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Y, ¿cuál es el proyecto?

Antonio Periánez Orihuela
Maestro de Primera Enseñanza. Licenciado en Filosofía y Letras (Historia del Arte) Doctor en Comunicación Audiovisual. Tesis: La Imagen de Andalucía en el Cine Español (1940-1960) Diplomado por la Universidad de Valladolid. Historia y Estética Cinematográfica. Colaborador varios años del Periódico Comarcal, "El Condado".
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análisis

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Pienso que estamos más indefensos que otras veces en el historial de esa parte social que intenta cambiar la vida de sus semejantes, el sistema capitalista y sus secuaces han logrado desactivar cualquier iniciativa que vaya directamente a la raíz del problema. Y, aunque todos sabemos dónde radica el fondo de la cuestión, damos vueltas sobre nosotros mismos como en el juego de la gallinita ciega. Lo sentimos, porque, al menos de ese juego se saben las reglas, se pueden tocar los demás jugadores para reconocerlos y salvarnos, aquí ni esa posibilidad tenemos.

Lo único claro en este desconcierto es que nuestros adversarios hace tiempo que tomaron la iniciativa y vamos a remolque de los acontecimientos, sólo tenemos la capacidad de defendernos, así que nos situamos, como otras tantas veces, en la resistencia. Por más vueltas que le doy al asunto, no comprendo que la cuestión sea culpar a la permanente división fratricida que acompaña, como una maldición blasfema, a un proyecto de izquierdas que se distinga de lo actual. Las diferencias ideológicas, que alguna vez habría que hacerles frente, no pueden ser insalvables cuando nos va el futuro en ello. Como la mayoría de las veces la izquierda no ha cimentado su posición, así cada uno va por su lado, dando palos de ciegos.

Por su parte, los que están maquinando una solución para la salida de la crisis que se vislumbra, no han tenido ni la mínima originalidad de encontrar un nuevo nombre que enmascare sus pretensiones y, sin disimulo y falta de delicadeza, siguen mirando a unos posibles aliados por la derecha. Este desafío inventado no tiene más que una lectura, si la derecha firma algo, no esperemos que se nacionalice la banca, ni toquen un pelo a todas las empresas privatizadas, cuando ellos han tenido la administración de este país amnésico. La derecha y la ultra caminan por el mismo sendero del que nunca se saldrán, porque carecerán de otras tantas cualidades, pero son fieles a sus compromisos con los principios que defienden.

Esta derecha española no cambia de posición, no transigen porque les va en ello su ideología, que la tienen, por mucho que aborrezcan la de los demás. La nueva derecha está elevando su tono cerril originario y tiene los medios prestos para poner en marcha su potencialidad intransigente, contraprogresista o contrahumanitaria, como queráis decir. Por mansos y dialogantes que se presenten, y no lo hacen, son contrarios a una cultura transformadora, no quieren andrajosos mal educados por los pasillos de las instituciones, no aceptan universidades llenas de una peligrosa “morralla” que les contradice, no quieren asambleas en los barrios que decidan por sí mismas, no quieren algaradas ni protestas de los trabajadores, no quieren huelgas alegando que son manifiestos políticos, no quieren ni oír hablar de revolución, no quieren un contrato social de justicia.

No quieren nada de todo eso, porque prefieren un golpe de Estado cuando les hace falta para sus fines, todavía esperamos que condenen el de Franco y los crímenes de su Dictadura. ¿Tan difícil es saberlo, después de tanto tiempo comprobándolo? ¿Y con esta gente se puede consensuar un Pacto, se llame como se llame? Del anterior, el de La Moncloa, quedan flecos importantes que se negaron y niegan a ejecutar.

Miremos con serenidad una situación peligrosamente grave que caerá como una losa sobre nuestras cabezas cuando el virus y su pandemia den paso al ajuste de cuentas de lo gastado. Desde que comenzó este delirio no han dejado de repetir desde todas las instancias que en este problema estamos todos, que la salvación tiene que ser de todos, pero se guardan lo más difícil de pronunciar y es que la factura la tendremos que pagar entre todos, es la lógica del sistema, se reparten los perjuicios, pero nunca los beneficios. Pese a lo “atado y bien atado” que parece todo, es importante saber el papel que representa la izquierda en las decisiones que cada día parecen más firmes.

Suponemos que este posible Pacto se le ofrece a una derecha levantisca que no lo quiere, de momento, pero, ¿qué tiene esto que ver con una izquierda que se define como progresista y transformadora? ¿Nos encorsetamos a la Constitución sin más o nos demuestran que es lo suficientemente flexible para construir un Pacto Social justo? Me niego a pensar que el papel asignado a la otra izquierda, en esta asamblea de notables, sea el de acompañante, de simple monaguillo o un convidado de piedra como en el mito de Don Juan. Entonces, ¿cuál es el programa, la propuesta de una izquierda en desacuerdo con este Pasillo de Comedias democrático? No es justo añadir otra pandemia a la mayoría social que, por su condición de clase, está soportando este virus.

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