El polémico rótulo de marras Leonor se va de España, como su abuelo le ha costado el puesto al guionista de TVE Bernat Barrachina. “Me han despedido, como al abuelo de Leonor”, ha escrito el punzante creativo en su cuenta de Twitter. Solo un hombre tranquilo y con un sentido del humor a prueba de bomba puede irse a su casa con esa flema y esa sonrisa de oreja a oreja. Cualquiera en su lugar acabaría enloqueciendo al comprobar que por culpa de una guasa absurda ha pasado de ser un hombre con la vida resuelta en el apacible paraíso del funcionariado a un parado más condenado a buscarse las habichuelas para hacer frente a las facturas del mes.

Pero el hombre lo lleva con un estoicismo y una dignidad que asusta. No todos reaccionarían así ante una medida desproporcionada e injusta. Téngase en cuenta que no ha habido toque de atención, ni preaviso, ni posibilidad de defensa. Simplemente Rosa María Mateo le ha enviado la carta de despido y lo han puesto de patitas en la calle. Así, de forma fulminante. En este país hasta ahora se podía hacer humor de casi cualquier cosa, pero las cosas están cambiando. Algún que otro viñetista ya ha sufrido en sus propias carnes el fuego judicial por una caricatura en el límite de lo sarcástico o irreverente con la Casa Real. Quizá sea a eso a lo que se refiere Pablo Iglesias cuando habla de las “anomalías democráticas” de este bendito país.

Es cierto que el rótulo de Barrachina fue un error o lo que se dice vulgarmente una cagada. Una cosa es un programa satírico como El Intermedio y otra muy distinta un ceremonioso magacín de tertulias políticas en Televisión Española. Pero despedir a un guionista por un rótulo que puede tener su punto irónico o burlón (de ninguna manera resulta insultante u ofensivo para el honor de la princesa), es un atropello laboral que solo se entiende por el miedo reverencial que TVE sigue sintiendo ante todo lo que venga de Zarzuela, como ocurría antaño, en los años del blanco y negro, cuando los presentadores se echaban a temblar al escuchar que había llegado una orden o consigna de El Pardo.

Por lo visto, el ente público sigue siendo un lugar donde el sentido de la sumisión prima sobre el sentido del humor, una filosofía nefasta cuando se trata de hacer una televisión libre e independiente. El PP dice que la tele de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es roja, pero nada más lejos, ya que incumplir el protocolo, la pompa y la circunstancia respecto a la Jefatura del Estado se penaliza con la pena capital del despido.

Por otra parte, aun suponiendo que Barrachina tuvo su parte de culpa en la supuesta negligencia, no olvidemos que es solo un empleado, un subalterno con jefes por encima de su cabeza, toda una serie de productores, encargados de edición, directores y burócratas que deben andar por esos despachos celestiales sin pegar ni chapa. Supuestamente, esa gente está ahí para supervisar el trabajo de los de abajo, de los curritos, y para que no se cuele un gazapo, una errata o alguien que quiere mentarle a otro el padre o la madre en directo y en prime time.

Sin embargo, hasta donde se sabe no ha rodado ninguna cabeza ilustre en el staff, lo cual aumenta el calibre de la cacicada que se ha cometido con el represaliado guionista, al que le han aplicado el juicio sumarísimo de la rescisión de contrato sin derecho a defensa. Por cierto, la Familia Real ha perdido otra buena oportunidad para pedir que no se despida al trabajador, un gesto noble que hubiese demostrado que son gente corriente, llana, normal y con sentido del humor y no unos señores de casa grande que se ensañan con el criado cuando rompe la vajilla.

Para esas cosas era mucho más tolerante el Rey Campechano, que solía reírse de los chascarrillos y gags que la tele hacía sobre él. Ayer mismo la periodista Ana Pardo de Vera relataba un lío similar en el que anduvo metida hace tiempo. Cierto día se le ocurrió colocar un pie de foto que rezaba algo así como “Sofía dándole a la botella”. En la imagen se veía a la reina de España junto a la alcaldesa de Madrid y esposísima de José María Aznar. Al parecer, le cayó la bronca del siglo, pero a nadie se le ocurrió despedirla y según cuenta la hoy directora del diario Público le consta que el rey Juan Carlos se echó unas buenas risas a costa del episodio.

España siempre ha sido un país de chistosos, chungones y bromistas que ha gustado de hacer mofa y escarnio con sus gobernantes. Qué remedio, al pobre español, despojado de todo y saqueado por unos políticos corruptos, solo le queda la risa como sagrado patrimonio y último refugio. Pero este ya no es el mismo país de siempre. Entre unos y otros, y por influencia de unas leyes reaccionarias y un calvinismo ultraderechista, nos están volviendo dogmáticos, aburridos, envarados, arrogantes, feos de carácter y odiosamente correctos. Un chiste se penaliza con el infierno del paro; un sarcasmo con la Inquisición de la Fiscalía; un rap malo de Hasél o una palabrota de Willy Toledo con el trullo. El mal humor es síntoma de una sociedad enferma o a la inversa, tal como decía el gran Gila, el humor es el espejo donde se refleja lo estúpido del ser humano, es decir, una catarsis necesaria para curarnos la neurosis colectiva.

Después de robárnoslo todo, ahora nos quieren quitar también el chascarrillo, la chacota y el cachondeo, quintaesencia de lo español. Lo que le han hecho a Bernat Barrachina es una cacicada, una injusticia, un exceso. Ahora el hombre tranquilo va camino de convertirse en un héroe nacional. Paciencia macho, que trabajo no te va a faltar.

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