En noviembre de 1998 ETA creía que el pacto de Lizarra entre las diferentes fuerzas vascas era la clave para la solución del problema de la violencia en Euskadi. A finales de ese año José María Aznar decidió abrir un proceso de negociación con la banda, que tuvo lugar en Zúrich (Suiza) en mayo de 1999. El PP se empleó a fondo en aquellos contactos con los terroristas vascos, e incluso el Pleno del Congreso de los Diputados, con mayoría popular, aprobó tras los comunicados de tregua de ETA una “flexibilización” de la política penitenciaria. En diciembre aquella ambigua palabra se tradujo en hechos y gestos por parte del gabinete Aznar: concretamente en un acercamiento de presos, algo que el hoy líder del PP, Pablo Casado, considera poco menos que pecado y anatema.

La hemeroteca suele ser nefasta para el Partido Popular. Hace solo unos días, Casado acusaba al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de haber negociado con EH Bildu un acercamiento de presos etarras a cárceles vascas a cambio del apoyo de los abertzales a los Presupuestos Generales del Estado (PGE). “Sánchez ha cruzado una línea negra, que es pactar con EH Bildu, y hacerlo además a cambio de acercar a presos con delitos de sangre a sus espaldas cerca de las cárceles del País Vasco”, aseguraba el jefe de la oposición. Obviamente, no dijo que su admirado Aznar acercó reclusos etarras antes que Sánchez, con el agravante de que en 1998 ETA mataba sin compasión y ahora, en 2020, el terrorismo lleva años derrotado y enterrado y Bildu se ha integrado como una fuerza política con legitimidad parlamentaria.

El 18 de mayo de 1999 se formó el Gobierno PNV-EA-EH, y al día siguiente Mikel Antza y delegados de Aznar (Arriola, Javier Zarzalejos y Martí Fluxá) se entrevistaban en Suiza para tratar de dar una solución a la violencia. Belén González Peñalva, alias Carmen, hizo de “relatora” del encuentro. En el mes de agosto ETA dio por rotos todos los canales de diálogo y pese a ello Aznar siguió acercando a más de un centenar de presos, al tiempo que se declaraba “absolutamente dispuesto” a reiniciar el diálogo en Suiza. Aquel Aznar entregado a la causa de la paz tenía poco que ver con el Aznar de hoy, que advierte de que los contactos entre el Gobierno de Sánchez y Bildu suponen el principio de la ruptura de España.

Lamentablemente para las víctimas que iban a sufrir el zarpazo terrorista en los años siguientes, las negociaciones de 1998 y 1999 terminaron en rotundo fracaso, tanto las que inició Aznar como las instadas por el PNV y EA. Tres años después, en octubre de 2020, la Dirección General de Seguridad recibía un dossier con documentación clasificada. Entre los papeles se incluía un informe de la Dirección de la Policía que alertaba del rearme de la izquierda abertzale bajo otras siglas, Euskal Herritarrok, y con Arnaldo Otegi como portavoz; del objetivo de la banda de “eliminar progresivamente el Estado”; de la lucha por la unidad de las tierras vascas (incluidos los territorios vasco-franceses); y de numerosas similitudes organizativas de EH con la vieja alternativa KAS. También se incluía un informe de la Fiscalía según el cual no había indicios suficientes de criminalidad como para ilegalizar a la izquierda abertzale. El Gobierno permitió sin mayores problemas la inscripción del nuevo grupo en el registro de partidos. El Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo afirmaba básicamente tres puntos: que la política antiterrorista le correspondía al Gobierno; que el terrorismo debía estar ausente de la confrontación política; y que “el diálogo” con los terroristas debía producirse entre los representantes legítimos de los ciudadanos sin presión de violencia. Aznar lo tuvo todo de cara, hasta un PSOE que se mantuvo leal al Gobierno en todo momento.

Sobre las conversaciones del Ejecutivo de Aznar con ETA de 1999 planeó en todo momento la firma de un pacto de legislatura para el Gobierno autonómico entre el PNV y Eusko Alkartasuna (EA) con el apoyo parlamentario de la coalición abertzale Euskal Herritarrok (EH). Tras el fracaso de las negociaciones entre los emisarios populares y la cúpula etarra en Zúrich, el PNV decidió abrir su propio proceso de conversaciones con la banda e incluso logró una tregua que el PP consideró una traición. Aquello fue el detonante de la ruptura de los populares con los nacionalistas vascos que se prolongaría durante casi veinte años, hasta el 2017. El PNV decidió no pactar nada con Aznar en el Congreso de los Diputados y a partir de entonces los populares tuvieron que buscar alianzas con los catalanes de CiU y con CC.

Todo aquel movimiento sísmico en la política española culminó con la convocatoria de elecciones en Euskadi, que se celebraron el 25 de octubre. El PNV volvió a ganar y Euskal Herritarrok (EH) se situó como la tercera fuerza política. El PP pagó cara su negociación fallida con ETA, y se estancó como segundo partido más votado en tierras vascas.

Qué fue lo que se negoció en Suiza entre el Gobierno de Aznar y ETA es hoy todo un misterio que algún día llegará a esclarecerse cuando se hagan públicas las actas de las negociaciones. Otegi las tiene en su poder y ha amenazado con sacarlas. “Hay una especie de estrategia de acoso y derribo al PSOE (…) Yo todavía tengo a buen recaudo las actas de mis negociaciones con el PP y no voy a tener mucho inconveniente en hacerlas públicas. Porque aquí hay mucha hipocresía y mucha sobreactuación”, asegura el líder abertzale. En aquellos años del final del siglo XX el coordinador general de Bildu tuvo la oportunidad de reunirse, “en más de una ocasión” y en un pueblecito de Burgos, con una delegación formada por tres personas relevantes del PP: los citados Ricardo Martí-Fluxá, Pedro Arriola y Javier Zarzalejos. Nadie llamó traidor a España a Aznar por aquella reunión con Otegi.

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