Ilustración de Garabatos de Noche.

Casi treinta años han volado ya, libres, como su primer gran éxito “Libre”. Quizás fue un presagio de lo que sería este artista que pone música a sus poemas o, dicho de otra forma, que talla poemas a medida, para sus profundas melodías… Melodías cosidas con mil detalles que hacen de ellas penetrantes trajes decorados con los instrumentos necesarios para que cada uno de sus pliegues resulte siempre el acertado, el que acaricia los oídos y corazones de aquellos que tienen el placer de escuchar, susurrantes, las notas que entona. Vuelan una a una, de forma calculada, meditada, de manera que su perfección transforme cada palabra en la puntada necesaria para que nadie pueda dudar del sentimiento que, su voz, quiere regalar en ese preciso instante. Creo que no me equivoco si afirmo que cuando canta, cuida meticulosamente cada una de las letras que componen los vocablos que pronuncia… Algo tan sencillo como la “S” final de alguna de sus palabras, resulta tan cálido como una caricia al alma.

Más de veinticinco años hace de su primer disco “Sólo para locos”, cuyo nombre mostraba ya quizás la definición probable de lo que Marc era o podía llegar a ser, un auténtico loco de la música que, seguramente, en parte gracias a esa “locura”, llegaría a transformarse, con los años, en el referente de multitud de músicos que han seguido la estela de su barco repleto acordes y silencios. Porque a veces, los silencios, también son importantes…

Y ya se cumplen veinte años del día en que Marc Parrot se enfundó el mono verde, bajo el pseudónimo de “El Chaval de la Peca”. Veinte años hace que ese tema marcó una generación, hizo que la nostalgia de la historia que Nino Bravo afinaba vestida en música, se transformase en una canción pegadiza, alegre, que incitaba a mover el cuerpo y a sonreír. Quién iba a decirle entonces a Marc, el poeta, el músico, que aquel personaje extravagante que versionaba a otros artistas, sería el principio de una carrera plagada de éxito pero, ante todo, plagada de múltiples recovecos llenos de curvas, cuidadas una a una con la minuciosidad del relojero más instruido. Y es que resultó que el Chaval de la Peca, era poeta, y el poeta, era un erudito de la música.

Qué combinación tan explosiva…

Los primeros versos que abrieron aquella intensa etapa narran lo siguiente; “Tiene casi veinte años y ya está cansado de soñar…” Pero Marc, en estos más de veinte años, no sólo no se ha cansado de soñar, sino que ha logrado hacer de sus sueños una extensa carrera. Marc compone, canta, produce (Grabaciones Silvetres), colabora en proyectos solidarios tan importantes como “La Marató” de Tv3, e incluso ha escrito cuentos infantiles con otra soñadora insaciable, Eva Armisén.

Para celebrar esta segunda década de trabajo incesante, Marc ha vuelto a construir algo que es difícil que pase desapercibido. Sus últimos veinte años quedan resumidos en una palabra aparentemente sencilla, pero de una profundidad enorme; REFUGI (Refugio). Así ha bautizado a su nuevo espectáculo, un espectáculo que logra encerrar en una cabaña típica de la estepa asiática, los sentimientos, las esencias, las oscuridades y luces de estos años que han hecho de él un artista incuestionable. Lo que aparentemente es un pequeño escenario circular, prácticamente pegado al público, se transforma durante poco más de una hora, en un acceso directo a todo aquello que él ha querido, y ha podido expresar durante todo este tiempo…

Sentado, guitarra en mano, clavando su mirada sobre cada uno de los espectadores, y utilizando el suave tono de voz que relaja a todos los que le observan, bajo la tenue luz selvática, explica que durante un rato, van a poder escuchar su voz, y tal vez su corazón… Y así arranca el tema “Fruit verd” (Fruto verde), bajo las lánguidas cuerdas de una guitarra, que va al ritmo de un latido que empieza como un disimulado sonido de fondo, y que termina sincronizando los corazones de todos aquellos que, cómodamente arropados por la penumbra del acogedor refugio, empiezan a disfrutar de algo que no puedo definir únicamente como concierto, porque es mucho más que eso.

Con la sobriedad que le caracteriza, Marc logra envolver cada tema en una atmósfera absolutamente distinta, que coloca a cada uno en el lugar perfecto para entender de lo que habla. Y es que habla de muchas cosas, y es que cada una de sus canciones tiene un significado diferente. Habla de ganar, de perder, de amar y ser amado. Habla del pasado, del ahora, de mentiras y verdades. Habla de firmeza, de la superación de sequías y lluvias, y de esos papeles en blanco que todavía ha de descubrir… Los mismos papeles en blanco que van descubriendo quienes le escuchan cantar con esa voz que, a menudo susurra las palabras, con ese tono que resbala sobre los átomos del aire, y parece acercarse lentamente a cada persona, cantándole íntimamente junto al oído, relajando sus miedos o angustias…

Y cuando el ambiente de la cabaña se percibe calmo como el mar adormecido en la madrugada, tras disfrutar de temas tan agradables a los sentidos como “Misteriosament feliç” (Misteriosamente feliz), o tan sensuales como “Química”, arranca la fuerza de una guitarra caída literalmente del cielo, con el tema “Cinc caps” (Cinco cabezas). Y Marc se transforma en el hombre que posee esas cinco cabezas, cabezas que persiguen un micrófono tendido de la nada, obligando a Marc a moverse sin cesar en el escenario, y permitiendo al público percibir constantemente la metáfora de la locura de poseer fuertes pensamientos que no dejan que su mente se centre o apacigüe. ¿Será eso parte de su esencia? ¿Será que bajo la aparente serenidad del artista, subyace una mente, en ocasiones hiperactiva, que le lleva a la locura por momentos, y cuya locura le permite ser tan sumamente creativo? Su primer disco ya lo vaticinaba…

Veinte años han pasado desde que bailamos y reímos con El Chaval de la Peca. Quizás en su momento fue la risa de la juventud, esa risa ligera, sin premeditación, a veces incluso algo irresponsable. Pero qué mejor risa que aquella que la madurez te regala. No podía faltar bajo la lona de este refugio de sentimientos hipnotizados por los instrumentos de sus inseparables músicos, Dani Ferrer y Lluís Cartes, la risa que dicen que cura el alma, y lo hace con un título aparentemente contradictorio a la alegría, “Ara que estic mort” (Ahora que estoy muerto). Así, como si de un faraón se tratase, que quiere ser enterrado con sus seres más queridos, aparece cantando en una especie de nicho, junto a sus músicos, y abrigado por la sonrisa de los asistentes, que no pueden evitar que se les escape alguna carcajada cuando Marc les canta a los mismísimos “angelitos”. Los niños del público están felices.

Han pasado más de veinte años, y Marc los ha sabido resumir bajo unos cálidos y confortables metros cuadrados (circulares en este caso), con exquisita pericia, y sabiendo que sus músicos, y su técnico de sonido, Leo Pascual, van a estar a la altura de las circunstancias.

 

Marc, culminas tus veinte años de carrera construyendo un refugio tanto para tu público, como para ti y para tu equipo. ¿Qué quieres expresar con esto?

“Se trataba de encontrar un espacio único, en el que las canciones pudieran desarrollar todo su potencial. Este espacio ha resultado ser el interior de una pequeña yurta en donde el público, sentado en gradas alrededor de la pista en 360 grados, disfruta de una proximidad y una perspectiva inusual para un concierto. Creo que, de esta manera, músicos y público quedamos atrapados en una atmósfera en que las emociones se liberan y se comparten. Entonces me reconcilio con el mundo”.

 

En tu música hablas de muchas cosas, de distintos conceptos tan lejanos entre sí como el amor o la muerte. Hay dos de ellos que se perfilan a menudo en tus letras, aunque no sea de forma siempre explícita; el éxito y el fracaso. ¿Cuál crees que ha sido tu mayor éxito? ¿Te atreverías a mencionar algún fracaso?

“Tanto el éxito como el fracaso, son conceptos muy relativos y subjetivos. Saber colocarlos en su justo lugar es parte de mi éxito, que al final es lo que me permite vivir feliz. Yo puedo convivir con mis errores; con los que forman parte de mi aprendizaje, por supuesto, pero también con los que forman parte de mis debilidades”.

Tras casi treinta años de carrera, la madurez de tus obras es evidente, y aparentemente tu pasado artístico poco tiene que ver con lo que ahora compones, produces y cantas. ¿Es así, o simplemente te has quitado la máscara de forma definitiva?

“La impostura puede ser una manera de hacer espectáculo. Uno puede jugar con el público y construirse un personaje con el que divertirse y divertir a la audiencia. Cuando se trata de crear tus propias canciones, para mí es importante que exista un punto de partida real; una emoción, un sentimiento, una idea… Lo que sea que quieras explicar por que lo has sentido. Luego, escribirlo de la manera más sencilla y directa, suele ser mi opción favorita”.

 

¿Qué sientes por el Chaval de la Peca?

“Actualmente es sólo un recuerdo lejano. No suelo pensar en ello, en su momento ya me dio todo lo que podía darme”.

¿Qué sientes por el Marc Parrot actual?

“Disfruto intensamente y apasionadamente de todo lo que hago”. 

 

Marc termina este día con el tema “Si un dia torno” (Si un día vuelvo). Marc, no vuelvas, simplemente, no queremos que te vayas.

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