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UNICORNIOLOGÍA

Jorge A Guerra
(Valladolid, 1978) es cómico, responsable de redes y guionista en radio, previamente en televisión. Licenciado en Veterinaria, dejó el mundo animal para pasarse al humano, mucho más animal si cabe, según él. Hombre de bar de servilleta al suelo y fácilmente indignable.
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El unicornio (Equus elasmotherium monoceros) es un mamífero perisodáctilo de un único dedo y dos dedos rudimentarios laterales. Es un herbívoro monogástrico, por tanto no rumiante. Al carecer de rumen, la fibra se degrada y fermenta en el intestino grueso, parte fundamental de su sistema digestivo. Éste es de naturaleza delicada ya que procesa pequeñas y frecuentes cantidades de comida al día que son absorbidas para producir energía. Sin embargo, debido a su carácter mágico, el unicornio puede permanecer varios días sin llevarse alimento alguno o agua a la boca sin que esto suponga un mayor coste energético ni degradación muscular.

Su origen se remonta al principio del principio, cuando todo era silencio, vacío y oscuridad. Puebla la Tierra desde mucho antes que cualquier ser vivo, incluidos los procariotas. Su aparato digestivo fue evolucionando con la misma evolución hasta nuestros días. Pese a que pueden pasar hasta varios meses en soledad, en general es un animal social y nada jerarquizado, organizándose en manadas en las que todos actúan como líderes y todos responden a un bien común caracterizado, más que por la perpetuación de su especie, por el altruismo para con las demás. Su hábitat es variable pero con preferencia nemorosa. Buscan las partes del bosque más externas y cercanas a las lagunas o a llanuras húmedas ricas en pastos.

Son animales grandes de capa blanca aunque la presencia de células cromatóforas en la parte más externa de su piel les permite cambiar temporalmente de color en situaciones que así lo requieran. Su altura oscila entre los 160 y los 200 cm y su peso entre los 400 y los 600 kilogramos. Su esqueleto consta de un número variable de estructuras óseas que van desde una sola unidad cartilaginosa móvil a 250 huesos. Puede tener o no, vértebras. En caso afirmativo, éstas varían en número, yendo de 0 a 50. Poseen, tanto en sus miembros anteriores como posteriores, poderosos músculos, fuertes tendones y los ligamentos más resistentes que se conocen dentro de los seis Reinos de la Naturaleza: Animal, Plantae, Fungi, Protista, Mónera y Fantasía.

Sus extremidades les sirven de sostén y de equilibrio. Son robustas pero flexibles, permitiendo el movimiento elegante y armónico que caracteriza a los unicornios. Son las anteriores las que soportan la mayor parte de su peso; por ello son, a nivel de macro y microvisibilidad, más fibrosas que grasas. Las posteriores están adaptadas a la carrera y sus cascos están conformados por tejido córneo que absorbe impactos de notable magnitud. Su rodilla, a diferencia de otros équidos, carece de rótula y, por tanto, de bloqueo rotuliano. Esto es debido a que el unicornio no necesita descansar. No se conocen defectos en sus aplomos.

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A la vista, muestra el aspecto de un caballo joven y robusto. Su cabeza es alargada y termina en dos bellas orejas, perfectas, arqueadas, puntiagudas y erguidas. Su tamaño es siempre proporcional al tamaño de la cabeza para que, así, estén en armonía con todo el perfil del animal. Actúan de forma independiente al resto del cuerpo, otorgando al unicornio la posibilidad de centrar su atención en varios puntos diferentes a la vez. Su movimiento es clave para descifrar los mensajes que envían a través de ellas y entender su estado de ánimo. Por ejemplo, un unicornio muestra alegría y felicidad cuando ambas orejas se muestran relajadas y caídas, signo a su vez de disposición y cooperación. Cuando las orejas se mueven de manera repetida hacia atrás y adelante es, a menudo, señal de incertidumbre. Unas orejas “tumbadas” hacia atrás y pegadas a la nuca, indican que el unicornio se encuentra enojado y puede atacar. Sin embargo su noble naturaleza hace que el unicornio rara vez muestre agresividad, optando por la huida gracias a su capacidad teletransportadora. Es mucha la bibliografía que habla de unicornios voladores pero esto es un error. No hay constancia de ninguna especie de unicornio con esta habilidad. El único equino volador conocido hasta ahora es Pegaso, famoso por haber brotado de la sangre de la gorgona Medusa al ser decapitada por Perseo y protagonista en muchas de las hazañas logradas y vividas por Belerofonte, su heroico dueño.

Los ojos de los unicornios son grandes y sobresalen un poco del cráneo. Su conjuntiva es de un vivo rosa en contraste con el azul brillante de su iris. Están rodeados por unos finos párpados de pelos cortos y largas y elásticas pestañas, móviles y bien alineadas. La ubicación lateral de los ojos les da una visión periférica de amplio grado, entre 320 y 340 grados; esto es esencial para permanecer vigilantes durante el pastoreo y abarcar una mayor zona de peligro. Su visión es monocular y cada ojo, por separado, puede transmitir una imagen distinta al cerebro a través de los nervios ópticos correspondientes. Pueden ver a distancias que rondan los 800 metros, en especial de día, si bien su visión nocturna no es nada desdeñable, pudiendo convertir  ondas electromagnéticas invisibles como los rayos infrarrojos y microondas, a visibles. Aunque algunos autores inciden en la visión monocromática de los unicornios, recientes estudios han probado la existencia de conos en su retina. Esto nos permitiría aseverar que distinguen los colores. No se descarta, sin embargo, la presencia de algún tipo de daltonismo, en especial la incapacidad para distinguir el color rojo, disfunción conocida como protanopia. En conjunto, la mirada que le otorga su fisionomía ocular expresa dulzura, inteligencia e inspira confianza pero, a su vez, denota que son animales de fuerte carácter y raza.

La nariz u ollares se encuentran en el extremo distal de la cabeza. Suelen ser anchos, muy elásticos y su situación lateral les permite captar olores de todo su entorno. Los machos son capaces de percibir el olor de una hembra en celo a una distancia de un kilómetro. La situación anatómica estratégica y las características tisulares tanto de los ollares como de los labios, belfo y barboquejo, hacen que los unicornios puedan emitir 8 sonidos básicos: relinche, bufido, chillido, rugido, soplido, saludo, cortejo y ronroneo maternal. En el Journal of Biological Research and Global Applied Science, el artículo “Ungulata research-based: hoofed, facts & unicornology” (Haas et al., 1974) se habla de 15 sonidos. De estos, cabe destacar el tarareo, el cual utilizan para entonar bellas melodías y canciones de cuna, y el arrullo. La comunidad científica se muestra dividida respecto a esto último, aún hoy.

Pero, sin duda, el elemento más característico de la cabeza de los unicornios, además de la barba chivesca y de su larga y hermosa crin de fino y blanco pelaje, es su espiralado cuerno mágico. Está probado que detecta el veneno, protege contra hechizos y conjuros y cura heridas y enfermedades de toda índole con un simple roce. De ahí la importancia del unicornio para mantener su ecosistema puro y descontaminado. Al inclinarse a beber en ríos, lagos y manantiales, el cuerno se ve sumergido en las aguas, purificándolas y regenerando la vida acuática al instante. El cuerno es, además, el responsable de su longevidad y de su perenne aspecto juvenil, gallardo y jovial. Se conocen especímenes de más de 1000 años aunque no hay evidencias sobre la inmortalidad que muchos teóricos le atribuyen.

Se trata, por tanto, de un animal bello, afable, honesto y puro, esencial para mantener el equilibrio en la naturaleza y el flujo energético entre los seres vivos, inertes y su ambiente.

El único problema con el unicornio es que no existe. De ahí que no se estudie en ninguna facultad, ni de Biología ni de Veterinaria ni de ciencia alguna.

No ocurre así con el Derecho, ese conjunto de normas jurídicas permanentes y obligatorias, creadas por el Estado para la conservación del orden social. El Derecho existe. Para algunos y, de manera simplificada, desde que el hombre se asoció (“ubi societas, ibi ius”). También existen las leyes, reglas o normas, preceptos dictados por autoridades competentes; aunque este último término, competencia, pueda ser rebatido constantemente a los ojos de los profanos en la materia y ciudadanos de a pie. Las leyes se crearon para limitar el libre albedrio del ser humano inserto en una sociedad y es el principal medio de un estado para vigilar que el comportamiento y la conducta de sus habitantes no se desvíe ni perjudique al prójimo. Lo que nos dicen y repiten sin pudor o decencia que existe, es la justicia (permitan que escriba esta palabra en minúscula).

Tengo numerosos amigos y conocidos, abogados, algún que otro notario y he conocido hasta cuatro jueces en mi vida. La pregunta que siempre me asalta es ¿por qué gente inteligente y honrada en un principio decidió en algún momento de su vida dedicar su tiempo a estudiar una materia cuya aplicación final es la consecución de algo que no existe y no deja de ser nada más que un quimérico y romántico concepto como es la justicia?

No voy a enumerar ejemplos ni personales ni generales-sociales que sustenten mis palabras. Basta con seguir la actualidad. No dejan de ser patraña utópica lemas, más bien eslóganes propagandísticos, como “la justicia existe” o “la justicia es igual para todos”. Aunque los entiendo, tampoco apoyo esos gritos de indignación de la sociedad que aseguran que «la justicia es una mierda». No puede ser una mierda algo que no existe. Al menos en este Reino; quizás exista en Fantasía y sean los unicornios quienes se encarguen de impartirla con su cuerno mágico a modo de mallete.

Así pues, no deja de hacerme gracia la contra-indignación de la comunidad judicial, molesta y atribulada, por la «virulenta» respuesta social a los últimos hechos acaecidos, consecuencia de esa justicia que ya muchos consideran tomadura de pelo. Portavoces de asociaciones jurídicas, magistrados y en especial, Carlos Lesmes, Presidente del Consejo General del Poder Judicial, quien ha dicho que «se compromete gravemente la confianza que nuestro sistema de justicia merece de los ciudadanos, debiendo recordarse que es nuestra Constitución la que establece una justicia impartida por jueces y magistrados profesionales, independientes e imparciales”: háganselo mirar. Vista y conocida la manera de aplicar las leyes en este país para conseguir la utópica justicia de la que tanto presumen, la confianza que “su” sistema de justicia merece de los ciudadanos es nula y la Constitución que la ampara no es más que un libro.

Por eso, con todos mis respetos para los que siguen ese camino, me sorprende que haya gente que decida estudiar Derecho tal y como está establecido y politizado. Yo sentiría una gran desazón si siendo electricista y tras haber realizado una costosa instalación eléctrica, diese al interruptor para seguir viendo oscuridad. Desde luego, en mi caso, si estudié veterinaria fue por los animales que sí existen, no por los unicornios.

De todos modos, hay algo que aquellos que disfrutan de la fantasía y las leyendas, olvidan muy a menudo. Y es que, los unicornios, de existir estarían enclavados en la Familia de los équidos, en el Superorden de los ungulados. Y éstos, por muy bonitos que sean, también se van cagando a su paso y espantan moscas con el rabo.

 

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