Cuando uno tiene diez años el paso del tiempo y de la vida, se mide de una forma bien simple. Viejos, jóvenes y niños, esas eran las tres categorías en las que mi mente clasificaba a las personas en general y a los habitantes del pueblo en particular, aunque el límite entre una categoría y otra a veces resultase confuso.

Sin duda el grupo de los viejos era el más numeroso. El cura, el maestro, Tasio el del bar, mi padre e incluso mi madre eran tan viejos como sus ajados rostros me parecían, como sus maltratados cuerpos aparentaban o como las ropas sucias y rotas que les vestían.

Lo cierto es que yo no sabía cuantos años tenía mi madre, pero observaba a escondidas sus manos ásperas y enrojecidas cuando regresaba del lavadero, cuando ordeñaba la Pinta o cuando se recogía el pelo en aquel moño redondo y deshilachado sobre la nuca, y pensaba que debía ser muy vieja. Tanto como sus medias de lana o como su ropa negra de luto interminable. Solo cuando la miraba a los ojos dudaba, y de repente me parecía joven y hermosa como una rama nueva comenzando a brotar. Entonces esa vejez que tan nítidamente reconocía en las manos, se diluía en sus pupilas.

Me parecía que el pueblo estaba lleno de viejos; zombis que deambulaban de casa a las tierras, de las tierras a las cuadras, de las cuadras al bar y del bar de nuevo a casa un día y otro y otro más. Hombres y mujeres que trabajaban mucho y hablaban poco, porque había poco que contar.

Yo merodeaba en torno a ese mundo sordo, mudo, ciego y sobre todo antipático, tratando de saber lo que ellos sentían o pensaban. En casa me explicaban más bien poco y no entendía casi nada, sin embargo no hacía preguntas. Salía a la calle a derrochar esa energía que a mí me sobraba y a ellos les faltaba, y con eso me conformaba. 

Era martes. Candy y yo jugábamos a la peonza en la plaza, cuando Upe y Damiana pasaron a nuestro lado mascullando su incomodidad por nuestra simple presencia.

– ¿Molestamos? dijo el valiente de Candy en un susurro inaudible para las viejas solteronas, que sordas como tapias avanzaron sin mirar atrás.

Candy se giró, dejó que nos sobrepasaran y solo entonces se levantó y caminó tras las hermanas imitando el andar rígido y chepudo de Damiana, cuya deformidad le obligaba a ir encorvada y mirando al suelo.

Creí que le descubrirían y temí por su integridad física mientras me destornillaba de la risa cuando Candy se giraba hacia mí, haciendo muecas y exagerando los movimientos arrítmicos de Damiana al avanzar. Si Upe le intuía y daba la vuelta le golpearía con el palo de la escoba que llevaba bajo el brazo, sin embargo, no ocurrió. Las hermanas siguieron caminado y solo cuando Candy se cansó de hacer teatro, vino a mi encuentro y me dijo:

– Vamos, tengo una idea.

Corrí tras él hasta llegar al prao del que Upe y Damiana volvían y fui cómplice de una maldad pequeña e inocente como la niñez y al mismo tiempo grande y dolorosa como la vejez. Durante horas nos revolcamos entre las hojas secas que Upe y Damiana llevaban días amontonando en una esquina de la finca, a sabiendas de que tendrían que volver a apilarlas; de que destruíamos el trabajo de días; a sabiendas de que las hermanas estaban enfermas y cansadas; de que eran débiles y viejas, sobre todo viejas.  

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