Anda la prensa rosa buscándole novio a la princesa de Asturias. Ayer mismo, la revista Lecturas se despachaba con un estrambótico reportaje sobre las posibles combinaciones maritales de la futura heredera al trono del Reino de España, entre ellas una supuesta relación con cierto joven nórdico. “Tienen edades parecidas, una posición institucional similar y un futuro por delante con muchos puntos de coincidencia. La princesa Leonor y el príncipe Christian de Dinamarca, hijo de los príncipes Federico y Mary, están llamados a reinar −al menos en la situación actual de ambos países−”, asegura el artículo de la citada revista del corazón.

Resulta espeluznante que en pleno siglo XXI se hable todavía −aunque solo sea como simple rumor o cotilleo del papel couché o por darle mecha a los programas telecinqueños de Vasile−, sobre la posibilidad de casar a una niña de 15 años por razones de Estado o por conveniencia política, como en la época de Sissi Emperatriz. Leonor es una jovencita de su tiempo y se casará (o no) cuando ella quiera, con quien ella desee y en el lugar que a ella le parezca oportuno, y ni siquiera Jaime Peñafiel será consultado para que dé su opinión al respecto. Por supuesto, lo hará por amor, faltaría más, que para eso está doña Letizia, una reina de la televisión que abdicó del trono de TVE cuando llegó Cupido para prometerle un año de ardor y llamas y treinta de cenizas, tal como escribió Lampedusa.

En la era de los viajes espaciales, de las telecomunicaciones y de los avances científicos no tiene demasiado sentido que se le busque novio a la niña como ocurría en los imperios de la Edad Antigua, ni que se le prepare un bodorrio real a ciegas. Todos esos cruces y emparejamientos forzosos forman parte del pasado y ya sabemos cómo terminan. Según Corinna Larsen, fue Franco quien le arregló a Juan Carlos el casorio con Sofía para que todo quedara atado y bien atado, aunque es cierto que nadie sabe la verdad de aquel dusoso romance. El amor (también el desamor) siempre es un secreto guardado entre dos, una historia indescifrable. Lo cierto es que por mucho que les duela a algunos y a algunas, el feminismo lo ha cambiado todo en unas pocas décadas y ahora esa ideología de igualdad y justicia va a serle muy útil a Leonorcita para librarse de que la líen con el primer plasta, crápula, cazafortunas oportunista o borrachuzo decadente llegado de algún rincón de la historia para hacer una buena boda. La Princesa de Asturias va camino de convertirse en una muchacha lista, inteligente y liberada que sabe idiomas, que ha leído a Auster en inglés, que veía películas de Kurosawa en versión original en su más tierna infancia (entre biberón y clase de hípica o esgrima) y que probablemente pasa bastante de la aburrida política española, de las trifulcas que organiza en el Congreso el nuevo Cánovas del Castillo, o sea Pablo Casado, y del cainismo secular español entre monárquicos y republicanos. Tal como uno la ve, Leonor tiene aspecto de ser una niña preparada a la que no van a casar por recomendación ni por carta lacrada escrita a pluma dirigida a todas las cancillerías de Europa. Es comprensible que cuando, al calor de la chimenea, en Zarzuela se empieza a hablar de política, sobre lo mal que está España, sobre el auge de la extrema derecha, sobre la coleta de Pablo Iglesias, sobre la última jugarreta del comisario Villarejo o sobre las andanzas del abuelo en el desierto de Abu Dabi, Leonor −que seguramente es una niña de su tiempo rebelde y con personalidad propia−, se retire aburrida a sus aposentos para jugar al Fortnite con sus amiguitas del Liceo, todas grandes de España, o para escuchar reguetón como hacen las chavalitas adolescentes de su edad.

Lamentablemente los viejos tópicos e ideologías del pasado retornan por influjo del reaccionarismo fascista, ese fantasma que recorre Europa, y también vuelven con fuerza los rancios cuentos de hadas −machistas y cursis−, que hablan de bellas princesas pasivas que esperan la llegada del príncipe azul montado en un blanco corcel pero que al final viven la tragedia de tenerse que casar con lejanos condes austrohúngaros bajitos, calvos y gordos. Si de Santiago Abascal dependiera, él que es un tradicionalista, un medieval y un monárquico imperial absoluto, a Leonorcita la emparentarían con algún pretendiente carca con monóculo del ducado de Baviera o de la Casa de Saboya, o con algún decrépito Gatopardo con muchos títulos nobiliarios pero poco cash, malvendiéndola así por el bien de España.

Buscarle novio en palacios y cancillerías a una doncella de 15 años, por mucho que sea heredera al trono del Reino y los Borbones necesiten asegurar su futuro, es una aberración y ella, que es lista y despierta (tal como demuestra cuando lee los discursos con mucha más naturalidad y soltura que la sobreactuada Díaz Ayuso) ya habrá protestado sin duda ante cualquier intento de entroncamiento sanguíneo, matrimonialización forzosa o sexualización por pura política.

Dice el Lecturas que Leonor y el tal Christian de Dinamarca ni se conocen, ni se han visto, ni probablemente tengan nada en común, salvo que ambos están en la misma edad. Razón de más para que dejen en paz a la chica. Lo que tiene que hacer Leonor es crecer, aprender y formarse como persona como cualquier criatura de su edad. Ya llegará el príncipe azul en algún intercambio Erasmus, a ser posible un morenazo republicano con largas greñas para terminar de una vez por todas con el cuento de la sangre azul, la realeza y la endogamia. Eso sí, jugadores de balonmano abstenerse. Que luego salen rana.  

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