Foto: Clara Elías

El pasado lunes, 25 de mayo, Yayo Herrero junto a otras compañeras firmaron en nombre del Foro de Transiciones una carta pública dirigida al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con la exigencia de iniciar un gran debate social  en torno a la emergencia social y ecológica. Un día después, las tecnologías de la información nos permiten tener esta entrevista vía Skype, en la que la antropóloga, ingeniera y profesora madrileña reflexiona sobre el valor de la biodiversidad, modelos de vida más sostenibles y futuros escenarios utópicos para repensar en torno a la austeridad, donde lo material quede relegado frente a una colectividad puesta en el centro. Yayo se aleja de la visión catastrofista del futuro y apela a la corresponsabilidad con miras a un cambio radical de modelo donde nadie quede atrás.

¿Era esperable la llegada de una pandemia de tales características desde la Ciencia y el Ecologismo?

La verdad es que sí. Fíjate que, siendo ecologista desde hace mucho tiempo, incluso así te sorprende la forma de llegar y lo alucinas porque lo tienes en la cabeza de haberlo leído muchas veces en los informes. Por ejemplo, en los informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) pero, sobre todo, del Panel Intergubernamental que se ocupa de la Ciencia y gestión de la Biodiversidad (IPBES), sí que venían alertando desde hace tiempo que los dos problemas en conjunto, en especial el de la pérdida de biodiversidad, podían generar el riesgo de que los virus entraran con mucha más facilidad en contacto con los seres humanos si se extendieran. Por otro lado, desde la perspectiva del cambio climático, están más sometidas a la ampliación de vectores de infección y enfermedades, que combinado con una economía hiperglobalizada, donde muchísimas personas y mercancías se trasladan miles de kilómetros diariamente, hace casi incontenible una pandemia de estas características.

¿Hasta qué punto es culpable la actividad humana de esta situación?

Es completamente culpable, pero no la actividad de todos los seres humanos. La responsabilidad desde una determinada forma de organizar la economía y la política no es consciente de que los seres humanos somos radicalmente ecodependientes y vulnerables; de que dependemos de la naturaleza y esta tiene también sus límites. En ese marco, el poder político contando como cuenta con toda la información que nos proporciona desde hace décadas la comunidad científica y sabiéndolo, tiene una gran responsabilidad. Todas las personas también tenemos una responsabilidad asimétrica que no está al mismo nivel que la responsabilidad de quienes toman decisiones y mandan en el poder económico, pero es asimétrica en el sentido de que vivimos bajo estilos de vida y modelos de consumo que les dan directamente la espalda a los problemas. Como si no se quisiera ver, hasta que llegan.

La situación invita a repensarnos, a formular otros modelos de vida más sostenibles, pero ¿es posible implantar nuevos modelos con un capitalismo imperante?

Desde mi punto de vista no. Es difícil poder resolver los problemas bajo la misma lógica o con los mismos criterios que los han causado. En este momento en el que necesitamos una reconstrucción de la economía, implica sobre todo vivir con menos energía, con menos agua, con menos presión sobre la tierra, sobre los animales y sobre las plantas. Y todo esto hacerlo con criterios de justicia, es decir, con repartos de la riqueza. Si esta reconstrucción que ponga en el centro a las personas y a la naturaleza hay que hacerla solo en la medida en la que genere beneficios para quienes son dueños del capital, estamos perdidos y perdidas. Yo creo que nos hace falta repensarlo de una forma completamente distinta: colocando el bienestar y la supervivencia como absoluta prioridad.

El sociólogo Jeremy Rifkin afirmaba en una entrevista para la revista Ethic, que “todo lo que nos está ocurriendo se deriva del cambio climático”. Sin embargo, existen otros factores como la deforestación, la agricultura y la ganadería intensiva o el comercio ilegal de especies.

El cambio climático sin duda es un problema enorme, no viene de la nada y nos cae como un platillo volante. El cambio climático es la consecuencia de una forma de organizar la economía y la vida que no conoce límites, que no es consciente de que el planeta tiene límites físicos, y de haber alterado los ciclos naturales que permitían que las personas estuviéramos. Creo que hay un problema al que habitualmente se le concede muy poca importancia, pero que está detrás de esta pandemia y de muchas de las cosas que nos suceden, que es la pérdida de biodiversidad. Somos una cultura que tiene muchas dificultades para entender qué es la biodiversidad, que no solo es el conjunto de animales que pueden existir o de plantas o microorganismos, sino que más bien es la relación que hay entre todos ellos, la relación que existe entre todo lo vivo precisamente para poder mantener unas condiciones de vida que sean adecuadas para que esta vida se pueda sostener y se pueda conservar. Por tanto, la destrucción o pérdida de la biodiversidad es como echar a perder el seguro de vida de la propia vida. Fernando Valladares, un investigador del CSIC, decía estos días: “Teníamos una vacuna y nos la hemos cargado”. Y la vacuna era la biodiversidad. Por supuesto que el cambio climático es un problema enorme, como lo es el declive de la energía fósil y los minerales, como lo es la alteración del ciclo del agua o de la fotosíntesis, pero todos estos problemas son las consecuencias de haber construido una forma de organizar materialmente la vida, que se desarrollan en contra de la propia vida.

Resulta común apelar a la solidaridad global durante el periodo de confinamiento, pero ¿cuán importante es la responsabilidad gubernamental en estos tiempos? Por ejemplo, con el lanzamiento de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética

Lo mejor que ha pasado durante esta pandemia ha sido esa explosión comunitaria y de solidaridad a la que te refieres. Creo que muestra que las personas cuando tenemos información y sabemos lo que nos estamos jugando, estamos en condiciones de coprotagonizar procesos de cambio y de transición que sitúen el bienestar de las personas como una prioridad y a voluntad de no dejar gente atrás. Pero claro, la auto organización, que me parece absolutamente imprescindible y fundamental, tiene que ir de la mano, sobre todo por la gravedad de los problemas que afrontamos y la velocidad con la que los tenemos que enfrentar en dinámicas como la del cambio climático o la pérdida de biodiversidad. Esto requiere que el espacio público se active para situar ese bienestar y esa protección de la vida en el centro. Y eso involucra claramente a las instituciones en todas las escalas: municipal, regional, estatal y supraestatal. Por tanto, quienes nos gobiernan tienen una responsabilidad enorme y desde mi punto de vista, no solamente es irresponsable, sino absolutamente criminal no abordar el problema que estamos viviendo y vamos a vivir. Porque esta pandemia no termina cuando termine la crisis sanitaria, estamos ante una emergencia que es mucho más amplia. Volverán otras pandemias y otros eventos climáticos extremos, y necesitamos sociedades resilientes que sean capaces de estar preparadas para aguantar y para ello la institucionalidad es clave.

¿Cómo ha afectado este parón de meses a las emisiones de CO2 y gases de efecto invernado? ¿Ha sido realmente significativo para el medio ambiente?

Ha sido significativo para darnos cuenta de que cuando la economía para, directamente las emisiones puntuales de gases de efecto invernadero bajan de una forma impresionante. Ha servido para comprobar lo que tanto tiempo se llevaba diciendo desde muchos ámbitos: el modelo económico, el modelo de transporte y la forma de producir son los que generan las emisiones de efecto invernadero desatadas. Por tanto, cuando el modelo económico para, frenan las emisiones de gases de efecto invernadero. Al igual que cuando el modelo de transporte frena, refrena la contaminación en nuestras ciudades y podemos respirar más seguras. Pero esto que pedagógicamente tiene un papel fundamental, necesitamos conservarlo en el tiempo y convertirlo en algo estructural y, aun así, cuando frenemos las emisiones si las conseguimos frenar, eso significará que no vamos a echar más leña al fuego del problema del cambio climático.

Hay una parte del problema que ya está aquí, que tiene una inercia y aunque frenemos, parte del cambio climático ha venido para quedarse. Es importante saber que no es lo mismo si las subidas de las temperaturas medias globales son tres grados, que si es un grado y medio. No tiene nada que ver. A tres o cuatro grados, la supervivencia de una parte importante de la humanidad está en riesgo. A un grado y medio, vamos a vivir circunstancias complicadas, pero si hiciéramos lo que hay que hacer, podríamos afrontarlas resilientemente de otra manera. 

Francia ha estudiado la manera de implantar el uso de la bicicleta como medio de transporte para garantizar el distanciamiento social y en algunas ciudades del Estado, como Barcelona, se han creado carriles bicis provisionales para tal fin. ¿Consideras esto un primer paso u oportunidad para cambiar el modelo de transporte e iniciar la reducción de emisiones en los entornos urbanos?

Absolutamente. El modelo de transporte es un elemento que tiene que cambiar radicalmente. Pasa por cómo nos transportamos las personas en nuestra vida cotidiana. Deberíamos hacer evolucionar las ciudades para que fueran policéntricas y no nos viéramos obligadas a recorrer una cantidad enorme de kilómetros para hacer nuestra vida diaria y, por tanto, poder privilegiar el transporte a pie o en bici y cuando no se pueda, transporte motorizado público y colectivo. Disminuir, por otro lado, los desplazamientos en avión, que ya en algunos lugares se está legislando en esa línea y luego pensar no solamente en el transporte de las personas sino en cómo se transportan las mercancías. Por ejemplo, el sistema alimentario es muy importante en esta situación, ya que vivimos en sociedades donde comemos alimentos que son producidos muy lejos y de forma insostenible. Pero el hecho de apostar por una producción de alimentos que sea cercana y por los circuitos cortos de comercialización también es una cuestión central para reducir emisiones de efecto invernadero y en la propia huella ecológica, además de en los niveles de contaminación. Me han llamado muchísimo la atención algunos estudios que correlacionaban el haber estado expuesto a aire contaminado durante mucho tiempo en una ciudad con una mayor virulencia del virus, esto quiere decir que las personas que han estado respirando aire sucio durante 15 o 17 años, decía la Universidad de Harvard en uno de sus estudios, están mucho más expuestas a sufrir con mayor violencia o mortalidad el virus. Por tanto, no afrontar estas situaciones no es una cuestión de estética sino una responsabilidad brutal. Y no es normal que sea una catástrofe lo que te permita respirar sin enfermar y no sean políticas públicas responsables que cuiden de la gente y de su salud.

Se augura el fin de la globalización y el papel decisivo de las tecnologías y las comunicaciones en red en este sentido. ¿De qué manera incidiría esto en el cambio climático?

Hay que tener en cuenta que en estos días muchísimas personas han valorado poder estar conectadas con las personas que quieren o haber podido mantener incluso la posibilidad de trabajar gracias a la tecnología de la información, y de tener dispositivos electrónicos. Por otro lado, la enorme alegría con la que hemos aceptado la informatización del mundo y de nuestras relaciones, pero también en algunas decisiones complicadas como la de la vigilancia o el control, que vienen de tener nuestras vidas conectadas a máquinas que manejan grandes empresas y grandes poderes de forma tremenda. Es muy importante fijarnos en su dimensión material, es decir, la informática y las técnicas de comunicación son de todo menos inmateriales y para poder mantenerlas hace falta construir pantallas, móviles, servidores, fibra óptica, repetidores, satélites que requieren minerales de la corteza terrestre y que para funcionar necesitan unas cantidades ingentes de energía. Las técnicas de comunicación no son en absoluto inmateriales y tienen también su repercusión ¿Qué quiere decir esto? Pues que, como en todo, el uso de la tecnología depende de la escala a la que se use, depende de cómo la utilicemos y si no somos conscientes de la cuestión de la limitación, por un lado, agravamos los problemas y por otro lado nos encontraremos que el uso de estas posibilidades poco a poco irá quedando en sectores de privilegio, mientras cada vez más gente quedará fuera. Es una reflexión importante a hacer.

Ahora que tanto se habla de distopías e imaginando un futuro utópicamente posible ¿Estamos a tiempo de revertir los destrozos que como civilización hemos hecho al planeta? Por ejemplo, con la explotación del suelo para uso de combustibles fósiles. ¿Cuáles serían los escenarios realizables?

Siempre estamos a tiempo de repensar cómo sobrevivir en mejores condiciones. Hay parte de la destrucción de la naturaleza que es irreversible porque los procesos de la vida son irreversibles. Una persona envejece y no rejuvenece; una persona muere y no vuelve a la vida. Digamos que hay una flecha del tiempo que va cambiando en todo lo vivo y hace que todos esos procesos sean irreversibles. Esto no quiere decir que no podamos acometer procesos de restauración ecológica de espacios degradados y que no podamos torcer el rumbo que sigue manteniendo la destrucción. Así que, por supuesto, que siempre estamos en condiciones de repensar un mundo diferente. Y es muy importante el planteamiento de las utopías, porque a veces se utiliza la palabra utopía como aquello que casi está en la ciencia ficción o es inalcanzable y se emplea de un modo peyorativo. Creo que la utopía es algo inédito que todavía no se ha producido, pero que es posible y alcanzable.

Por tanto, pensar cómo podrían ser los mundos futuros en un planeta con los límites superados y donde quepamos todas las personas es clave. Cómo podrían ser vidas cotidianas que vivan con mucha menos energía, con muchos menos minerales, con mucha menos presión sobre la tierra, pero cabiendo todas las personas y generando vidas significativas. Cómo podría ser el ocio o nuestro sistema de alimentación, qué tipo de viviendas podríamos tener, cómo podría cuidarse la salud o cómo podría ser la educación en un mundo -insisto- con los límites superados, donde queramos o no queramos, vamos a tener que vivir con menos en lo material. A veces se presenta un mundo oscuro, un mundo violento del todo contra todos, pero coyunturas como la que ha traído la pandemia muestra que puede ser un mundo de apoyo mutuo, un mundo de colaboración, un mundo donde compartir y hacer cosas juntos. Si en esos horizontes utópicos pudiéramos colocar toda la dimensión relacional en el centro y conseguir unas relaciones significativas, nos encontraríamos con que muchísima gente valora los momentos más importantes de su vida en cuestiones que tienen que ver con relaciones sociales y no con lo material. En esa construcción de las utopías podemos avanzar a modelos más austeros en lo material, pero con mucho más tiempo para disfrutar de las cosas que queremos, en sociedades que están permanentemente hambrientas de tiempo. La reflexión de esas utopías pensando en cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para poder tener vidas dignas y a partir de ahí, tratar de ver cómo hacerlo de forma austera, nos puede conducir a una sociedad mucho más deseable.

¿Qué podemos hacer como ciudadanía de cara a los próximos meses?

Si nos vamos a ocupar el futuro en algo es en la capacidad de aprender o reaprender a hacer cosas en común. Más allá de las recomendaciones de corte individual, que son bastante de intentar desplazarnos lo más sosteniblemente que podamos, viajar lo más cerca que podamos y disfrutarlo a tope o comer alimentos que vengan de cerca o que sean de temporada, reducir el consumo de proteína animal, pensar en un ocio que no destruya… Todo ese tipo de cosas que han sido más trabajadas y que son de corte individual, tengo la convicción de que muchas no son posibles o no se pueden hacer bien si no las hacemos colectivamente. Los propios mercados verdes o el capitalismo verde apuntan a estas soluciones individuales, que se apresura a resolver por la vía del mercado. Si se resuelven por la vía del mercado, muchas personas no podrán acceder a ellas, y no queremos un mundo solamente para unos pocos que pueden comprar comida ecológica carísima en una tienda o vivir en una vivienda bioclimática absolutamente cara. Lo queremos hacer colectivamente y para todo el mundo. Ya hay muchas experiencias en marcha como las cooperativas o la economía social y solidaria, que son laboratorios de experiencias que con voluntad política y llevados a la esfera pública, podrían ampliar la escala de una forma enorme. Por tanto, ese no estar solo ni sola y estar articulado en un partido político, en un sindicato, en un grupo feminista o en un colectivo ecologista, en una asociación de padres y madres o en una asociación vecinal, para mi es clave.

Lecciones del COVID-19 aplicables a la crisis climática

El COVID ha sido una especie de laboratorio para pensar muchas de estas cosas. Por un lado, ha sido un pequeño minuto de lucidez para ver la fragilidad de nuestro modelo, para darnos cuenta de que esto no es abrupto ni inesperado, sino que ya venía anunciado y no se ha hecho caso. Nos ha permitido también reconocer cuáles son los trabajos esenciales y valorar el papel de las personas limpiadoras, cuidadoras, carretilleros, transportistas, es decir, darnos cuenta de que muchos de los trabajos que no se han podido dejar de hacer, son trabajos habitualmente despreciados, mal pagados y que nadie quiere. Ha sido también una oportunidad para darnos cuenta de lo importante que son los servicios públicos y sociocomunitarios. Lo importante que es poder ir a un médico independientemente de dónde seas, de si tienes papeles o no los tienes, de si tienes dinero o no lo tienes. Ha permitido ver también lo que sucede cuando esos servicios públicos se privatizan, se fragilizan o se desmantelan. Nos encontramos con que un montón de gente tienen unas dificultades enormes. Ha permitido ver también hasta qué punto nuestras sociedades desatienden a las personas más vulnerables. Creo que lo que ha pasado en las residencias de mayores es el tipo de cuidados que damos a las personas cuando ya no están dentro del modelo productivo y que, por tanto, no son susceptibles de generar valor añadido o de hacer crecer la economía. Da mucha muestra de qué tipo de sociedad tenemos. Nos ha permitido también ver cómo se disminuye la polución y las emisiones de gases invernadero o mejora la naturaleza cuando la economía frena.

Pero nos ha permitido también toda esa explosión sociocomunitaria y mirando realistamente cómo hay sectores de la población que se articulan en la línea contraria alrededor del bulo, de la fake news, de la generación de desconfianza y de la presión extrema para que la economía vuelva a funcionar sea a consta de lo que sea. Eso también existe y hemos visto dentro y fuera de nuestro país afirmaciones terribles. Como lo que está sucediendo ahora mismo en Brasil donde, aunque las cuentas oficiales no contabilizan a los muertos de las favelas, se ha abandonado a la gente como pasa en muchos lugares de Estados Unidos. Vemos también las colas del hambre en ciudades como Madrid. Esta situación nos debe permitir mirar hacia delante de una forma distinta. Desde mi punto de vista, eso no se va a conseguir sin organización y sin presión social. Podemos salir de esto. Solo hay que mirar lo que está planteando la Unión Europea y algunos sectores, con la reactivación de la economía y planes de ajustes como los de 2008, de tal modo que sea la gente más precaria la que pague el pato y con una crisis social absolutamente brutal. Por eso vamos a necesitar mucha articulación, mucha corresponsabilidad, aunque sea para mirar cara a cara lo que está pasando, presionar para que el cambio vaya por otra línea e involucrarnos en las iniciativas y en los pequeños laboratorios que ya están en marcha.

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