El pasado sábado, Vox-Ávila publicaba un tuit en el que la formación ultraderechista anunciaba, con su habitual grandilocuencia patriotera de opereta, el inicio de una “campaña en defensa del patrimonio cultural y la difusión de la historia” de aquella hermosa tierra castellana. En realidad, la campaña no aclara cuál es el poderoso enemigo invisible que amenaza la riqueza histórico-artística de los abulenses, pero ese no es el principal misterio del asunto, sino tratar de averiguar por qué los responsables de comunicación de Vox, en un error monumental, nunca mejor dicho, emplearon un mapa de la provincia de Segovia para ilustrar su campaña sobre Ávila.

Es conocida la sana y ancestral rivalidad que existe entre los habitantes de ambas provincias, de modo que el despropósito geográfico de Vox-Ávila −cuyo mensaje estuvo publicado en Twitter durante casi un día−, ha llevado a no pocos paisanos abulenses a sentirse defraudados y traicionados por un partido que supuestamente dice defender las esencias y las raíces culturales de la España vaciada. Mal puede preservar un partido político los intereses de una provincia o región cuando ni siquiera es capaz de situarla en el mapa. A los ultras de Abascal se les llena la boca de patrias, las grandes y las chicas, y cuando se les pide que pongan el dedo en el atlas se confunden, se pierden, no saben dónde están.

Vox es un partido negacionista por influencia yanqui, qué duda cabe, pero negarle el mapa a las gentes de Ávila y endosarles el de Segovia es llevar el manual “trumpista” demasiado lejos. El habitual delirio patriótico que padece Vox y que le induce a alterar gravemente la realidad de la historia y de los hechos, creando mundos alternativos de ficción, se está agravando por momentos, y el problema ya no es que pretendan hacer creer a los españoles que están viviendo en la chavista Venezuela, con Caracas como capital en lugar de Madrid, sino que ahora se trata de darles el cambiazo a los pobres abulenses y adjudicarles el mapa segoviano con el que no tienen nada que ver. El intento de los señores de  Vox por revisionarlo y adulterarlo todo −la geografía, la política, la historia, la ciencia, la guerra civil, el franquismo−, se está convirtiendo en un juego peligroso, y si hoy son capaces de intercambiar el mapa de dos provincias españolas, con total impunidad, mañana pueden convertir a los vascos en andaluces y a los catalanes en madrileños, lográndose por fin la “España unitaria” con la que sueña Santi Abascal.

Cualquier engendro puede salir de las cabezas de los ideólogos de Vox que proyectan su nueva idea de España, desde atribuir el chuletón de Ávila y la sopa castellana como platos típicos de Canarias hasta adjudicar las yemas de Santa Teresa como un gran postre valenciano. Las técnicas de desinformación, engaño, bulo, retórica manipuladora y neolengua que suelen emplear los propagandistas goebelsianos del partido verde están llegando demasiado lejos, hasta sumir a los españoles en un mítico y mágico mundo de confusión para que no sepan quiénes son ni dónde viven. En su intento por trastocar la España geográfica y su pasado, los falsos historiadores de Vox pretenden hacernos creer que la guerra civil fue, no la consecuencia de un cruento golpe de Estado, sino un ataque de los rojos bolcheviques contra el que Franco reaccionó para defender el país. O que Hernán Cortés llevó la paz, la hermandad y el amor libre a las Américas, como un jipi pacifista del siglo XVI.

Minutos después de la chapuza de Vox-Ávila, el mensaje fue convenientemente borrado para evitar el bochorno y en su lugar apareció una disculpa: “Ante las críticas ocasionadas por nuestra publicación en la que utilizábamos por error un sello de Correos con el mapa de Segovia y no de Ávila, desde Vox-Ávila queremos pedir sinceras disculpas a todos aquellos que os hayáis sentido ofendidos por nuestro error”. Pero el disparate no iba a quedar ahí. A alguien, sin duda con mala intención, se le ocurrió endosarle el despropósito a Adriana Lastra, la portavoz socialista en el Congreso de los Diputados. “Me encanta visitar Ávila”, rezaba un mensaje sobre una foto del Acueducto de Segovia en una cuenta falsa a su nombre. La portavoz de Pedro Sánchez tuvo que aguantar una cascada de insultos e improperios de gente que la acusaba injustamente de inculta, de modo que la diputada asturiana tuvo que salir a explicar que estaba siendo víctima de una intensa campaña de desprestigio: “Unas horas sin entrar en Twitter y me veo como trending topic por un fake promovido por la extrema derecha. No, el tuit no es mío, es un fake (…) Ya empiezo a acostumbrarme a los ataques de esta gentuza, y eso me preocupa. Me preocupa normalizar los ataques selectivos que sufrimos”, se lamentó la diputada socialista.

Pero ya era demasiado tarde. El ejército de millones de bots de Abascal había consumado una de sus habituales cacerías tuiteras y le habían colgado a la portavoz socialista el cartel de ágrafa indocumentada que no sabe de nada. En realidad, el error geográfico había partido de Vox-Ávila, un lugar donde por lo visto también han aterrizado los políticos paracaidistas de otras regiones de España que se jactan de pelear por aquella sufrida tierra castellana acosada por la despoblación y la miseria pero que a la hora de la verdad no conocen ni el mapa de la provincia que con tanto patriotismo dicen defender.

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