Desde hace cierto tiempo, cada viernes, la primera cadena de TVE emite un programa, Cena con mamá, que no tiene otra virtud que la de escoger un personaje conocido y realizar una especie de reportaje medio dramático cuyo momento culminante es esa cena con la madre del personaje en cuestión.

Se trata de un programa típico, de esos en que sólo se trata de dar pábulo al escogido con el pretexto de esa cena de homenaje a su señora madre. Un programa aparentemente inocuo y, a mi parecer, algo insulso, dirigido, sobre todo, a aquellas personas que gustan de meter el hocico en la intimidad de los demás, mejor si son famosetes, y aunque la intimidad que se venda sea absolutamente fingida, cien veces editada, cribada, edulcorada y, naturalmente, por todo ello, de más que dudosa veracidad, como es el caso.

La edición del día 31 de mayo estaba dedicada al chef Jordi Cruz, especialmente conocido por su participación en el programa Master Chef, que emite semanalmente la misma cadena, y a su respetable madre, a quien invitaba a cenar. Allí, se dieron cita todos los tópicos al uso: amor y orgullo de madre, amor y orgullo de hijo, anécdotas simpáticas con algún otro miembro de la familia, etc. Nada nuevo bajo el Sol. Sin embargo, me llamó poderosamente la atención que, tratándose de una familia catalana, entre ellos, hablaran siempre en castellano. Madre e hijo, madre e hija, hermano y hermana y con un acento catalán que delataba claramente que su lengua habitual no era precisamente esa.

¿Qué había sucedido? Pues está muy claro: en aras de facilitar la comprensión al público mayoritariamente no catalanohablante al que se dirige el programa, se renunciaba claramente a la veracidad, a la espontaneidad y a mostrar las cosas como son en realidad. ¿Tanto habría costado que, en los momentos en que los miembros de la familia interactuaban entre ellos, se les hubiese permitido usar su lengua, colocando unos subtítulos, igual que se hizo en los escasos momentos en que a un vecino o un tendero habitual, por la fuerza de la costumbre, se les “escapaba” alguna frase en catalán? ¿No habría resultado mucho más real? ¿No habría valido la pena la pequeña incomodidad de leer subtítulos a cambio de veracidad?

Con esa manera de presentar el programa, se ofrecía no solamente una realidad de cartón piedra de esa familia, sino también de la ciudadanía de Cataluña, puesto que existe el peligro de que el ciudadano desconocedor del día a día de la sociedad catalana pueda entender que esas interacciones de personas catalanohablantes en castellano se producen con normalidad, cuando eso es completamente falso. A las personas que hablamos normalmente en catalán, ni se nos pasa por la cabeza hacerlo en castellano si no es absolutamente necesario como, por ejemplo, en situaciones excepcionales como que haya alguien presente en la conversación que no entienda catalán, para reproducir literalmente unas palabras que hemos escuchado en castellano o en casos similares.

Estas alteraciones de la realidad no son en absoluto inocuas, sino que, por el contrario, tienen mucha importancia porque pueden dar pie a que algunas personas crean que los catalanohablantes utilizamos normalmente el castellano en nuestras relaciones interpersonales y que cuando nos servimos del catalán lo hacemos sólo para fastidiar o para demostrar que somos catalanes, cuando eso es ridículo y, sobre todo, rigurosamente falso. Lo normal, lo habitual, en Cataluña, es que dos catalanohablantes hablen en catalán y, cuanto más estrecha es su relación, mucho más. No digamos ya si esa relación es de parentesco en primer grado.

Otra cosa es que, por la presencia en Cataluña de ciudadanos castellanohablantes que no han aprendido todavía el catalán, con frecuencia, saltemos de una lengua a la otra con toda normalidad. Pero eso, entre madre e hijo, entre hermanos, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, entre tendero y cliente habitual o en relaciones similares, es imposible si no hay una poderosa razón. Cuando dos hablantes han optado por hablarse en catalán, eso ya es muy difícil de cambiar. Lo mismo, dicho sea de paso, que si han optado por relacionarse en castellano.

Cuando un catalanohablante se ve obligado por las circunstancias, como en el caso que nos ocupa, a hablar en castellano con alguien con quien habitualmente lo hace en catalán, le resulta extraño, incómodo y postizo y tiene una sensación parecida a no estar hablando con aquella persona, sino con alguien que se hace pasar por ella. La presencia de Cayetana Guillén Cuervo, la conductora del programa, a mi modo de ver, no justifica ese uso inducido del castellano entre personas que habitualmente hablan catalán puesto que, si lo que pretende el programa es reproducir verazmente una cierta intimidad, la profesional del medio debe intentar pasar lo más desapercibida posible para evitar desvirtuar la realidad que pretende mostrar. Pero, claro, no era eso lo que pretendía el programa…

Es importante que la sociedad española sepa la importancia que, para nuestra comunidad, tiene nuestra lengua y que no se deje embaucar por programas que, como el que nos ocupa, tienden a dar, de Cataluña, una imagen subliminal falsa, una imagen que da una idea equivocada de la naturaleza de nuestra sociedad y de la modélica convivencia que se produce entre dos culturas, una imagen que impide que una parte del resto de los ciudadanos comprenda el porqué de algunas de nuestras actitudes y posicionamientos.

No sólo TV3 adoctrina. También lo hace TVE y todas las cadenas privadas. Y, fuera de Cataluña, con mucha más eficacia porque no compiten con otras cadenas que adoctrinen en sentido contrario. Aquí, en Cataluña, podemos comparar. Sin embargo, no puede hacerlo quien no puede ver habitualmente TV3. Y hay muchas personas que no se dan cuenta de ello y, en cambio, se atreven a opinar. Y hoy me he referido a la lengua. ¡Pero si sólo fuera eso…!

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