Decía George Bernard Shaw que las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia. Y precisamente una plaga que puede alterar el curso de los acontecimientos históricos es lo que se ha entrometido en el camino triunfal de Donald Trump hacia su reelección. Al magnate norteamericano el destino caprichoso le ha jugado una mala pasada al enviarle, como una maldición bíblica, el coronavirus de Wuhan. La pandemia le llega en el peor momento, justo cuando todas las encuestas le daban como ganador en las presidenciales. No deja de tener cierta justicia poética que el impertinente bichito llegado de la pérfida China comunista, a la que Trump ha declarado la guerra comercial, pueda convertirse en un problema de dimensiones incalculables, no solo económicas (la recesión se da por inevitable) sino de salud, ya que millones de estadounidenses sin cobertura pública sanitaria van a tener que costearse de sus propios bolsillos el test de detección de la enfermedad para saber si están infectados o no. Y uno puede ser muy patriota y muy yanqui, pero cuando el Estado toca la pela, en este caso el dólar, el glorioso lema con el que Trump llegó a la Casa Blanca (America first, América primero) pasa de inmediato a un segundo plano.

Lo primero es siempre la salud y los patrioterismos xenófobo/populistas −que al rubio presidente le resultaron muy útiles para llegar al poder en enero de 2017−, pierden todo su mágico poder cuando se extiende el pánico generalizado a la epidemia y de lo que se trata es de frenar un virus que no entiende de razas ni de clases sociales, un germen que lo mismo le da infectar a un blanco que a un negro, a un rico que a un pobre. De ahí que para luchar contra el Covid-19 Trump vaya a tener que poner en juego algo más que su habitual demagogia racista, sobre todo porque ahora, en plena expansión de la enfermedad, muchos ciudadanos estadounidenses van a preguntarse contrariados por qué su presidente tumbó el Obamacare, la reforma sanitaria con la que su predecesor, Barack Obama, trató de extender la sanidad pública gratuita y universal a todos los ciudadanos. No hay que perder de vista que estamos hablando de Estados Unidos, el país donde millones de personas no pueden gozar de un seguro médico privado, ya que no tienen dinero para pagárselo, y donde operarse de unas simples cataratas (una sencilla intervención quirúrgica que en los hospitales públicos españoles se practica a diario, masivamente, y de forma gratuita) se convierte en una utopía inalcanzable para millones de norteamericanos.

El sistema de salud privado del que Trump es el primer adalid y defensor genera enormes desigualdades en el llamado “país de las oportunidades”, una situación que más tarde o más temprano terminará explotando en una auténtica revolución social. Ahora el virus de Wuhan viene a sumarse a este escenario de por sí dramático para poner en evidencia el fracaso de todo un sistema sanitario tan privatizado como injusto. De momento, las cifras de bajas por el coronavirus empiezan a saltar a las portadas del New York Times y el Washington Post y esa no es una buena noticia para Trump, que prepara ya la campaña para su reelección. Los informes hablan de 9 muertos y al menos 108 contagiados, pero las negras estadísticas irán en aumento, de forma rápida y exponencial, a medida que avancen los días, tal como ha ocurrido en China y en la mayoría de los países europeos.

La Administración Trump ha puesto en marcha algunas medidas de urgencia como la prohibición de viajar a lugares “gravemente afectados” por la epidemia, es decir, el cierre de fronteras y el aislamiento al que tan aficionado es Trump. Lamentablemente, en este caso el famoso “muro trumpista” no le va a servir de nada al inquilino de la Casa Blanca, ya que no hay murallas tan altas y tan robustas que puedan frenar la expansión de un virus. Y es ahí donde cabe plantearse algunas cuestiones interesantes: ¿Qué hará el presidente para tranquilizar a su pueblo cuando las cifras de muertos y contagiados empiecen a dispararse de forma alarmante? ¿Cómo piensa atajar el descontento de la población por la falta de cobertura sanitaria ante una epidemia de tales dimensiones que a buen seguro germinará en revueltas y manifestaciones? ¿Decretará el magnate estadounidense alguna medida de emergencia nacional para garantizar el acceso gratuito a los hospitales de miles de infectados? De las respuestas que dé Trump a todas estas preguntas dependerá que tenga una campaña electoral algo más tranquila y controlada o que se active una bomba de relojería que puede estallarle en la cara en plena recta final hacia los comicios.

De momento, la American Hospital Association, una organización que defiende los derechos de los pacientes en Estados Unidos, ya ha lanzado un mensaje claro y directo al presidente ante lo que se le viene encima en las próximas semanas. “Alentamos al departamento de Estado a considerar el uso de un programa nacional de desastres como una opción, porque nadie debería pensárselo dos veces antes de buscar la detección de la enfermedad o un tratamiento sin importar el coste. También les instamos a que cubran tanto a los pacientes que tienen coronavirus como a los que están bajo investigación por posibles contagios”, agregan las citadas fuentes.

A su vez, los rivales políticos del presidente en el camino a la Casa Blanca también han olido el rastro de la sangre. En el Partido Demócrata ya se ha dado la orden para que el coronavirus sea una de las estrellas de esta campaña electoral y tanto el moderado Joe Biden como el más izquierdista Bernie Sanders, ambos en plena competición en las primarias por hacerse con el título de candidato único, ya han incluido en su agenda de mítines y actos públicos el asunto de la pandemia y el desastre social que para un país supone la privatización de la sanidad. Los dos saben que el punto débil del programa de Trump es su alergia a la seguridad social pública y gratuita y su fanático empecinamiento por liquidar el Obamacare, un plan que de haber continuado en vigor hoy por hoy resultaría un arma eficaz en la lucha contra el Covid-19. Parece más que evidente que Donald Trump tiene un serio problema con el bichito verde coronado. Y esta vez no podrá resolverlo a base de tuits estúpidos.

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