Los desvaríos de Donald Trump están a punto de costar una violenta guerra comercial entre Europa y Estados Unidos. El último punto de fricción entre dos de las economías más potentes del mundo se ha producido a cuenta de las inversiones europeas (sobre todo españolas) en Cuba. Al señor presidente (“America first”) le ha dado ahora por abrir expedientes sancionadores contra los intereses de las grandes corporaciones de la UE en la isla y Bruselas, como no podía ser menos, ha contraatacado advirtiéndole de que tomará represalias para defender sus derechos contra la aplicación de la Ley Helms-Burton, que es la excusa legal que ha puesto el vaquero yanqui para hacer lo que le venga en gana y hundir los mercados internacionales.

Ha sido la alta representante de Política Exterior y Defensa de la UE, Federica Mogherini, quien ha tenido que salir al paso para informar al magnate estadounidense de que adoptará “todas las medidas adecuadas” para frenar el penúltimo atropello del clan de Washington, incluido el recurso ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el blindaje de sus compañías mediante el Estatuto de Bloqueo de la UE.

En realidad, detrás del enésimo capricho de Trump no hay más que una cuestión de índole ideológico-política: endurecer el embargo, casi bloqueo comercial, contra el régimen de La Habana, al que se ha propuesto hundir antes de que finalice su mandato. Poco a poco ya se va viendo cuáles son las verdaderas intenciones del empresario americano metido a político sin tener talento ni media neurona para ello: la imposición del imperialismo yanqui allá donde haya un mínimo intento por establecer un gobierno bolivariano/socialista. Venezuela –donde Trump ya ha metido sus zarpas alentando el golpe de Estado de Guaidó– es solo la primera estación del dramático viaje que está a punto de iniciar la administración ultraderechista estadounidense. Después vendrán otras fichas del dominó que irán cayendo una tras otra, como Cuba, gran obsesión fetichista de todos los inquilinos que han pasado por la Casa Blanca.

Probablemente, a estas horas los halcones y generales del Pentágono ya tendrán listo y preparado un plan de intervención en todos estos países latinoamericanos, patios traseros del gringo que un buen día tuvieron la osadía de querer decidir libremente su futuro, al margen de los intereses de la Coca Cola. De ser así, lo de Bahía de Cochinos va a parecer una alegre maniobra militar en el Caribe, ya que de todos es conocido que cuando a un neocon se le mete un Vietnam en la cabeza no para hasta desembarcar allí sus soldaditos y marines.

La decisión de Trump de abrir hostilidades con Europa no tiene ningún sentido. Ambos socios son buenos aliados desde el final de la Segunda Guerra Mundial y comparten intereses comunes tanto comerciales como estratégicos, véase la OTAN. Pero ocurre que el ricachón/presidente no sabe de historia y, para él, el desembarco de Normandía debe ser poco menos que una simple película de Hollywood en la que los americanos, incomprensiblemente, dan una buena paliza a esos nazis hermanos que pensaban de una forma tan parecida a la de él. Trump, en su ignorancia histórica de ganadero tejano, es capaz de equivocarse de enemigo y algún día terminará apuntando sus misiles contra el eje París/Berlín tras darle un apretón de manos a Putin y al coreano de los carrillos de hámster. Y es que el presidente republicano debe creer que Venezuela es como Irak, solo que con más petróleo que robar, y que Maduro es como Bin Laden pero bailando salsa sabrosona.

Justo ahora que la UE trataba de rebajar tensiones con la negociación de un nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos, resulta que el líder del mundo libre (por llamarlo de alguna manera) declara la guerra a los europeos, lo cual no se entiende. Pero es que además, la disparatada medida de hundir la flotilla multinacional europea en La Habana, de perjudicar a alguien, es a las empresas españolas, sobre todo a las hoteleras con actividad en Cuba. Trump ha debido cogerse un buen rebote al ver que su juguetito Vox, en el que tiene invertidas no pocas esperanzas y algo más, no termina de funcionar. A nadie se le escapa que el partido verde es una sucursal de los republicanos y del tea party, que a través de Steve Bannon ha ayudado a que el proyecto hispano-ultra cuaje. Hasta comparten aguilucho y todo.

Solo que Abascal no ha sabido hacérselo y con todo ese batiburrillo franquista de don Pelayo, la dictadura progre feminazi y la Reconquista se ha terminado yendo por los cerros de Úbeda, haciéndose un lío, metiendo más miedo al personal del debido y defraudando a papá Trump, que ha montado en cólera. Con lo fácil que hubiera sido ir al grano, o sea a hacerle la campaña sucia al inmigrante que viene a robarnos el trabajo y las mujeres, como hace el alumno aventajado Salvini. En resumen: que ahora hay que hundir a las empresas de la UE y de ese país de rojos llamado España que no pasa por el aro fascista. Se va a enterar el Íbex35 de lo que vale el peine de Trump, ese con el que se alicata el tupé cada mañana. La guerra comercial está servida y no la evita ni un pacto Sánchez/Rivera.

2 Comentarios

  1. En 1899 España perdió Cuba muchas de las empresas cstalanas lo perdieron todo y pasaron a manos americanas. ¿Cuando los americanos recuperen lla propiedad q arrebatas pron a mi familia nos la van ellos a devolver? España tiene mucho a decir y debería hacérselo saber a los americanos

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