Vox cree que detrás de las protestas antirracistas de Estados Unidos –extendidas ya por todo el mundo−, hay un odio intrínseco de Occidente contra sí mismo. Una especie de suicida “pulsión de muerte” que le lleva a querer dañar y destruir su propia cultura. Todo en Vox tiende a un mismo objetivo: la recreación de un mundo mítico, idílico y feudal lleno de banderas, caballeros andantes, princesas sumisas, ricos y mendigos, cruzadas y batallas gloriosas. En esa especie de ensoñación, Vox reivindica a los Reyes Católicos, al Cid Campeador y a Don Pelayo, entre otros muchos personajes históricos, como padres de la patria. Por supuesto, el primer fetiche a proteger y honrar es Francisco Franco, el hombre que quiso recuperar y refundir todos esos elementos del viejo Imperio Español en pleno siglo XX.

Lógicamente, la obsesión por la vuelta a un pasado grandioso se acaba convirtiendo en enfermiza, ya que anula la realidad del presente. Sin embargo, para que tenga sentido ese Camelot medieval a la española, ese orden cósmico universal, es necesario fabricar un enemigo común exterior que amenace los valores y las esencias patrióticas, un monstruo ficticio contra el que es preciso luchar a muerte. Antes estaba el terrorismo vasco, el espantajo perfecto. Para Vox, con ETA vivíamos mejor, más tranquilos, ya que la santa cruzada nacional y los mártires de la causa tenían todo su sentido y el orden establecido del Antiguo Régimen estaba garantizado. Una España en conflicto bélico permanente contra los infieles a la patria es el ideal de país estable con el que sueña Abascal y por eso siempre lleva su Smith and Wesson bajo el brazo, para que no se le olvide que una guerra no termina nunca.

El problema es que el terrorismo vasco ya no existe, por mucho que el líder ultraderechista y también Pablo Casado se empeñen en volver una y otra vez a los años del plomo, a los GAL, al enemigo separatista que atacaba a España con tiros en la nuca y bombas lapa. Liquidada la banda terrorista, ya no hay enemigo común y es preciso crear nuevas amenazas a la españolidad, fantasmas acechantes como los chavistas que aspiran a instaurar el comunismo, las peligrosas feministas que atentan contra el poder macho, los homosexuales que pretenden romper la familia tradicional o los inmigrantes que contaminan la pureza de la raza. El último enemigo de videojuego fabricado por Vox es el antifa, el activista que sale a la calle a protestar contra el racismo y a asesinar, vilmente, las estatuas de Colón, Cervantes y Hernán Cortés. En su delirio por construir enemigos permanentes, Vox confiere entidad física, vida propia y encarnadura a figuras de piedra de exploradores, conquistadores y escritores que vivieron hace más de cinco siglos. Si ya no hay guerra se inventa, y la nueva cruzada ultraderechista está en tratar de impedir que al Manco de Lepanto le peguen un tiro en la nuca o que al descubridor de las Indias lo vuelen con dinamita a la manera etarra o que al conquistador de México lo secuestren y lo arrastren por el suelo con una soga. Para evitarlo, Vox cree que a toda esta gente insigne de granito hay que ponerles escolta como se hacía antaño con los concejales en el País Vasco. Y no hay que escatimar en dinero. Un policía no ya en cada esquina, sino en cada estatua, aunque las plantillas diezmen y al final no haya agentes suficientes para perseguir a los butroneros albanokosovares que hacen el agosto estos días. Así lo ha dejado caer al menos el diputado ultra por Sevilla Francisco José Contreras, que ha presentado una Proposición No de Ley relativa a la “protección de monumentos y estatuas de personajes históricos españoles”. Contreras apuesta por “adoptar, en coordinación con las Administraciones locales, las medidas adecuadas para velar por la seguridad de las estatuas y monumentos y figuras de la historia de España, especialmente las asociadas a períodos como la Reconquista o la hispanización de América”. Según Vox, tras la muerte de George Floyd a manos de un policía supremacista en Mineápolis se ha desencadenado en Occidente una “furia de violencia ultraizquierdista” contra estatuas y monumentos de nuestro pasado. “No se trata de antirracismo sino de una extraña pulsión de muerte que lleva a una parte de la sociedad occidental a odiar su propia historia y cultura”, insiste.

¿Qué quiere decir toda esta verborrea y esta defensa cerrada de unas cuantas efigies polvorientas e inertes que sirven para que se posen las palomas y poco más? Que Vox no piensa dejar solos a sus últimos héroes en esta batalla final por defender el pasado. Que va a exigir que se ponga policía, en turnos de día y noche, a los pies de cada estatua en cada pueblo y en cada ciudad del país. Colón ya nunca más quedará solo y desamparado en su difícil tarea de señalar con el dedo índice, eternamente, al horizonte marítimo de Barcelona; Cervantes siempre tendrá un picoleto o un madero a su lado mientras vigila desde lo alto a sus hijos literarios, el hidalgo Don Quijote y su noble escudero Sancho Panza, en la madrileña Plaza de España; y Fray Junípero Serra ya no sentirá el miedo a ser vandalizado con pintura roja y el burdo grafiti de “racista” mientras levanta el crucifijo en el centro de Mallorca. Porque fondos de la Junta de Andalucía para proteger a las mujeres maltratadas (esos “chiringuitos feministas”) no habrá, pero para ponerle un guardaespaldas a un figurón de bronce, para eso siempre hay dinero. Faltaría más.

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