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Un Tongariro a los Reyes Magos (Crónica de viaje IV)

Mónica Molner Andrés
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Máster en Fitoterapia, Homeopatía y Medicina China. Máster en Homeopatía (CEDH). Máster en Anticoncepción y Salud Sexual y Reproductiva. Autora de dos libros: “Allioli en la Malvarrosa” y “universo Malva-Free”
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Apurando esos días del año en los que todo son buenos deseos, combino mis retoques a la carta de los Reyes con los momentos vividos entre explosión de paz y la mayor paleta de verdes que pueda recordar. Te regalo mi paseo por el otro lado del mundo para que lo puedas disfrutar, aunque sea para hacer un paréntesis entre turrones y regalos.

En el Parque Nacional de Tongariro en la Isla norte de Nueva Zelanda, se combinan senderos donde el musgo y los helechos convertidos en palmeras te dan la élfica bienvenida, con otros repletos de pantanos que resultaron siniestros para Sam y Frodo en la famosa trilogía y ahora, con los colores del atardecer, el paseo de madera por donde discurres, es un abanico de marrones salpicado por pequeñas lagunas donde habitaran seres de este mundo que no me quitan el sueño.

Por todos lados huele a respeto por la Madre Naturaleza, las 3 chimeneas gigantes Ngauruhe, Ruapehu y Tongariro observan ahora cual Reyes Magos como nosotras, las hormigas, disfrutamos sólo con mirarlos. Nuestro primer viaje en aeroplano se produce sobre un paisaje volcánico dormido y tranquilizo a la peque preocupada por si despierta, asegurándole que entonces, estaríamos en el lugar más seguro. Incluso si en ese momento se produjera la temida ola que quisiera engullir la pequeña isla, seriamos testigos de excepción.

De repente, la avioneta es como una barca bailando con las ondas de las olas y apenas unos pequeños movimientos en tu estómago que te recuerdan lo insignificante que somos. Nuestro vuelo acaba sin problemas, ni erupciones volcánicas ni avalanchas ni tsunamis. Por desgracia, un mes después, otros como nosotros sufrieron el despertar de un dragón que nadie esperaba causando heridos y llevándose vidas inacabadas.

Me faltan manos para hacer todas las fotos que quiero. Ovejas, hielo, volcanes, verde, árboles milenarios que me transportan por momentos a los incendios de nuestra querida España. Tenerife lloraría de rabia si se enterara de esto.

Aquí por todos lados el agua corre libre y limpia, sagrada para los maoríes que ven en ella a sus ancestros por lo que no puedes ni tocarla. Su sonido te acompaña para recordarte que estás en un lugar privilegiado del planeta, apenas un punto y coma en comparación con su inmensa vecina Australia, también cegada por el humo y que pide desesperada le envíen la mascarilla de oxígeno.

Demasiados puntos calientes en el planeta y no precisamente por el sexo, faltan Central Parks en nuestras ciudades grises de contaminación, pequeñas Nueva Zelanda repartidas por todo el globo para dar vida a un Amazonas desesperado porque no da de sí, aunque su presidente lo niegue, y mientras en Valencia, los jardines de Viveros seguirán haciendo lo que pueden para mantenerse como el corazoncito verde de nuestra ciudad , que miran a sus hermanos mayores deseosos de ser algún día tan grandes como ellos.

Aprovecharé antes de enviar mi carta al buzón, para pedirles a los Magos de Oriente un poquito de oxígeno verde y de amor por la Madre Tierra para este occidente contaminado.

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