Maldeciré toda mi vida aquella puta frase: “Estudia mucho para tener un buen trabajo y dedicarte a lo que te gusta”. Era un plan genial y sin fisuras, la Era de la “burbuja de la educación en España”, solo había que tener un sueño, perseguirlo muy fuerte, y finalmente, alcanzarlo. Lo íbamos a tener todo: un trabajo en el que nos divertiríamos un montón, una casa bonita, gato o perro según preferencias y una familia maravillosa. Entonces, felices para siempre. Pues no, eso nunca llegó. La vida nos ha pasado por encima, la realidad nos ha pasado por encima y sobre todo la escasez y la miseria nos han pasado por encima.

Según el último informe de la UGT sobre empleo juvenil obtenido a través de los datos de la EPA: el 56% de los menores de 30 años tienen un contrato temporal, el 73% en el caso de los menores de 25 años. Más de un millón y medio de jóvenes menores de 35 no tienen empleo, la tasa de paro juvenil es superior al 40%. Además el último informe de Cáritas Europa advertía que 3 de cada 10 jóvenes están en riesgo de exclusión social. Pues eso, jóvenes condenados a vivir en condiciones miserables.

No somos números. Parece que en pleno siglo XXI tenemos que seguir reivindicando el hecho de ser seres humanos y que, por ello, tenemos unos derechos y una dignidad. Detrás de cada cifra hay una tragedia de vida. No puede estar fracasando toda una generación y que nadie este mirando. No. No podemos seguir siendo gente sin derecho a una vida digna, sin derecho a ningún futuro: gente sin derechos.

“Sinkies” es el último nombre que se les ha ocurrido para definir a las parejas que no pueden tener hijos porque con el trabajo de los dos obtienen un único sueldo. Un nuevo y ridículo eufemismo para descafeinar la flagrante precariedad y pobreza que vivimos los jóvenes. Pero existen también otras palabras muy guays que se han inventado para ocultar la pobreza en España. Palabras como “job sharing” (compartir el puesto de trabajo, y obviamente, el salario), el “freeganism” (rebuscar en la basura para comer), el “coliving” (compartir piso con muchas personas), el “nesting” (no salir de casa en tu ocio por no tener dinero para hacerlo), las “trabacaciones” (estar obligados a trabajar en nuestras vacaciones), el “wardrobing” (comprar un artículo, utilizarlo y después devolverlo para recuperar el dinero). Pero bueno, por suerte tenemos un “salario emocional” que, aunque no tengamos un puto duro para nada, nos mantiene felices porque hacemos lo que nos gusta. Unos conceptos absolutamente necesarios para poder seguir alimentando el mundo de la apariencia al que tanto nos ha enganchado las redes sociales. Para poder explicarle a Instagram que es lo que nos está pasando. Delirante, esquizofrénico, asqueroso.

A mi padre no le gusta tenga que pasar frío en su taller mecánico, pero lo que no entiende es que el verdadero temporal esta fuera de él: en un inhumano mercado laboral en el que trabajar no tiene porqué estar remunerado, o si lo está, los sueldos no te permiten llevar a cabo una vida con dignidad, donde las miserables condiciones laborales encubren un sistema de explotación sin paliativos ni antecedentes en el mundo moderno. Lo que no entiende es que somos la primera generación que va a vivir peor que sus padres. Yo al menos tengo la suerte de poder vivir lo mismo que él. No entiende que lleve toda la puta vida formándome, y que actualmente tenga que seguir pagando una deuda que contraje para poder sacarme mi título de Máster (porque me tragué la mentira hasta el fondo), para que el único trabajo digno al que pueda acceder sea el que me da él, el que me da el taller que hace cuarenta años fundó.

El egoísmo intergeneracional legitima la situación profundamente injusta que significa ser joven en este tiempo. Yo solo soy capaz de acordarme del siguiente verso de Zorilla “Clamé al cielo y no me oyó, mas si sus puertas me cierra, que de mis pasos en la tierra, responda el cielo y no yo”. Estáis consintiendo que toda una generación viva con una enorme sensación de estafa, odio y rencor. De aquello que esté por llegar, no responderé yo, ni ninguno de los condenados a ser: mierda absoluta.

PD: Iros todos a tomar por el culo.

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Nací en 1988, el año de la primera Gran Huelga General que paralizó España, y eso marca. Me gradué en Ciencias Políticas y de la Administración Pública y cursé un Máster en Comunicación Política mientras transitaba la precariedad laboral, que me resisto a abandonar. Lucho contra ella y contra otras injusticias porque mis padres me educaron en la sensibilidad social. Sindicalista y militante en Izquierda Abierta, vivo enamorada de la vida, aunque a veces duela.

2 Comentarios

  1. Hola. Aplaudo y avalo todo lo que dices…, pero sabes. Algo de eso «se lo tienen merecido» (Perdona. No te lo tomes a mal) Pero es que no sé si me indigna más todo lo que dices (con toda la razón del mundo) o (perdóname la expresión) la «puñetera» pasividad que ha demostrado esta juventud sin futuro. ¿A qué esperan?, ¿a que se lo resuelva el gobierno de turno?, ¿sin moverse del sillón?…¡¡¡pues están apañados!!!
    No hacen NADA y no me sorprendería que vuelvan a salir elegidos los mismos de siempre en las próximas elecciones. Por eso también me cabe decir a mí… «Iros todos a tomar por culo».

    «Juventud sin rebeldía es servidumbre precoz».
    José Ingenieros

  2. Mis felicitaciones por el artículo. Desde luego, la situación se está volviendo compleja. Tengo hijas pequeñas y no sé en qué mundo van a vivir, pero sí sé que va a ser diferente al mío, en el que había algunas certezas acerca de cómo poder ganarse la vida. Hoy parece que todo es incierto. Me preocupa bastante la desigualdad creciente y cómo la escasez de trabajo no se está traduciendo en mayor bienestar: deberíamos trabajar todos menos horas y redistribuir parte de la riqueza en forma de renta universal. Pero lo que ocurre es que cada vez trabajamos más horas y en peores condiciones.
    En lo que no estoy de acuerdo es en que esta es «la primera generación que vivirá peor que sus padres». No sé de dónde ha salido esta leyenda que estamos tomando como cierta. Ya ha habido muchos altibajos a lo largo de la historia de España. El más reciente ocurrió con la generación que nació en los años 20 y 30. Los padres de esos niños, sobre todo las madres, llegaron a obtener cierto bienestar, derechos civiles, educación… que se fueron logrando en las primeras décadas del siglo XX. Todo eso se fue al carajo en el 36. A sus hijos les tocó pasarlas canutas en la Guerra Civil y subsiguiente posguerra… la economía tardó veinte años en recuperarse. Los derechos civiles, otros veinte años. Lo que está pasando ahora no le llega ni a la suela de la catástrofe del 36.

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