Todo está decidido en la Asamblea General de Vox que se celebra este fin de semana en Vistalegre (Madrid). La reunión, que prevé reunir a más de 9.000 personas, tiene tres objetivos: consolidar el poder total de Santiago Abascal (remarcando, aún más si cabe, el carácter centralista y vertical del partido); acabar con cualquier foco de oposición interna o intento de crear “baronías” territoriales; y servir como dique de contención del pensamiento machista frente a las multitudinarias manifestaciones que se celebran en toda España con motivo del Día de la Mujer. No es ninguna casualidad que Vox haya elegido precisamente el fin de semana del 8 de marzo para exhibir su músculo y su vigor. Si el proyecto ultra tiene una razón de ser esa es derogar la Ley de Violencia de Género y sustituirla por otra normativa más ambigua de “violencia intrafamiliar”, además de acabar con el aborto en España y consolidar los “derechos de los no nacidos”.

Nada nos lleva a pensar que Abascal no pueda revalidar formalmente su liderazgo al frente de la formación ultra durante cuatro años más. Como tampoco hay indicio alguno que nos haga sospechar que en el transcurso de la Asamblea aparecerá una voz discordante, candidato alternativo o corriente crítica que pueda hacer sombra a los planteamientos ideológicos del “amado líder” (más que como un partido de una democracia liberal, Vox se comporta ya como una secta regida por férreas y opacas normas internas). De ese opositor canario, Carmelo González, que anunció su intención de concurrir a las primarias y que no sumó el número de firmas necesarias, según la versión oficial, nunca más se supo.

En realidad Abascal no tiene que medirse con ningún rival sencillamente porque no lo hay. Y no existe porque la dirección política ya se ha encargado de eliminar cualquier foco de disidencia. El que no sigue el pensamiento único termina en la calle y en su lugar se coloca a un pelota sin estudios y con muchas ganas de gresca contra el comunista indepe. Es así como funcionaba la Falange, el modelo estructural elegido por Abascal para implantar su proyecto político totalitario en España. Vox es como la Falange pero maquillada, light, el poder de lo “cuqui”, por utilizar el título del magnífico libro del filósofo británico Simon May del que todo el mundo habla y que ahonda en la superficialidad y frivolidad que se ha instaurado en Occidente en este convulso siglo XXI lleno de guerras, pestes, hambrunas, populismos demagógicos y destrucción planetaria a causa del cambio climático. Si Japón, temible potencia fascista del Eje, fue capaz de pasar de Estado imperialista, genocida y totalitario, a país “cuqui”, con sus tebeos manga, sus ninfas escolares en minifalda, su inocencia naif y su infantilismo electrónico utratecnificado, cómo no iba a poder Abascal hacer la revolución desde el franquismo sociológico duro y requeté hacia un partido travestido de constitucionalismo pero que a fin de cuentas esconde todos y cada uno de los principios generales del Movimiento Nacional que inspiraron nuestra cruenta dictadura.

Según May, todos nos hemos dejado influir ya por el mundo “cuqui” en el que nos movemos, que está repleto de muñecas Hello Kitty, emoticonos felices y tristes, bares de diseño, ensaladas de quinoa y tacitas con unicornios rosa y baratos lemas de autoayuda como “persigue siempre tu sueño” o “si lo deseas lo conseguirás”. Pero al igual que detrás de ese universo ficticio de colores pastel y lazos púrpura hay algo enfermizo, macabro, sórdido, también detrás de las amables banderas españolas al viento de Vox y su defensa del Rey y la Constitución hay una cara oculta terrible: el nuevo “fascismo blando” que quieren imponer los movimientos patrióticos xenófobos y antifeministas en todo el mundo.

De la Asamblea Nacional de Vistalegre sale poca cosa: apenas una reforma de los estatutos que no hace más que ampliar el poder de la dirección nacional, el poder de Abascal a fin de cuentas, ya que el partido es Él. La nueva redacción de las normas internas, distribuida esta semana a los afiliados, amplía las competencias del Comité Ejecutivo Nacional, que a partir de ahora podrá acordar instrucciones “de obligado cumplimiento para todos los órganos del partido”. De esta manera, Abascal asume la competencia de cesar a los miembros de su propio equipo sin necesidad de convocar la Asamblea General. Es decir, más jerarquía y centralismo, más caudillismo en estado puro, el ordeno y mando de cualquier régimen dictatorial.

De Vistalegre sale la confirmación, una vez más, de que Vox siente verdadera alergia ante la libertad de expresión y la prensa libre, ya que los medios críticos de la izquierda siguen estando vetados. Por supuesto, el informe del tesorero y las cuentas del partido del año 2019 se aprueban de forma rutinaria, de puntillas y sin entrar demasiado en los céntimos, para que no tenga que hablarse de cómo Vox se fundó con un millón de euros del exilio iraní, el grave asunto de las donaciones secretas del Consejo Nacional de la Resistencia (el famoso CNRI, un grupo cuyo brazo armado figuró hasta 2012 en la lista de organizaciones terroristas de EE.UU). Nadie tendrá que aclarar si todo ese pastizal terminó en la caja fuerte del partido ultraderechista y si sirvió para pagar salarios, gastos judiciales, alquileres y actos electorales, según informó el diario El País.

El momento estelar llega cuando el secretario general, Javier Ortega Smith, sube al escenario para escenificar la batalla contra el “feminismo supremacista” y apuntalar las cuatro ideas del partido, o sea el guerracivilismo frentista como forma de hacer política y la cruenta oposición que Vox seguirá haciéndole al Gobierno para derribar a Pedro Sánchez a cualquier precio. “Frente al totalitarismo progre y separatista instalado en La Moncloa, hay una alternativa de libertad y sentido común”, aseguran fuentes del partido.

Y poco más. A fin de cuentas el populismo demagógico es fútil retórica patriotera vacía de contenido. Todo empieza y todo termina en un estallido de aplausos, la efervescencia exaltada, algún que otro insulto contra el PSOE y Podemos y a cuadrarse delante del jefe, que se deja retratar sonriente y victorioso en el atril. El himno nacional con la mano derecha en el pecho, El novio de la muerte y para rematar El cara al sol. Todo muy constitucional y muy democrático.

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