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Jordania, Camboya, Islas Fiyi, Samoa, California y México. La luna de miel a todo tren y a todo lujo de los reyes de España, que supuestamente fue pagada a tocateja por el empresario catalán Josep Cusí, según publica el diario The Telegraph, merecería una explicación en cualquier país democrático medianamente avanzado. Como también se debería aclarar si nuestros reyes andan por los hoteles de medio mundo, de incógnito, bajo el nombre ficticio de “Señor y Señora Smith”, como tratando de ocultar su linaje borbónico. Si los españoles vamos a cambiar de casa dinástica, entroncando con los monarcas yanquis de Hollywood, mayormente Brad Pitt y Angelina Jolie, tenemos derecho a saberlo. La monarquía nos cuesta un dinero y cuando mandamos a nuestros reyes como embajadores al extranjero, a hacer patria, turismo y marca España, lo normal es que se anuncien con el escudo borbón, que para eso lo pagamos.  

Sin embargo, pasan los días y Zarzuela no dice ni media palabra. Fuentes de palacio remiten al comunicado oficial del mes de marzo, en plena pandemia, en el que el rey Felipe VI renunció a la herencia maldita de su padre y de paso le retiró la asignación anual con cargo a la presupuestos generales del Estado. En aquel comunicado, la Familia Real informó de que el actual rey renunciaba “a cualquier activo, inversión o estructura financiera cuyo origen, características o finalidad puedan no estar en consonancia con la legalidad o con los criterios de rectitud e integridad que rigen su actividad institucional y privada y que deben informar la actividad de la Corona”. Hasta ahí, todo correcto. Pero la cosa se está poniendo caliente después de que los plumillas de la Pérfida Albión anden husmeando en nuestros palacios reales. Ayer mismo, María Jesús Montero, ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno, se quitaba la patata caliente de encima cuando los periodistas le preguntaban sobre el tema y ella contestaba que debe ser la propia Casa Real quien dé las explicaciones oportunas sobre la idílica honeymoon de Felipe y Letizia. Solo le faltó responder con su habitual gracejo andaluz: “¿A mí qué me cuenta usté? Bastante tengo ya con los ERTE”.

El asunto quema cada vez más y exige que alguien en la Jefatura del Estado diga algo, ya que el último escándalo destapado por la prensa inglesa no solo afecta al monarca jubilado, Juan Carlos I, sino también al ejerciente. Convendría que se aclarase si Cusí era un testaferro real y si la “luna de miel secreta de medio millón de dólares del rey de España pagada por un padre deshonrado”, tal como apunta el tabloide británico en su información, fue sufragada con fondos no justificados. En las últimas horas la opinión pública española ha sabido que Zarzuela ha puesto en regla los más de 400 regalos que recibió la Familia Real a lo largo de 2019. Entre esos presentes no había nada sospechoso, algunas figurillas, medallas, placas, fotos conmemorativas, banderas, libros y piezas de artesanía, bagatelas como un facsímil de la Carta de Juan Sebastián Elcano a Carlos I, regalo del lehendakari, Íñigo Urkullu (qué calladito se lo tenía); una Biblia del decano de Windsor, el reverendo David Conner; un ejemplar de El camino de Miguel Delibes que le regaló el presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, y poco más. Como nota curiosa, entre los obsequios hay un “sistema de fregado doméstico” que le regaló al rey una conocida empresa robótica y unas alpargatas típicas de La Rioja −detalle de la presidenta de la comunidad autónoma, Concha Andreu− que probablemente Felipe VI nunca se pondrá en la ronda de consultas con los líderes políticos. Es decir, en el inventario no hay nada que sea susceptible de poner en marcha la maquinaria judicial del abnegado y meticuloso fiscal suizo Yves Bertossa. Y eso da una tranquilidad. En los tiempos turbulentos que corren está muy bien que la monarquía española ponga en orden los presentes que va recibiendo. Al cabo del año uno se encuentra con un montón de regalos de extraños y va perdiendo la cuenta.

Fue el propio Felipe VI quien en 2015 impuso la regla de oro de dar publicidad a las donaciones recibidas por la Casa Real, de modo que los reyes y sus hijas solo pueden recibir regalos personales “cuando no superen los usos sociales o de mera cortesía”. La medida es lógica desde el punto de vista de la higiene política y de la transparencia democrática para evitar malos entendidos, como los que ocurrieron en el pasado con otros monarcas que cuando abrían el garaje o el punto de amarre se encontraban así, de sopetón, como quien no quiere la cosa, con un par de Ferraris o un flamante yate que había llegado allí como por arte de magia y que pasaba de inmediato, por supuestísimo, a Patrimonio Nacional. El propio The Telegraph aseguraba en su exclusivón que Navilot SL, compañía del empresario Cusí −amigo íntimo de Juan Carlos−, era propietaria de “varios yates de la serie Bribón” que tomaron parte en las regatas en las que competían, codo con codo, el rey emérito y el propio industrial catalán. Otro dato cuanto menos inquietante y que convendría depurar.

Es digno de alabar que sus Majestades los Reyes de España quieran poner en orden las cuatro tonterías de nada y los cuatro libros y facsímiles que les van regalando los visitantes que pasan por Zarzuela, pero por el bien de la monarquía lo primero sería explicar con pelos y señales qué ocurrió con aquella luna de miel imperial supuestamente sufragada por Cusí. Si no lo cuentan ellos algún día lo aireará el Telegraph y será peor. O Jaime Peñafiel, que cada vez que habla en el programa de Risto Mejide provoca un terremoto en palacio. Su lengua no tiene freno y en estas tardes tediosas y aburridas de verano y de pandemias es como si hubiese decidido cargarse la monarquía contando lo de los barriles de petróleo de Franco, lo de las joyas de la Corona y lo de los testaferros juancarlistas de toda la vida. El veterano periodista de asuntos de la realeza lo cuenta todo como si tal cosa, tan tranquilamente, como hacen los abuelitos con sus nietos. Cualquier día instaura la Tercera República él solito y sin querer. Ay, don Jaime.   

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