La Operación Illa es una jugada maestra del equipo de Pedro Sánchez. El hasta hoy ministro de Sanidad y flamante candidato del PSC a las elecciones catalanas del próximo 14 de febrero es el hombre perfecto para que los socialistas puedan empezar a remontar en las encuestas y a recuperar al votante perdido tras meses de bloqueo y parálisis institucional por el fallido procés de independencia. La fuerte apuesta de Sánchez demuestra, en primer lugar, que el PSOE no da por perdida Cataluña sino que aspira a gobernarla en un más que posible pacto con Esquerra  Republicana (ERC), la formación de Oriol Junqueras a la que todos los sondeos dan por virtual ganadora de los comicios autonómicos. Este ambicioso objetivo se desprende de las primeras valoraciones realizadas ayer por el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, quien aseguró: “Propongo que ofrezcamos a la sociedad catalana no un candidato, sino un presidente, el presidente Salvador Illa”. El todavía líder de los socialistas catalanes sentenció además que “en la designación de nuestro candidato debemos demostrar que queremos ganar, que queremos gobernar, que queremos presidir la Generalitat, que vamos a todas y no cederemos ni un palmo de terreno”.

Es evidente que Sánchez no da por perdida la batalla de Cataluña, donde el Estado español ha desertado durante demasiado tiempo. Los años de abandono, de duros recortes y políticas centralistas del Partido Popular en aquella comunidad autónoma resultaron desastrosas y fruto del desaguisado político de Rajoy fue el dramático proceso de independencia que acabó como acabó: con los líderes soberanistas encarcelados, el presidente de la Generalitat refugiado en Waterloo y una sociedad catalana dividida y enfrentada. Las dos Cataluñas. Sánchez no está dispuesto a que el Estado claudique de sus obligaciones en aquellas tierras ni por un minuto más. Illa es el hombre idóneo para llevar a cabo el plan que ha trazado el presidente del Gobierno. Con Ciudadanos hundiéndose por momentos (el transfuguismo de Lorena Roldán es la constatación del terremoto que puede hacer perder 20 diputados a los naranjas); con los rumores cada vez más intensos de indultos inminentes para todos los presos del procés; y con la más que previsible recuperación de la mesa de negociación sobre Cataluña el próximo año, sin duda ha llegado la hora del conciliador, atemperado, inteligente y socrático Illa.   

Perfecto conocedor de la realidad política y social catalana −fue concejal y alcalde de La Roca del Vallés−, también ha tomado parte en el gobierno del Ayuntamiento de Barcelona. En el ámbito autonómico, ejerció como director general en el Departamento de Justicia y es un perfecto conocedor del PSC, no en vano en noviembre de 2016 Miquel Iceta lo eligió como secretario del área de Organización del partido.

Otro plus se lo da su más que digna gestión de la pandemia. Illa pasará a la historia, junto al doctor Fernando Simón, como el hombre que tuvo que enfrentarse al apocalipsis vírico. Tras el caos de los primeros momentos de la plaga (común a los demás países europeos), Illa ha ido construyendo una imagen de hombre serio, trabajador, sensible y solvente que ha logrado mantenerse al margen de las trifulcas y trampas que le iba tendiendo el PP. El duro confinamiento del mes de marzo fue una medida impopular pero necesaria y recibió el aplauso de la OMS. Poco a poco se fue controlando la curva epidémica y aunque la situación sigue siendo difícil (ayer se contabilizaron 16.716 contagiados, 247 fallecidos y un tasa de 265 enfermos por cada 100.000 habitantes) la España de hoy ya no tiene nada que ver con la del “marzo negro”, cuando los ancianos morían a cientos en los geriátricos y el país se encontraba al borde del colapso. La nueva normalidad diseñada por Illa, aunque a trancas y barrancas y a fuerza de improvisaciones, ha funcionado de alguna manera. Ese bagaje y los preciados contactos que deja en el Ministerio de Sanidad conformarán sin duda una buena carta de presentación cuando sus paisanos catalanes reflexionen su voto. El bloque constitucionalista está desmoralizado tras la crisis de Ciudadanos y muchos votantes no independentistas sopesan quedarse en casa el 14 de febrero, según los primeros sondeos. La opción de Illa está pensada para movilizar a ese votante desencantado. El PSC cree que puede recuperar al electorado perdido en 2017 y va a echar toda la carne en el asador.    

“Estoy preparado para presidir Cataluña”, ha asegurado el candidato socialista. La Operación Illa se ha estado gestando durante cuatro meses y Miquel Iceta ha jugado un papel esencial. Puede decirse que el naipe ganador de Sánchez es también el naipe de Iceta, que podría terminar recalando en algún ministerio en Madrid, quizá Política Territorial. Pero sobre todo, la designación de Illa viene a cerrar una época oscura en Cataluña marcada por la polarización, el enfrentamiento civil y el conflicto político y social. La suya es la mejor apuesta para superar el frente constitucionalistas versus independentistas y abrir una nueva etapa, un nuevo tiempo de transversalidad. Las encuestas lo avalan, ya que hasta el CIS catalán lo sitúa entre los políticos más valorados por la ciudadanía. El objetivo de Sánchez de gobernar Cataluña en un tripartito con ERC y «los comunes» parece más cerca que nunca y prueba de ello es el berrinche que se han cogido las derechas. Al candidato de Cs, Carlos Carrizosa, no le ha gustado la jugada porque, según él, desmantela el Ministerio de Sanidad en plena pandemia. Por su parte, la portavoz del PP en el Congreso, Cuca Gamarra, ha acusado a Illa de haber utilizado el ministerio como “trampolín político” para su carrera política en Cataluña. Populares y naranjas ya se ven perdedores en un día de San Valentín donde las izquierdas españolistas y catalanistas pueden reencontrarse y superar las heridas del procés. ¿Qué mejor prueba de que Illa es el caballo ganador que ver a una Gamarra preocupada y cabreada?

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