Foto: Flickr White House

Donald Trump anunció a través de su cuenta de Twitter, su método de comunicación favorito puesto que no le exige enlazar frases de más de 320 caracteres, que el «10 de junio, los Estados Unidos impondrán un arancel del 5% a todos los bienes que ingresan a nuestro país desde México, mientras los inmigrantes ilegales sigan entrando a través de México y nuestro país». A los pocos minutos la Casa Blanca se apresuró a confirmar lo que parecía una nueva bravuconada del presidente y a dar más detalles de la medida: el arancel aumentará al 10% el 1 de julio, un 15% el 1 de agosto, un 20% el 1 de septiembre y un 25% el 1 de octubre. Trump siempre ha acusado al gobierno mexicano de no hacer lo suficiente para contener la marea de los migrantes centroamericanos que han estado cruzando la frontera.

El jefe de personal de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, confirmó en una comparecencia de prensa que esta nueva medida se toma porque «la inmigración ilegal tiene un costo. Los contribuyentes estadounidenses están pagando por lo que está pasando en la frontera».

Sin embargo, esta nueva salida de tono de Trump no tiene más que una razón: la situación crítica en la que se encuentra por la gran cantidad de frentes que tiene abiertos de cara a una posible reelección en 2020: el informe de la intrusión rusa en las anteriores elecciones, la posibilidad cada vez más cercana de que se hagan públicas sus declaraciones de impuestos y, sobre todo, la incapacidad que ha tenido Trump en estos años de cumplir una mínima parte de lo prometido durante la campaña.

Sin embargo, si Trump pensaba que México y su presidente se iban a quedar callados e iban a achantarse ante sus bravuconadas, estaba muy equivocado. La reacción de López Obrador fue casi inmediata, una reacción que, frente a la marrullería y el estilo chabacano de Trump, está llena de dignidad y de tener un conocimiento pleno de lo que significa presidir una nación soberana democrática.

El día de su investidura, López Obrador afirmó que «apenas me coloquen la banda presidencial voy a representar con dignidad al pueblo de México», y vaya si lo está haciendo. La ética de un gobernante se mide en las medidas que adopta para su pueblo, para mejorar la vida de las personas y en la oposición que pueda mantener al entreguismo o al sometimiento a los deseos de las élites que gobiernan el mundo.

López Obrador se dirigió al pueblo mexicano a través de una carta en las que hace una clara llamada al diálogo y en la que rechaza las amenazas de Trump: «Los problemas sociales no se resuelven con impuestos o medida coercitivas», ha dicho López Obrador. Sin embargo, ¿cómo se puede dialogar con quien desconoce las leyes primarias de la democracia?

Hay que recordar cómo hace una semana el secretario de Estado, Mike Pompeo, dejó plantado al ministro de Exteriores de México, Marcelo Ebrad, y no se presentó a una reunión programada para tratar, precisamente, el tema de la inmigración. Por otro lado, López Obrador le dejaba claro a Trump que recordara que «no me falta valor, que no soy cobarde ni timorato».

Efectivamente, el gobierno de López Obrador está aplicando medidas para evitar la migración ilegal, pero, como bien afirma el presidente mexicano, «respetando los derechos humanos», es decir, todo lo contrario que pretende hacer Trump con su muro. «Los seres humanos no abandonan sus pueblos por gusto sino por necesidad», añadió el presidente mexicano.

Por otro lado, para evitar esa migración ilegal, López Obrador y su gobierno están trabajando en un plan integral de desarrollo para los países más pobres de Centroamérica, plan cuyas líneas maestras fueron presentadas hace apenas 10 días y que cuenta con la promesa de Estados Unidos de destinar 10.000 millones de dólares para su implementación.

Para ser presidente de un país como los Estados Unidos hay que conocer la historia. López Obrador, en su carta, le ha dado una verdadera lección a Trump al recordarle que «el mejor presidente de México, Benito Juárez, mantuvo excelentes relaciones con el prócer republicano Abraham Lincoln. Posteriormente, cuando la expropiación petrolera, el presidente demócrata Franklin D. Roosevelt entendió las profundas razones que llevaron al presidente patriota Lázaro Cárdenas a actuar en favor de nuestra soberanía. Por cierto, el presidente Roosevelt fue un titán de las libertades. Antes que nadie proclamó los cuatro derechos fundamentales del hombre: el derecho a la libertad de palabra; el derecho a la libertad de cultos; el derecho a vivir libres de temores; y el derecho a vivir libres de miserias».

Esta medida de Trump, además de la reacción digna y ética de López Obrador, se ha encontrado con la dura oposición de su propio partido. Los senadores republicanos han advertido al presidente que esa subida de aranceles podría hacer estallar las negociaciones del acuerdo comercial entre Canadá, Estados Unidos y México. El senador por Iowa, Chuck Grassley, lo dejó muy claro: «La política comercial y la seguridad fronteriza son temas separados. Esto es un mal uso de la autoridad arancelaria presidencial y contraria a la intención del Congreso. Seguir con esta amenaza pondría en serio peligro la aprobación de la USMCA, un compromiso central de la campaña del presidente Trump».

El problema que tiene el mundo con este presidente americano es que, para tapar o desviar la atención sobre sus problemas internos, utiliza el populismo y la bravuconería sin cerebro para gobernar, hecho que, de un modo u otro, finalmente acaba afectando a toda la humanidad.

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