud pública y la seguridad de todos. La sombra de Ayuso es alargada y su nefasta filosofía política del todo vale va a dejar un rastro de tierra quemada en la sociedad que perdurará durante siglos.

De modo que las borracheras nocturnas dieron el consabido cosechón de apestados y fue entonces cuando empezaron a salir de debajo de las piedras legiones de madres abogadas, procuradoras y expertas penalistas para denunciar el supuesto atropello que supone encerrar bajo llave a sus criaturitas que, dicho sea de paso, de niños tienen poco, ya que a la mayoría le ha cambiado la voz, le han salido pelos en las piernas y están trabajados de gimnasio, lo cual que tienen unas espaldas fibrosas aptas para cargar sacos de cemento y hacerse hombres y mujeres de provecho.

Las nuevas madres de la plaza de Mayo anunciaron querellas contra el Gobierno regional y pidieron cárcel para los epidemiólogos que exigían cuarentenas urgentes a todo aquel mocoso que le hubiese dado al chupete del Jack Daniel’s sin mascarilla. En ese momento les entró el tembleque a nuestros políticos, siempre renuentes a tomar decisiones impopulares que pueda costarles la poltrona en las próximas elecciones.

Botellón y «brotellón»

El suceso alcanzó tintes esperpénticos difícilmente digeribles cuando tuvimos que soportar escenas patéticas de madres coraje sacando a sus hijitos de los hoteles, en plan Rambo y casi por la fuerza, ante la mirada atónita de los agentes de policía que no supieron cómo reaccionar al sentirse huérfanos de un poder ejecutivo fuerte. El colmo del despropósito fue el auto del Tribunal Superior de Justicia de Baleares que, pese a entender las razones para confinar a los jóvenes suicidas del garrafón en los hoteles turísticos, rechazó la medida por desproporcionada y ordenó vigilar clínicamente solo a los positivos de covid, como si los asintomáticos que desarrollan más tarde la enfermedad no fuesen aún más letales que los confirmados (algún que otro jovencito beodo ya ha mandado a la tumba al abuelo y a medio pueblo tras retornar de su feliz olimpíada del bebercio). Una vez más, jueces jugando a expertos en pandemias, como el magistrado vasco aquel que se creía Louis Pasteur. Surrealista.

Definitivamente, el Estado ha claudicado ante la autocracia o paternocracia de unos progenitores modernos, liberales y blandengues desentendidos de la educación en valores humanistas y unos nenes consentidos elevados a la condición de pequeños dictadores. Ya lo avisó Sócrates hace más de dos mil años: los jóvenes hoy en día son unos tiranos, contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros.

Hasta tal punto está siendo letal el botellón que más bien habrá que empezar a hablar ya de “brotellón” por la cantidad de brotes y contagios que vamos a comernos en las próximas semanas. Esta vez la fiesta nos salió demasiado cara. Las bacanales y orgías ibicencas van camino de hundir la campaña turística, el despegue económico y el futuro de todo un país. Europa nos volverá a colocar el semáforo rojo y la ruina está más que asegurada. Eso sí, no molestemos a los chavales en su libertad y en su chute o melopea perpetua, no vaya a ser que los traumaticemos y coartemos su desarrollo personal. Pobrecito mi niño.

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