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Contra la Cultura (XV)

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Cada generación (en realidad no sé lo que significa esta palabra) tenderá a considerar la excepcionalidad de su existencia; yo lo hago con la mía. Me crie en los 70, me eduqué en los 80 y maduré en los 90; envejezco con el siglo XXI y me parece haber sufrido la eclosión más rápida y traumática del mundo contemporáneo.

Me obsesionan imágenes de mi niñez por la ciudad de la mano de mi madre; no por lo malincónico sino por un significado que apenas consigo desvelar y que tiene que ver con el tiempo… Creo haber convivido con esa transformación estructural de la sociedad que supuso la irrupción de la televisión, de la imagen permanente en casa, y por eso mismo la paulatina integración de la misma en el seno de nuestras vidas me ha permitido recordar cómo era la realidad antes de su imposición absoluta, totalitaria. No hablo del lugar que llenó sino de la diferente consideración del existir que generó. Este fenómeno se ha dado y se está dando en momentos diferentes en diferentes sociedades, pero recuerdo salir al centro de la ciudad, en inviernos húmedos y fríos (en mi Sur no había ninguna clase de climatización más que las estufas en casa), atardeceres de oscuridad derramada por farolas pobres de luz naranja y leve; recuerdo una papelería, comprando cosas para el colegio, los estantes violetas, amarillos, azules, rojos… de la Colección Austral de Espasa Calpe… y recuerdo la sensación de lentitud, seguro que provocada en parte por la edad (todo era más grande y más lento) pero también por un fenómeno que no podía definir entonces: la interiorización del horizonte vital.

No había otra representación del mundo que la generada por nuestra imaginación, espoleada por el tebeo, la literatura, la radio o el cine, pero al final la soledad era el escenario en que construir nuestra idea de ese mundo. En nuestras consciencias vivir era lo diario sin otro ansia que la cotidianeidad sin dirección; vislumbro esto en las vidas sencillas de la gente simple y mayor en los pueblos pequeños, desapareciendo ya, cierto, mas algunas asomadas aún a una ventana, los silencios sentados en una puerta o en un banco viendo pasar una realidad de la que son espectadores y no acelerados pilotos, ni siquiera viajeros… sólo la muerte, una muerte ritual y tranquila, parece reinar con total naturalidad como límite, como muro de la propia vida.

El trascurso de las tardes, tras la vorágine matinal, no tenía cometido alguno porque la realidad goteaba en un escenario no cambiante, el mismo por el que cientos, miles de seres humanos se habían deslizado con la sola huella de su sentimiento de fugacidad. Vivir era morir, morir incluía la ilusión de vivir… El horizonte vital del que hablamos era extremadamente estático; tras la infancia y la juventud llegaba el “cul-de-sac”, el callejón sin salida, todo sin dramas, sin la melopea que da el sentirse observado, vidas fuera de toda sobreactuación… adobadas, en el mejor de los casos, con la lectura de la prensa diaria, una revista, un libro, una visita al ilusionismo del cine, una conversación… un bar… hasta el parque era lugar de reposo, los paisajes eran paisajes y no escenarios… El viajero encontraba y construía con la idea y la mirada; hoy se le ofrece el espectáculo ya hecho, sólo paga por ver lo que le dan. Era aún el siglo XIX, los que nacimos en los 60 lo hicimos en un XIX.

La televisión es una ventana permanente a un mundo complejísimo, enorme y en movimiento de cuya existencia nada sabíamos (al principio era un cine continuo) pero que, a fuerza de repetición, ha convertido todo nuestro entorno en el escenario posible de algo y a nosotros en actores de nosequé… ha removido la interiorización de nuestro horizonte para convertirnos en buscadores de exteriores, de lugares para el rodaje de un guion ilusorio que ha reventado nuestra existencia y también nuestra feliz desaparición… la televisión, la pantalla nos ha vaciado y ha desperdigado lo que somos en un contexto de cambio sin fin y veloz en el que el ansia sustituye a la paz, la demasía al cansancio, lo que supuestamente ven los demás suple a lo que queremos ser… nos ha insertado en la velocidad de la vida actual, la angustia confundida con la felicidad. El medio es el mensaje, deberíamos pensarlo detenidamente en el ámbito educativo antes de spuestamente innovar con buena intención, para terminar destruyendo el conocimiento…

No nos queda tiempo, el trabajo sorbe las edades, pero peor aún es la sensación de vacío cuya repleción es tantálica… siempre delante e incalcanzable un remedio que no lo es, eterna fuente de la juventud, nada es su alivio: todo su sed. Porque ya no hacemos nuestra la realidad sino que somos aspirados por una tolvanera que nos vierte en el depósito de su propio combustible y el horror de la nada revestida de posesión nos envuelve, nos aduerme en su dulce tósigo.

El mundo de hoy vive un tiempo que no es, por eso está muerto: a pesar de la grandiosidad de los escenarios, de su variedad, de su multiplicidad, de su belleza perfeccionada (e impostada)… es un mundo huero que necesita lo exterior, el parque temático, el turismo y la comida extraña de las formas y los colores, la pornografía en vez de la carne, la borrachera en lugar de la la risa, el pueblo o la nación y no la persona, porque al perder la interioridad, la singularidad y la dignidad individuales no queda otra cosa que el escudo de los demás, el victimismo o el exterminio… el tiempo de ayer nos dejaba morir, el de hoy nos mata.

 

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