Según las encuestas periódicas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la casta política española es el segundo problema más importante para los españoles, después del paro y de la crisis económica que se implican mutuamente y constituyen un todo. Por eso, ante la grave y crítica situación que está viviendo España en todos los campos (excepto en el deporte, donde somos admirados y envidiados), muchos analistas consideran, y con razón, que la casta política española no es parte de la solución sino parte del problema.

La casta política actual, la gobernante y la aspirante, está desprestigiada, no está a la altura de las circunstancias, no tiene músculo intelectual ni ético, porque está formada —según palabras de Pilar Rahola, que no es santo de mi devoción— por “el todo a cien de los partidos”. Además, está constituida, según M.J. de Parga, por indocumentados, que no tienen biografía profesional,  que no sabrían de qué vivir o qué hacer fuera de la política y que defienden con uñas y dientes, cual vulgares Belenes Esteban, el pesebre y el cubil.

Ante esta degradación de la prostituida casta política que, según el verbo certero de Luis María Anson, “hace la calle por los pasillos del Congreso” (y, yo añadiría, del Senado, de los Parlamentos Autonómicos, de las Diputaciones y de los Ayuntamientos), los ciudadanos españoles nos caímos del caballo, como Saulo camino de Damasco. Y, desde el inicio de las protestas del 15 de mayo de 2011, muchos empezamos a gritar: “No nos representan”, “Nos han fallado”; y a exigir “Democracia Real, ya”. No queríamos seguir haciendo el primo y que nos siguieran tomando el pelo, sino que exigíamos ser los actores y los gestores de nuestro destino.

Ante estos gritos y reivindicaciones de los “indignados del 15M”, cierta casta política (IU) intentó llevar interesadamente el agua a su molino y lo consiguieron; y el resto (PSOE, PP,…)  se mostró, aparentemente y de boquilla,  receptiva y comprensiva con las reivindicaciones del Movimiento del 15-M. Y el conjunto de la casta política empezó a hablar (sólo a hablar y no mucho, por oportunismo ante la proximidad de nuevas elecciones municipales y generales) de “regeneración de la vida política” por la vía de las “listas abiertas”, de “las primarias” para confeccionar las listas y de la “democratización del funcionamiento interno de los partidos”.

Centrémonos hoy en las “primarias” para designar a los candidatos que ocuparán los primeros puestos de las listas o para elegir al candidato a Presidente de Gobierno o al responsable máximo de cualquier formación política. Una cosa es lo estipulado en la Ley de Partidos Políticos” (2002) o en los estatutos de los partidos y otra muy distinta las prácticas y los comportamientos en el seno de los mismos. En general, los principios van por un lado y la realidad de los hechos huye por el camino opuesto. Y esto ilustra la pertinencia del aforismo popular, que reza así: una cosa es predicar y otra dar trigo.

Si observamos lo sucedido en España, en los últimos años, podemos verificar la pertinencia del aforismo precitado. En el PP, Fraga nombró  a  su sucesor, Hernández Mancha; y, luego, a Aznar; y éste, a su vez, a Rajoy. En el PSOE, las pocas primarias se han conseguido con fórceps y acabaron como el rosario de la aurora: en la sucesión de Felipe González, en las primarias Borrell-Almunia, el primero tuvo que retirarse por las maniobras torticeras de sus propios compañeros; en la sucesión de ZP, las primarias entre Rubalcaba y C. Chacón terminaron en coitus interruptus; en la Comunidad de Madrid, los militantes tuvieron que desafiar a la cúpula del PSOE para que las primarias entre Trinidad Jiménez y Tomás Gómez tuvieran lugar. Basten estos botones como muestra del comportamiento de la casta política.

Para cualquier tipo de elección, en cada partido, hay un comité de listas que las cocina, sin tener en cuenta ni la opinión de los militantes ni de los ciudadanos, ni las competencias y los méritos de los candidatos; sólo se trata de recompensar los servicios prestados o la sumisión al jefe o a los jefes. A veces, se hace el paripé de unas primarias; ahora bien, si la elección de los militantes de base no coincide con las previsiones del comité de listas, se cambian los candidatos elegidos por las bases y a otra cosa mariposa.

¡Qué distinto con lo sucedido en Francia, por ejemplo, para designar al candidato socialista para competir, contra Sarkozy, por la presidencia de la República Francesa, en la primavera de 2012! En Francia, las “primaires citoyennes” (primarias ciudadanas) estaban abiertas a todos los ciudadanos franceses, que reunieran tres condiciones: 1. estar inscritos en las listas electorales; 2. contribuir con 1 euro para financiar las primarias; y 3. firmar un documento de adhesión a los valores de la izquierda. En la primera vuelta de estas primarias, hubo 6 candidatos y participaron 2,7 millones; en la segunda (una semana después), la participación aumentó (2,9 millones) para elegir entre François Hollande et Martine Aubry. Esto se aproxima a la democracia real y lo demás, lo nuestro, es cuento, es una burda pantomima.

Por lo tanto, en España “de primarias”, nada de nada; y de “hacer el primo” por parte de los ciudadanos y votantes, mucho, muchísimo. Tip y Coll, al final de sus espectáculos, decían siempre: “La semana que viene…hablaremos del Gobierno”, pero nunca lo hacían. Nosotros, por el contrario, sí nos ocuparemos de las “listas abiertas” y del “funcionamiento antidemocrático de los partidos”, para seguir denunciando a la casta política, de antiguo o de nuevo cuño, que sigue el modelo tradicional y anacrónico del “tú, vota cada cuatro años y yo gobierno” y que se rige por el dicho popular: “tú, dame pan y llámame tonto”.

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