Desde que se instauró la democracia, España no se había caracterizado precisamente por ser un Estado gobernado por políticos fundamentalmente racistas. No al menos en la medida que lo son otros en Francia, Austria, Italia o Hungría, donde los partidos xenófobos se han instalado desde hace tiempo. En nuestro país ese tipo de movimientos que llevan en sus programas políticos medidas durísimas contra los extranjeros (como dejarlos morir en el mar) no tenían mucho que rascar. La prueba de ello es que nunca lograron un escaño. Cuestión distinta es que el PP acaparara el voto ultra, fagocitándolo y haciéndolo suyo. Pero siempre de una forma solapada, discreta, sin incluir una filosofía estructurada abiertamente racista en sus programas de Gobierno. Ese aparente recato, esa imagen de gentes demócratas con la que se ha travestido tradicionalmente el PP, y ahora Ciudadanos, pasó a la historia. La moda política, lo que se lleva ahora, es hacer ostentación del supremacismo, el exhibicionismo facha, lo políticamente incorrecto, la incontinencia verbal contra el que es diferente, contra el extranjero, contra el otro. O sea, fuera complejos.

De Santiago Abascal, líder de Vox, cuentan que siempre anda con una pistola entre la ropa. De él también se dice que es el hombre de Marine Le Pen en España, el delegado elegido por los partidos neofascistas de Centroeuropa (mayormente Alemania) para avivar la llama del racismo que por diminuta que sea todo país mantiene encendida en algún rincón de su historia. La gran misión de Abascal en los próximos meses será alimentar esa llama, desatar el gran incendio, lograr la transformación de una democracia liberal hasta ahora tolerante y pacífica con el fenómeno migratorio en un búnker amurallado donde no pueda entrar ni Dios, sobre todo si es un Dios negro. La comparación con Donald Trump, no por manida, se debe pasar por alto. El presidente de los Estados Unidos levanta muros físicos en la frontera con México; el encargo que Abascal ha recibido de la ultraderecha europea es levantar muros mentales en la conciencia de esos españoles demasiado solidarios, fraternales y hospitalarios. Podría decirse, en definitiva, que el gran proyecto del presidente de Vox es reconvertirnos al supremacismo, a la intolerancia, hacer de España un país racista.

El partido de Abascal no deja de ser el gran plan de la ultraderecha europea para ese país al sur de los Pirineos que una vez más parece ir por libre, a contracorriente de los tiempos. Los líderes xenófobos del eje París-Berlín no se explican por qué en un pueblo que viene de 40 años de fascismo no prende la mecha del odio al extranjero y el euroescepticismo. De ahí que los Le Pen, Wilders, Orbán, Strache, Petry y demás lobos esteparios hayan activado el interruptor de la maquinaria. Vale que los españoles no sean rubios de pura raza aria, pero tienen que pensar como nosotros, se han dicho a sí mismos. Lo que quizá no se haya planteado todavía Abascal es que en el racismo siempre hay clases y entre las élites europeas un racista español siempre será un español antes que un racista. Es decir, un camarero de Mallorca que sirve muy bien las copas a los jubilados alemanes, una raza inferior que no tiene donde caerse muerta, un moreno maloliente y sin pedigrí que cobra una miseria. Pero Abascal, en esa pequeñez intelectual que posee todo xenófobo, en ese enanismo mental del que se cree superior cuando en realidad siempre habrá alguien superior por encima de uno, ha decidido aceptar el papel de lacayo del diablo y está dispuesto a llegar hasta el final en la siniestra misión.

Con todo, inocular el virus del odio en miles, quizá millones de españoles, no es tarea fácil y ahí es donde entran los grandes poderes financieros de las potencias europeas. Ya se ha filtrado a la prensa que el Frente Nacional de Le Pen y Alternativa para Alemania, el partido ultra alemán, están financiando bajo cuerda e inyectando una buena pasta a Vox para que el monstruo, hoy recién nacido, vaya creciendo, según informa Cristina de la Hoz en El Independiente. ¿Cómo si no se hubiese financiado el aquelarre ultra del pasado fin de semana en Vistalegre, que supuestamente costó cerca de 100.000 euros?

España es un país que vivió 40 años de aislamiento y autarquía franquista. Encerrados en nosotros mismos por orden del general, aquella noche oscura solo tenía una luz al final del túnel: el tímido rayo que llegaba de Europa. Durante todo ese tiempo miramos a los europeos con envidia, queriendo ser como ellos algún día. Éramos un pueblo de emigrantes también humillados y despreciados, gente de segunda, una tribu de seres peludos, bajitos e incultos. De ahí que cuando finalmente, y tras muchos desprecios de los países ricos, conseguimos entrar en el selecto club y mirar de tú a tú al opulento alemán, ya no quisimos salir de él nunca más. De ahí que el español ame Europa más que ningún otro europeo. De ahí que el euroescepticismo apenas cuente con adeptos en nuestro país. En esa otra línea trabajará Abascal, el doctor Frankenstein que tiene ante sí un desafío tan macabro como aparentemente imposible: transformar al solidario pueblo español en una horda de enfervorecidos racistas.

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