Víctima es quien sufre un daño por causa de una acción o un suceso.

La psicología nos habla del victimismo como una forma de ver la vida, una orientación automática hacia las situaciones que uno percibe como injustas. Un modo de evitar asumir la responsabilidad de las acciones propias, proyectando la culpa en los demás. De esta forma se influye en sus comportamientos, recibiendo a cambio atención, ayuda, favores, compañía, lástima o simpatía de los otros.

Para los hombres, es una cualidad que nos define. Sobre todo cuando nos referimos al género, la igualdad entre los sexos, y a nuestra relación con las mujeres.

Si nos remontamos a los orígenes, ya en el Génesis, se identificó claramente a la primera víctima de la humanidad, el hombre, y a la primera victimaria, la mujer, porqué fue una mujer la que dijo al hombre que comiese del árbol prohibido, y por tanto la culpa no fue de quien actuó, Adán, sino de quien lo propuso (Eva).

El hombre siempre aparece como víctima de todo sobre lo que tiene responsabilidad; de los celos de la mujer, de su provocativa forma de vestir que incita a los otros hombres, del tiempo que tenemos que dedicar al hogar y los hijos tras el trabajo. De no tener una camisa, un pantalón limpio y planchado, o la comida en la mesa.

“El hombre siempre aparece como víctima de todo sobre lo que tiene responsabilidad; de los celos de la mujer, de su provocativa forma de vestir que incita a los otros hombres”

Víctimas de los hijos que las quieren más a ellas. De una sociedad que no nos comprende, y las apoya incondicionalmente. De las leyes contra la violencia de género qué solo piensan en las mujeres, olvidándose de nosotros. De las campañas públicas en favor de una igualdad que ya existe. Víctimas de un feminismo radical que solo busca hacer daño.

Maltratados por jueces y políticos que empoderan a las madres, y discriminan a los padres. Víctimas del síndrome de alienación parental, de las denuncias falsas, las medidas de discriminación positivas, las listas cremalleras, la paridad, el techo de cristal, el suelo pegajoso, y la brecha salarial. Víctimas de lo políticamente correcto.

Víctimas de la reducción de nuestras posibilidades de empleo y promoción por el acceso masivo acceso de ellas a puestos y funciones que no les corresponden, en un mercado que no tiene empleo para todos.

Víctimas de los accidentes de circulación, los delitos violentos, y los suicidios. De ser carne de cañón de prisión, de los infartos, depresiones, enfermedades mentales, y de una peor calidad y esperanza de vida.

Víctimas de una ceguera de género que nos impide ver las verdaderas razones de nuestro victimismo. Víctimas de nosotros mismos, de una manera violenta y agresiva de entender la existencia. De una sexualidad que nos reprime y condena a ser quien no somos. Víctimas de ser hombres.

Los hombres somos víctimas porque es la forma que tenemos de reivindicar e imponer un protagonismo que no merecemos. De conseguir la seguridad y el afecto que no damos, de acallar nuestra dependencia emocional. De ser incapaces de vivir sin ellas, porque en realidad no somos nada y casi todo es fachada y mentira.

Víctimas de la atrofia afectiva y emocional que padecemos, de la falta de amor y empatía con la que percibimos e interiorizamos lo que nos sucede y rodea, de nuestra superioridad, arrogancia, privilegios, del patriarcado y del machismo que, practicamos, negamos, y defendemos.

Y es aquí donde debemos situar nuestro compromiso y cambio para dejar de ser víctimas y ser protagonistas. Protagonistas de nuevas formas de ser y sentir eso que llamamos Hombre.

Diversos, plurales, diferentes, capaces, preparados para asumir nuestra existencia con normalidad y compromiso. Sin miedos, violencias, ni victimismo.

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